THE OBJECTIVE
Daniel Capó

Decadentes

«La decadencia de Occidente no es un destino, sino un reto que hay que afrontar. Y ello exige recuperar aquel espíritu aventurero que se encuentra en el origen mismo de nuestra civilización»

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Decadentes

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Antonio García Maldonado se pregunta en su ensayo El final de la aventura (Ed. La Caja Books) si la imposibilidad de aventurarnos no ha derivado en una crisis de la esperanza. Ross Douthat, el famoso columnista conservador de The New York Times, también plantea en su reciente título La sociedad decadente (Ed. Ariel) si el deterioro de Occidente no empezó con la llegada del Apolo XI a la Luna. Es posible, aunque quizás haya algo demasiado simbólico en un corte tan nítido entre el pasado, aquel mundo optimista y relativamente pacificado que surgió de la posguerra, y el presente, una sociedad azotada por los vientos nihilistas del desengaño. ¿De qué decadencia hablamos? ¿Y en relación con qué o con quién? La interpretación, más que cuantitativa –nunca antes habíamos vivido tanto ni tan bien–, quizá sea de índole cultural.

Por decirlo alla Judt, los ciudadanos perciben que algo va mal, sin que logren identificar del todo las causas ni el rostro de este malestar. Por un lado, nuestro orden personal –propio, familiar, nacional– se resquebraja a una velocidad inusitada. Por otro, el horizonte se oscurece a medida que las oportunidades laborales se desvanecen y se acelera un proceso innegable de concentración de la riqueza. Esta desazón es consecuencia de la pérdida de un mundo familiar y de la angustia ante lo desconocido. ¿Es esto la decadencia? Quizás sí, pero no sólo. Douthat señala cinco grandes áreas de erosión que actúan sobre la sociedad: el invierno demográfico, que se traduce en falta de vitalidad; el declive cultural, que convierte la búsqueda de la verdad en una especie de manierismo huero; la imposición de un crecimiento económico suave, que exige endeudarnos para mantener los estándares de vida; la sustitución del consenso democrático por el choque populista; y, finalmente, la ausencia de grandes avances tecnológicos que incidan de forma masiva en la productividad de las empresas (aunque en este último aspecto, si hacemos caso a Tyler Cowen, quizás estemos a punto de pasar página). Vista así, la decadencia no representa exactamente una catástrofe, sino una abdicación de la responsabilidad, un decir adiós a la aventura para replegarse en lo poco –o lo mucho– que tengamos, mientras el juego continúa en otro lado.

Mirando hacia Europa y hacia España, hay una relación estrecha entre la decadencia y la falta de ambición. El liderazgo político ha sido reemplazado por una armazón reglamentaria que cauteriza los riesgos electorales inherentes a cualquier decisión. El shock demográfico impulsó el cortoplacismo en la cuenta de gastos. La mirada confiada hacia el exterior dio paso a una mirada moralizante hacia el interior, que ha resultado menos atractiva de lo que se pensaba. Diríamos que España dejó de plantear reformas en la primera legislatura de Aznar –con un breve paréntesis, exigido por la Unión, al inicio del gobierno de Rajoy– para, a continuación, encerrarse aún más sobre sí misma. Lógicamente, nuestros males seculares afloraron casi de inmediato pues, sin los grandes objetivos que movilizan la voluntad, lo que retorna es la imagen de un espejo deformante –nuestros miedos, nuestras angustias, nuestra anarquía–.

La decadencia de Occidente no es un destino, sino un reto que hay que afrontar. Y ello exige recuperar aquel espíritu aventurero que se encuentra en el origen mismo de nuestra civilización: Abraham abandonando Ur para dirigirse a una tierra prometida; el astuto Ulises vagabundeando por las islas desconocidas del Mediterráneo en busca de su patria; Eneas que funda Roma tras la caída de Troya… Occidente se construyó sobre el viejo lema de la corona española: Plus Ultra, más lejos, más allá, mirando de frente a la historia, sin miedo, asumiendo que no hay libertad sin un sentido del deber, del valor y de la conciencia.

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