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Artistas y responsabilidad social

La cita, muchas veces repetida, es de Georg Baselitz, el pintor alemán: “El artista no es responsable ante nadie. Su papel social es asocial; su única responsabilidad es su actitud ante su obra”. Es probablemente una opinión minoritaria hoy en día, pero con muchos defensores pese a todo. El talento debe ser juzgado por sí solo, las obras de arte o de literatura tienen vida propia, y las turpitudes morales o políticas en que puedan haber incurrido sus autores no deben empañar su valoración.

Esa concepción, siempre polémica, parece cada vez menos sostenible en la era de los medios de comunicación de masas con una inmediatez, una visibilidad y una universalidad cada vez mayores. Un gran dramaturgo, un gran pintor, una gran actriz se pueden convertir hoy en personajes de enorme impacto, de enorme popularidad, de enorme influencia en buena parte del mundo. También, sí, puede suceder eso con personas de escaso mérito, encumbradas por esos medios: los ‘famosos’, las ‘celebrities’. Pero por una vez dejémosles de lado: son el subproducto poco glorioso del comercialismo imperante. Y nunca alcanzan el prestigio ni el magnetismo de alguien con genuino talento.

En este mundo en que todo se conoce, se propaga y se magnifica no es posible ya cerrar los ojos ante los lados menos relucientes de la personalidad del artista. Nos va a costar seguir admirando igual a Woody Allen tras las graves, las desasosegantes acusaciones de su hija, por ejemplo. Y, en la hora de los homenajes al formidable fabulador que fue Gabriel García Márquez, su amistad sin resquicios con el dictador cubano Fidel Castro no puede tomarse a beneficio de inventario. No se entiende que quien denunció los abusos del comunismo en otras partes del mundo no levantase con fuerza su voz, esa voz de prestigio e impacto indiscutibles, a favor de la libertad en Cuba, en América. Y no la levantó.

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