José García Domínguez

Desdentados, deplorables, sin estudios y de derechas

«El énfasis obsesivo, casi monotemático, de la izquierda, sobre todo de la izquierda, en la importancia crítica de  la educación, una izquierda que no se atreve a cuestionar las implicaciones en Occidente del proceso globalizador, nos ha traído la nueva hegemonía de la mentalidad meritocrática»

Opinión

Desdentados, deplorables, sin estudios y de derechas
Foto: Juan Carlos Hidalgo| EFE
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Es fama que François Hollande, el último presidente socialista, y no de Francia sino de la Historia de Francia, gustaba de calificar en privado a los nuevos votantes de extracción popular del Frente Nacional, los encuadrados en esas clases medias y medias-bajas tradicionales, las ahora cada vez más empobrecidas por los estragos del proceso globalizador, de «desdentados». Un desprecio aristocrático, el de la izquierda caviar parisina hacia la plebe provinciana que sigue a Le Pen, compartido, también es fama, por Hillary Clinton, quien llamó «gente deplorable» a sus pares de Estados Unidos, esos electores rurales de la América profunda, decadente e igual de desdentada que se entusiasman con la retórica elemental, incendiaria e iconoclasta de Trump. El mismo Trump que, tras ganar unas de sus iniciales primarias locales frente a Ted Cruz, gritó eufórico: «¡Adoro a la gente sin estudios!». Y no le faltaban motivos, por cierto, para adorarla. En aquellas elecciones, las que lo llevaron a la Casa Blanca, dos de cada tres votantes blancos sin titulación universitaria apoyaron al Partido Republicano. Por el contrario, algo más del setenta por ciento de los electores en posesión de al menos un título de posgrado universitario optaron por la papeleta del Partido Demócrata. Una división del país no por criterios de renta y clase social, como siempre había sido tradicional, sino en base a las credenciales académicas de modo dominante. Grosso modo, una fractura similar en porcentajes a la que se ha vuelto a repetir en los comicios ganados por Biden. 

Una mutación sociológica silenciosa tan inopinada como radical. A lo largo de la centuria toda del siglo XX, la época que todavía impregna en gran medida nuestra cosmovisión, los partidos de izquierdas captaron la mayor parte de sus apoyos entre la población de menor nivel académico formal, mientras sucedía exactamente lo contrario entre las formaciones de derechas, en cuyas filas electorales tendían a confluir por norma los grupos de votantes más formados. Pero, en algún instante germinal del siglo XXI, dejó de ser así. Y de repente, además. Porque en este novísimo tiempo que andamos estrenando ocurre justo lo contrario. También aquí, en Europa. Lo recuerda Michael Sandel en su ya imprescindible La tiranía del mérito, ensayo que trata de dar con las claves ocultas de la psicología colectiva que expliquen el fenómeno: hasta los años setenta, el electorado británico carente de estudios superiores fue siempre fiel al Partido Laborista, y lo mismo ocurría en Francia con socialistas y comunistas. Pero, poco a poco, esas lealtades clásicas comenzaron a debilitarse a partir de los ochenta. Hasta que, en torno a 2010, terminaron convirtiéndose en pura arqueología sociológica. Ahora mismo, y a ambas orillas del canal de la Mancha, los dos partidos socialdemócratas locales se han reciclado en grupos representativos de la élite con estudios superiores casi de modo exclusivo.

Es un cambio tan extraordinario que, al igual que ha ocurrido siempre con todas las grandes transformaciones colectivas de calado profundo, a los contemporáneos nos cuesta trabajo verlo, sobre todo, porque los ricos todavía siguen votando de modo muy preferente por los grupos de derechas, lo que distorsiona la percepción del fenómeno. El énfasis obsesivo, casi monotemático, de la izquierda, sobre todo de la izquierda, en la importancia crítica de  la educación, una izquierda que no se atreve a cuestionar las implicaciones en Occidente del proceso globalizador, nos ha traído la nueva hegemonía de la mentalidad meritocrática. Una ideología, la ahora dominante en Estados Unidos y Europa, que está erosionando la autoestima de una gran parte de la población, la integrada por los trabajadores manuales, hoy agrupados en el bando local de los perdedores de la globalización, los excluídos del status social y económico preferente que otorga a la nueva élite eso que Sandel llama credencialismo. Un fenómeno que, por lo demás, se observa en casi todas partes, salvo en España y algún que otro pequeño rincón de la Europa periférica. Al espectro, casi me atrevería a lanzar un pronóstico asentado únicamente en la pura intuición, a saber: Más Madrid, esa izquierda soft, cool, postmaterialista, ecológica, biodegradable, baja en nicotina y libre de emisiones de CO2, lo de Errejón mucho más que el PSOE, tiene todos los números para acabar siendo la versión española del asunto. Al tiempo.

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