Gregorio Luri

Carvallo, el filósofo carabinero

«El presente es siempre una frontera, pero no sabemos qué separa»

Opinión

Carvallo, el filósofo carabinero
Foto: | Archivo de Ribadeo
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

El capitán de carabineros Domingo Carvallo González (Lugo, 1897 – Madrid, 1980) aspiraba con pasar la vida de una manera que le ahorrara obligaciones para poder dedicarse a la lectura. Como a él le gustaba repetir: «Con la Biblia y Heidegger, yo, como pensador, no necesito más». Tras rondar por España, consiguió el destino de comandante de un puesto fronterizo en un pueblecito del Pirineo navarro que no tendría más de medio centenar de habitantes, Dancharinea, y allí, entre robles, fresnos y castaños, mientras aceptaba que no se hundiría el mundo porque unas cuantas familias de un lado y otro de la frontera continuaran ganándose el pan con el sudor del pequeño contrabando, leía y leía.

Carvallo comenzó su carrera en 1912, en la Academia de Infantería de Toledo, de donde -ahorrémosle ser al tiempo de la narración- viajó becado a Friburgo, en compañía de Xavier Zubiri. Pasó dos años escuchando a Husserl y a Heidegger y volvió cargado de sus libros. No se me ocurre un lugar más propicio para leer a estos dos filósofos que una frontera, en el incierto ser del límite, allá donde la forma es más sensible al evento. La frontera es la condición de la figura y del sentido, al mismo tiempo que remite a aquello informe en donde se dan forma y evento.

Todo lo que es, está determinado, decía Aristóteles. Por lo tanto, lo que determina está condenado a tener un incierto ser. Pero nosotros, que nos creemos más listos que Aristóteles, no vemos el límite como lo que conforma, sino como lo que obliga y por ello nos empeñamos en poner en cuestión el ser del límite. De esta forma, todo lo que suene a respeto de los límites heredados nos molesta. ¿No sueña el filósofo Alain Badiou (en su Segundo manifiesto por la filosofía) un nuevo horizonte utópico para la izquierda que consiste en «la igualdad en la arena de la ilimitación»? Hoy la transgresión y el particularismo se presentan como la condición de la libertad, pero el resultado paradójico es un fenomenal proceso de imposición de nuevos límites por parte de los partidarios de la ilimitación.

Al comandante Carvallo no le hubiera importado pasarse la vida de carabinero filósofo, pero se interpuso en su camino el dramático límite del 18 de julio de 1936, que convirtió la frontera de Dancharinea en un hervidero transeúnte. Por ejemplo, a las 6 de la mañana del 1 de agosto entró a España por allí un tal Juan López, supuesto trabajador del hotel La Perla de Pamplona. Se trataba, en realidad, de don Juan de Borbón, que nada más llegar a la capital navarra, se puso un mono azul, prenda que en modo alguno era exclusiva de los milicianos de la zona republicana. En Pamplona, la pululación de uniformes, más o menos improvisados, era tal que el francés Bernard Fay exclamó: «He observado que los españoles son muy aficionados al uniforme, a condición de que este sea multiforme». Algo semejante recordaba Torrente Ballester: «… la afición a las ropas más o menos estrafalarias que a tantos aquejó…».

El 18 de julio, si nos fijamos en los uniformes que se veían en las calles de España, era algo muy semejante a lo que Laclau, el filósofo de cabecera de Errejón, llama «un significante vacío». Era un significante en busca de un significado preciso y a media que este se fue formulando, los uniformes fueron sustituyendo a los multiformes. Conviene recordar que los sublevados, excepto en el caso de los carlistas, no estaban contra la República. Si lo hubieran estado, la rebelión no hubiese triunfado. El 18 de julio fue la frontera que acabó creando el espacio para dos significados cainitas. No hay nada de singular en esto. En política cada decisión es un límite que el tiempo, a posteriori, se encarga en convertir en definición. En política -tiene razón Laclau- el límite crea el concepto. Pero esto ya lo sabía Ortega cuando sostuvo que una política es clara cuando su definición no lo es.

No sé si Carvallo le selló el pasaporte a Juan López o si para el 1 de agosto ya estaba preso en el Fuerte de San Cristóbal de Pamplona. Lo que sé es que los de un bando lo denunciaron por sospechar de su afición a la lectura de libros raros en alemán y los del otro se apresuraron a publicar en La Gaceta de Madrid su baja definitiva en el servicio activo por considerarlo un funcionario desleal de la República. Y así pasó Carvallo de vivir en un límite a verse recluido en otro. ¿Qué harían con sus libros?

De la prisión de San Cristóbal lo sacó un cura falangista, espigado y remirado, Fermín Yzurdiaga, que dirigía en Pamplona el primer diario que tuvo la Falange, Arriba España, impreso en los talleres incautados de La Voz de Navarra, situados en unos bajos de la calle Zapatería. El presente es siempre una frontera, pero no sabemos qué separa.

Era Arriba España en sus primeros meses un diario multiforme en busca de uniforme. Combinaba la fidelidad a una ortodoxia falangista que nadie sabía muy bien cuál era en aquel momento, con el neobarroquismo literario de Yzurdiaga, secciones un tanto surrealistas, como la titulada Tugurio impar y firmas de un innegable prestigio literario, como las de Pedro Laín Entralgo, Eugenio D´Ors, Dioniso Ridruejo, Luis Rosales, Antonio Tovar, Jaime de Foxá, Rafael García Serrano, Ernesto Giménez Caballero, Gonzalo Torrente Ballester, Luis Felipe Vivanco… y nuestro carabinero, Domingo Carvallo, que consiguió rehabilitarse hasta tal punto que fue enviado como oficial al frente de Guipúzcoa. Pero cuenta Pedro Laín que «no tardó en demostrar su total incapacidad para el arte de la guerra». Salió del Ejército y en cuanto pudo volvió a Friburgo.

En 1966 Carvallo dio a la imprenta dos obras hoy apenas recordadas, Y sobre la superación de la metafísica y La estructura óntica. Esta última había sido publicada previamente en Alemania y en alemán en 1962, con prólogo del premio Nobel de Física, Werner Karl Heisenberg. Su editor español, Afrodisio Aguado (ya no hay editores con estos gloriosos nombres), aseguraba que la obra surgía «de una implacable meditación acerca de la idea del Ser que sirve de base al cambio de los fundamentos de las ciencias naturales».

Murió Carvallo en Madrid en 1980. Sus cenizas fueron esparcidas por el campus de la Ciudad Universitaria. La esquela necrológica publicada en ABC el 12 de mayo rezaba así: «Domingo Carvallo González. Militar retirado, doctor en filosofía. Falleció en Madrid el día 12 de mayo a los ochenta y tres años».

Cuenta el gran Feijoo, en el Teatro crítico que «cuando Tarquino quiso fabricar en honor de Júpiter el gran templo del Capitolio, arruinó, para hacerle campo, los templos pequeños de otros muchos dioses, los cuales cedieron a Júpiter, exceptuando el dios llamado Término, que no quiso ceder; y así se mantuvo su estatua, juntamente con la de Júpiter, en el Templo Capitolino».

Ya ven, a veces me gusta perderme en los límites de los artículos que escribo.

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