The Objective
Fernando Savater

Los caprichos del poder

«No viene mal recordar en estos tiempos y en esta tierra el ejemplo de Tomás Moro, un hombre justo que resistió las presiones caprichosas y hasta criminales del poder»

Despierta y lee
Los caprichos del poder

Ilustración de Alejandra Svriz

De todos mis buenos propósitos de Año Nuevo solo hay uno que estoy seguro de cumplir: no ver Sirāt. ¿A qué se debe la firmeza de mi determinación? Pues a algo que aprendí en Antonio Machado. Cuenta que su imprescindible Juan de Mairena suspendió a uno de sus alumnos nada más verle y recibió la airada visita del progenitor de la criatura: «¿De modo que a usted le basta con ver a un chico para suspenderle?». Y Mairena repuso, en el mismo tono: «Pues sí… ¡Y a veces me basta con ver a su padre!». Con los años, cada vez voy siendo más partidario de los prejuicios, porque ahorran mucho tiempo. No necesito más que ver y leer un par de entrevistas al señor Laxe, director de Sirāt, para huir de su peli como de la peste bubónica. En otros casos el prejuicio es aún más fácil: v. gr. para no leer a David Uclés me basta con verle la gorra.

Me gustaría que mi prejuicio contra ese film se reforzase con la concesión de un par de óscares, porque para mí ese premio es casi como las estrellas Michelin para un restaurante: a quien las recibe lo más prudente es negarle el saludo cuanto antes… Seguro que se come mejor en la tasca de enfrente. Lo único que siento es que este año mis prejuicios afrontan un serio desafío porque ya he visto la película que tiene el mayor número de nominaciones, Los pecadores (de Ryan Coogler), y me ha parecido estupenda. Si llegan a lloverle los Oscar antes, a lo mejor me la pierdo… por prejuicio.

Ya que estoy confesando con cierto diabólico orgullo defectos, sigo con otro que en nuestra época resulta especialmente grave. No veo series porque me falta paciencia: salvo esas de solo dos o tres capítulos de la BBC. Todas las demás —no digamos si son españolas— me resultan agotadoras. Suelen empezar bien, pero enseguida el mejor guionista muere de estrés y toman el relevo otros diez o doce que ya no hacen más que estirar más y más el chicle hasta convertir lo que estuvo a punto de ser interesante en repulsivo.

En fin, da igual, a lo que iba: como no pierdo el tiempo con las series, veo mucho cine del que hoy llaman «antiguo», que es de hace muy pocos años y me encanta (el antiguo de verdad es sin duda mucho mejor, claro). El caso es que la otra noche volví a dar con una de esas películas que si te las sabes de memoria, como era mi caso, mucho mejor, porque así te las vas repitiendo con un minuto de anticipación y te sientes casi tan orgulloso como si formaras parte del reparto. Es Un hombre para la eternidad (1966), dirigida por Fred Zinnemann, uno de esos pocos que nunca decepcionan. La película ganó seis Oscar, desmintiendo de nuevo mis prevenciones contra el galardón… aunque me parece que la Academia que lo otorgaba en los años sesenta no era como la actual.

En cualquier caso, disfrutar de su perfecto pulso narrativo y de las interpretaciones sublimes de sus protagonistas es a mi juicio uno de los mayores placeres que pueden obtenerse sentándose ante una pantalla. Un actor insuperable del teatro clásico inglés, Paul Scofield, que no se prodigó excesivamente en el cine (detalle curioso, fue el narrador de una biografía de Luis Buñuel para la BBC), es aquí Tomás Moro, canciller y amigo del rey Enrique VIII, a cuyos deseos impíos no se doblega, lo que finalmente le cuesta la vida.

«Enrique VIII fundó su propia Iglesia anglicana como Trump se ha inventado su propia ONU y, también del mismo modo, se puso a su cabeza»

La película es la magistral trasposición cinematográfica de la obra teatral de Robert Bolt, además guionista oscarizado del film. Como fondo, la resistencia moral pero también política de un hombre justo contra las presiones caprichosas y hasta criminales del poder. Enrique VIII fue un hombre inteligente y culto (aparece un momento hablando en latín con la joven hija de Moro) pero un monarca caprichoso y arrollador, brillantemente interpretado por un Robert Shaw que luego también supo ser un implacable asesino soviético y un cazador de tiburones. Quería divorciarse de Catalina, hija de los Reyes Católicos, que no había podido darle un hijo, para probar suerte —delicioso trámite— con la bella Ana Bolena. No contaba con el permiso del Papa, pero eso no le detuvo: fundó su propia Iglesia anglicana como Trump se ha inventado su propia ONU y, también del mismo modo, se puso a su cabeza.

Obtuvo el sumiso beneplácito del Parlamento y también del clero, pero no de Tomás Moro, que es precisamente el que más quería por la fama de rectitud del canciller. Moro no era un beato deseoso de martirio sino un político hábil, un hombre de mundo, gran humanista, autor de obras tan destacadas como su célebre Utopía, además de corresponsal de Erasmo o Juan Luis Vives. Un político hábil, pero íntegro: al joven Rich, que anhelaba entrar en la esfera del poder, le aconseja no aspirar «a ningún puesto donde le puedan tentar», consejo luego desoído por Rich. Tomás Moro procura defender su vida con todas las fórmulas legales y silencios oportunos a su alcance mientras lo permite su integridad y su fe. Después no le queda sino asumir su condena antes que renunciar a ser quien es y quien debe ser.

Así lo explica a su hija Margaret: «Escucha, hija mía. En un Estado donde la virtud fuese de provecho, todos seríamos buenos por sentido común y santos por conveniencia. Y viviríamos como ángeles o como animalitos en esta tierra feliz donde los héroes ya no fuesen necesarios. Pero ya que en este mundo la avaricia, la ira, la envidia, la soberbia, la pereza, la lujuria y la estupidez son de más provecho que la humildad, la castidad, la fortaleza, la justicia y la razón y tenemos que elegir, pues así es el ser humano… quizá no sea vano del todo el hacernos fuertes alguna vez, aun a riesgo de heroísmo». Y así se ganó Tomás Moro el hacha del verdugo en este mundo y quizá algo mejor más allá, según él esperaba. No viene mal en estos tiempos y en esta tierra en que vivimos recordar su ejemplo.

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