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De ofensas, símbolos y conversación pública

Foto: Torrelavega | EFE

Cuando se acerquen a este Subjetivo probablemente ya hayan leído bastante sobre los límites del humor y la libertad de expresión. Y es que, de nuevo, un humorista se ha encontrado en el centro de la tormenta mediática por sonarse los mocos con una bandera española. La acción despertó una respuesta de manual. Los ofendidos incendiaron las redes y la operación terminó, incluso, teniendo consecuencias publicitarias para el programa. Hemos perdido la cuenta de este tipo de escándalos, cada vez más frecuentes y polarizados. Solamente tenemos que saber sobre qué se discute para identificar quiénes son los ofendidos y quiénes los abanderados de la libertad porque, en el fondo, no se debate sobre estos temas en concreto. Más bien estamos asistiendo a pequeñas batallas de una guerra cultural permanente cuyos actores prefieren resguardarse en la estrategia guerrillera de las redes sociales.

Dani Mateo perpetuaba la estela de su jefe, El Gran Wyoming, con un humor de trinchera, zafio y tonto, que solo hace gracia a los ya convencidos. Se justifique como se justifique, Mateo quería provocar y los ofendidos de turno esperaban su momento para ofenderse. Ambos salen ganando con la polémica y la esfera pública se empobrece un poco más. Así están las cosas. Pero este episodio nos puede hacer reflexionar sobre la importancia de los símbolos en la vida de las personas. Somos, como señalaba Ernest Cassirer, seres eminentemente simbólicos. Muchas de las realidades humanas no pueden ser expresadas de otra forma. Lo simbólico, entonces, juega un papel esencial como lenguaje abierto que remite a aspectos muy profundos de nuestra existencia. Los símbolos evocan y se encuentran enraizados en nuestro interior para lo bueno y para lo malo. Por ello, no tiene mucho sentido escudarse en que una bandera es un simple trapo.

Aquí radica el problema en esta ocasión: tanto los símbolos como sus derivaciones en forma de mito o ritual son importantes. Y deben ser significativos, porque si miramos ahí fuera veremos a demasiada gente envuelta en ellos. Lo que sucede es que estos nos preocupan menos cuando son los de los demás. Aunque en este tipo de debates solemos comenzar la casa por el tejado, quizá deberíamos gastar más tiempo en pensar en el respeto debido. Ante todo, tenemos la obligación de salvaguardar la conversación pública. Y eso no se hace ni enardeciendo a quien no piensa igual, ni escandalizándose por cualquier minucia. La buena salud del pluralismo político también se juega en el campo simbólico.

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