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Opiniones libres de algoritmos

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Ars longa, twitter brevis

Para qué le voy a engañar, el título me lo acabo de inventar. La verdad es que no es mío, pero eso ya lo sabe. Séneca filtró la sentencia de que el arte es largo y la vida breve a partir de unas líneas del griego Hipócrates y yo hice lo propio sirviéndome de la fonética inglesa y un poco de intuición poética para rimar el extranjerismo “twitter” con “vita”. Y rima. El arte perdura y el tuit es breve y fugaz. “Tweet fugit”

Hace diez años, el 21 de marzo de 2006, Jack Dorsey, alias @jack, lanzó un gorgorito electrónico en medio del bosque “just setting up my twttr” (ajustando mi twitter) sin tener ni la más repajolera idea de lo que se le venía encima. Muchos hombres lo oyeron y sintieron la urgencia de silbar o cantar alegremente desenfadados. Los usuarios de esta especie de telégrafo singular se volvieron pájaros habladores. Hubo mensajes, versos y microrrelatos de siete palabras. Y en el cielo se formaban cúmulos azules. El código Morse de los internautas hacía magia con las teclas. Y es que el alfabeto entero cabe en un tuit: “Benjamín pidió una bebida de kiwi y fresa. Noé, sin vergüenza, la más exquisita champaña del menú”.

A diferencia de otros lenguajes como el whatsapp que dice “nadamos en la ambulancia” cuando queremos decir “por aquí vamos sobrados”, los tuits son mensajes auténticos y certeros, medidos e intensos. El señor Dorsey cree en la “beautiful constraint” de los ciento cuarenta caracteres. Así un tuit puede ser soso, aburrido o inútil, pero también puede ser el canto hermoso de un pájaro, un solo o una greguería. Gómez de la Serna hoy tuitearía “La botella vacía aumenta la soledad”. Y la soledad inspira los mejores tuits.

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