THE OBJECTIVE
Luis Antonio de Villena

Monarquías antimonárquicas

«El funeral largo de Isabel II se ha cerrado mostrando lo más inútil, obsoleto y vacuo de una institución que vale si la respetan todos, empezando por reyes y reinas»

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Monarquías antimonárquicas

Felipe VI y la reina Letizia, durante el funeral de Isabel II. | Ben Stansall (AFP)

Sin entrar en matices (que los hay), acepto ser calificado de monárquico, constitucional por supuesto y que cree necesaria una seria modernización de la institución. Por cierto, que el Rey se case con plebeyas de origen, no me parece necesariamente algo moderno, en una institución cuyo eje central es el símbolo. Al mes justo de la muerte y el largo desfile y duelo por Isabel II del Reino Unido, me parece pertinente ver lo bueno y lo mucho malo de un circo mediático que ha terminado en la declarada cretinez. Es lógico que en el Reino Unido -pero sólo allí- los funerales de una reina que lo fue durante 70 años resultaran especiales. Naturales funerales de Estado, en Gran Bretaña, no en todo el mundo.

Isabel de York (hija de los duques de York) nació en 1926 como princesa no destinada al trono. El rey sería -y fue- su tío Eduardo VIII. Pero su abdicación polémica convirtió en Jorge VI al padre de Isabel, casado con una aristócrata sin sangre real, y a ella consecuentemente en princesa de Gales, sólo en 1938. La pronta muerte del padre, hizo a Isabel reina de Gran Bretaña (y aún de buena parte del Imperio) en 1952 y reina ha sido, viendo la caída de ese Imperio, hasta su muerte en el castillo de Balmoral en este 2022.  Llena de un lujo ya impropio de los tiempos, gris, discreta y digna, Isabel II vio dignamente deshacerse por entero el mundo que heredó y proliferar a su alrededor a una familia real nada ejemplar. Algo muy importante en una monarquía moderna debe ser el adelgazamiento máximo de la «familia real», cuanto más breve mejor, para evitar innecesarios privilegios a la «familia del rey», a menudo plena de princesitas y principitos dedicados a un feo vegetar en el dolce far niente. Ese mundo de inmerecido lujo nada tiene que ver con una monarquía moderna y no debe costar ni un céntimo al erario público.

El respeto que ha mostrado Gran Bretaña por los largos funerales de una reina longeva y honorable, aunque en exceso alhajada, se pueden ver como un clamor a favor de la monarquía. Sin embargo, ninguna casa real reinante -ninguna- ha impedido que ese fervor monárquico hacia Isabel, pueda darse la vuelta, cuando medios de comunicación de casi todo el mundo y todas las redes sociales se han dedicado -la banalidad y la insensatez son obvias- a hablar y fotografiar el glamour y el lujo de las casas reinantes. Se han exhibido colecciones de tiaras, coronas y joyas con rubíes y brillantes, algunas de las cuales -las menos- pertenecen al Estado, mientras que otras son propiedad personal de reyes, reinas y príncipes.

«Lo que involuntariamente ha hecho Letizia por el republicanismo español es mucho y no lo merece el rey Felipe»

Las joyas históricas que han lucido reyes y sobre todo reinas en representación de un Estado del que son símbolos vivos, deben de ser propiedad de ese Estado. Reyes y reinas pueden y deben lucir un esplendor nunca propio sino estatal como emblema del país que encarnan. En esa misma línea, aunque con mucha menos importancia, está el tema de los vestidos y atuendos chic, por lo general de reinas y princesas. De este regio desfile de modelos se ha abusado ad nauseam, a partir de los funerales de Isabel II. Desde Margarita de Dinamarca a Letizia de España, nos hemos hartado de pasarela. Y es muy grave: ni reinas ni princesas -si de veras lo son- tienen nada que ver con maniquíes de alta costura. Letizia ha llegado a parecer (en las redes sociales) una pura exhibidora de modelos distinguidos. Lo que involuntariamente ha hecho por el republicanismo español es mucho y no lo merece el rey Felipe. 

En este recuento de «glorias» monárquicas causado por el regio funeral inglés, hasta se ha tratado de revalorizar como santa a Diana de Gales, una mujer sufrida y poco ejemplar en amoríos y cenas enjoyadas que vuelven ridículo aquello de «princesa del pueblo». Siga el reposo silente de Diana y no nos quieran engañar más las revistas del corazón (digitales, asimismo) que parecen hechas y acaso sea verdad, para ignorantes de tomo y lomo. Pero se silenció pronto que probablemente el príncipe Harry no sea hijo del hoy Charles III. 

El funeral largo de Isabel II, inicial elogio de la monarquía, se ha cerrado mostrando lo más inútil, obsoleto y vacuo de una institución que vale si la respetan todos, empezando por reyes y reinas.

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