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Lea Vélez

Un año es un día, nada más

«Se me ocurre que no podemos vivir sin círculos ni rutinas, sin inevitabilidades y quizá deberíamos asumir el círculo de nuestra personalidad automática, pero mejorándolo y añadiendo pequeñas cosas, detalles, que nos saquen de su naturaleza alienante»

Opinión

Un año es un día, nada más
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Como todos los días antes de escribir este artículo pienso: «He olvidado de qué voy a escribir este artículo. Tenía un tema trascendente, como siempre, una reflexión vital, como de costumbre y como siempre y como de costumbre, lo he olvidado todo. Menos mal que nada se olvida». Sé que en cuanto junte dedos con teclas el pensamiento vendrá, pero no puedo evitar esta rutina quincenal que me hace luchar conmigo misma y sonreír. Siempre pienso que no puedo y luego me recuerdo a mí misma que sí puedo y tras saber con total confianza que puedo, las cosas suceden y vuelta a empezar.

Antes de escribir y sin haber recordado aún de que era el artículo, entro en Instagram, donde tengo un buen círculo de amigos escritores. Le estoy dando tiempo a la memoria para saltar a escena. ¿Qué era aquello que me pareció tan interesante para mi columna? En vez del tema del artículo, lo que me salta a la cara es una foto de la excelente autora Sabina Urraca. La imagen muestra un texto de Cesare Pavese. «Una decisión, un acto, son infalibles presagios de lo que haremos otra vez, no por una mística razón astrológica, sino porque brotan de un automatismo que se reproducirá».

Sabina nos anuncia en su post su firme propósito de cambiar sus automatismos para el año entrante, de salir de los círculos viciosos, en definitiva, para romper la cadena de todo aquello que siente que le coarta. Inmediatamente recuerdo de qué iba este artículo, «la falacia de los propósitos de año nuevo», sonrío, y pienso lo que pienso siempre, que el tiempo es circular, que mis automatismos saben lo que hacen, que enero es el peor mes del año para cambiar nada y que esto que escribo ya ha sucedido en alguna parte de mi cuerpo sin pasar por mi mente consciente.

Este artículo se escribió en reflexiones desordenadas en la sobremesa de Navidad viendo El día de la marmota con mi hijo mayor. El hijo de trece años usa la frase «el día de la marmota» constantemente, conoce la película y entiende el significado, pero nunca la ha visto. Pensé que ya era hora de que rellenara ese importante hueco en su educación porque hay que conocer el origen de las cosas y hay pocas películas que con una apariencia más intrascendente tengan más calado social a la hora de explicar lo que es para el ser humano la vida. LA VIDA.

Mientras el niño se parte de risa -a mí ya no me hace tanta gracia porque me la sé- voy escribiendo este artículo con la parte automática de mi cerebro, sin pensar en ello siquiera. Para quien no recuerde bien la trama, Bill Murray se despierta a las 6:00 en el día de la marmota y revive cada detalle exactamente igual en un pequeño pueblo americano. Tantas veces revive el día que acaba por conocer cada nimiedad de la vida y el pasado de las personas que le rodean, adelantarse a sus deseos y desgracias, lo que le hace cambiar de ser un gruñón egoísta a ser un hombre amado y generoso que en un solo día salva niños que caen de los árboles o señores que se atragantan con un trozo de su filete, aprende a tocar el piano y ameniza a todos con su genialidades basadas en el profundo conocimiento de su contexto. El protagonista busca sentido a la arbitrariedad de su círculo tras intentar romperlo hasta con el suicidio, encontrando sentido a su vida-jaula en su relación con los demás.

Al recordar lo grande que es el guion que sucede ante mí, se genera uno de mis automatismos, mi inevitable impulso reflexivo y entra en juego, como siempre, el afán por explicar la vida de todo el mundo a través de mis diminutas experiencias. Llevo seis meses viviendo en Brighton, pero ya sé que la cajera del Super se llama Sara y tiene sentido del humor, que el cartero se llama David y es parlanchín, conozco el nombre de todos mis vecinos, de sus hijos, el nombre de sus perros, sé qué coche conducen, la gente llama a mi puerta si necesita un favor o para traerme paquetes que dejan los repartidores en el lugar equivocado, conozco a varias madres del colegio, a la directora, a la jefa de estudios y con todas ellas me llevo bien, gasto bromas con las camareras de mis cafeterías y restaurantes de cabecera, mis días son todos iguales, como los de todo el mundo y sigo escribiendo mi artículo quincenal olvidándome de todo.

Pienso en Bill Murray y en la marmota y en Sabina Urraca y en Cesare Pavese y en los círculos interminables de todo el mundo en este gran año de la marmota que ahora acaba. Soy consciente de que rompí un círculo enormemente vicioso cambiando de país, de gente y de rutina, pero aún tenía el miedo de que mis propios automatismos, mi propia relación con los demás generada por la esencia de lo que soy me devolviera a los círculos de antaño y a mi particular día de la marmota del sufrimiento escolar de mis hijos, de la lucha por escribir y publicar algo bueno o medio decente, de ganarme el respeto de mis colegas, de llenar el vaso hasta arriba en ese esfuerzo por mantener más risa que llanto, más felicidad que desdicha, o simplemente, en la lucha por escribir con punzante reflexividad este humilde artículo.

Tras pensar tanto (pero sin mucho esfuerzo), se me ocurre que no podemos vivir sin círculos ni rutinas, sin inevitabilidades y quizá deberíamos romper solo con lo que es obvio y asumir todos los demás, asumir el círculo de nuestra personalidad automática si es que acaso no vamos a cambiar de vida completamente, pero mejorándolo y añadiendo pequeñas cosas, detalles, que nos saquen de su naturaleza alienante. Es un proceso largo. No se hace en un día ni en un año, porque un año es un día en términos de medida de valores morales y psicológicos. Señoras, señores, lo sabemos bien, vivimos en el día de la marmota así que más vale empezar a liberarse de este sentimiento de frustración ya. No esperen ni a la semana que viene, ni al año que viene ni a la hora que viene.

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