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Cuando fuimos de los Stones

Por entonces lo teníamos muy claro ante la disyuntiva. Los Stones. Ellos eran sinónimo del gusto por el añejo Rhythm and blues, los vindicadores de Muddy Waters y los herederos directos del R’n’R galvanizado y hedonista de Chuck Berry. Era solo R’n’R. Sin pretensiones. Pero nos gustaba. Los Beatles tenían un no sé qué de grupo domeñado para el hilo musical de la sala de espera de un dentista. Significaban la ambientación melódica del purgatorio.

Evidentemente, todo aquello no era más que la discusión pueril auspiciada por un relato prefabricado. Sabemos bien que ni unos eran tan macarras ni los otros tan angelicales. Sin embargo toda construcción mitológica que hiciera más llevaderas las supuraciones del insidioso acné la recibíamos con los brazos abiertos.

Y no contentos con la dicotomía inicial, todavía llevábamos un paso más allá los antagonismos. Lennon frente a McCartney y Richards versus Jagger. Si Lennon y Richards representaban la rebeldía y autenticidad rockeras y el individualismo con tintes nihilistas, McCartney y Jagger era meros comparsas, mercaderes del templo que se habían metido en el circo para forrarse sin cortapisas. Desde entonces nos hemos civilizado mínimamente. A McCartney le reconocemos un talento musical que reprimió la tendencia al sentimentalismo de su máximo aliado en las composiciones.

Por su parte, Jagger nos hizo sonreír y asentir cuando declaró que si él no se ocupara de conseguir pingües beneficios, el primero en quejarse sería Richards, a quien vivir como un burgués no se le da nada mal.

En fin que, como sentenciaba el crítico Diego Manrique a propósito del libro de John McMilliam Los Beatles vs. los Rolling Stones,cuando nos vuelvan a poner en la tesitura de tener que escoger entre ambos grupos responderemos: “Ni Beatles ni Stones. Yo soy de los Kinks”.

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