Julia Escobar

Difuntos vs Halloween

«En España no necesitábamos importar terror para una noche tan señalada, sino que hubiéramos debido exportarlo si a los extranjeros no les gustara más vernos como a un pueblo realista a ultranza y afecto a la muerte»

Opinión Actualizado:

Difuntos vs Halloween
Foto: Scott Rodgerson| Unsplash

Ahora que se acerca una de las fiestas más entrañables del año, cuando las familias olvidan sus rencillas y se reúnen para honrar a sus muertos en los cementerios (cosa que difícilmente se podrá hacer este malhadado año), nada me entristece más que ver a la sociedad española, de flaca memoria, olvidar sus tradiciones. Ya sé que no somos los únicos que asimilamos, con un apetito envidiable, las charlotadas que vienen del exterior, mejor si están aderezadas en Hollywood, pero que una fiesta como Halloween haya podido suplantar algo tan arraigado en nuestra cultura latina y mediterránea como nuestra noche de difuntos no me parece justo.

Yo no pretendo minimizar la antigüedad de la primera, que hunde sus raíces en la mitología celta y está sólidamente implantada en los países que han recibido tal herencia, pero creo que conviene recordar la nuestra, cuyo origen se pierde también en la famosa noche de los tiempos –donde en un principio confluyeron ambas– para diversificarse después por razones culturales y religiosas. El culto a los muertos no es una peculiaridad de los celtas, sino que lo comparten con todas las culturas antiguas, entre otras la romana, que es principalmente de donde nos viene a nosotros. Todos los Santos –festividad común a la Cristiandad– y, en particular, la noche de difuntos, tienen un origen indudablemente pagano, incluido el ya citado peregrinaje a los cementerios para visitar a los muertos familiares. La Iglesia las asimiló, como tantas otras festividades y las incorporó a su liturgia. Pero el sustrato pagano ha pervivido a través de los siglos y la noche del 1 al 2, es decir la que va de la festividad de Todos los Santos a la de la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, conocida como la “noche de difuntos”, ha sido tradicionalmente en España una noche pagana de terror en todos los sentidos del término.

Por eso, en España no necesitábamos importar terror para una noche tan señalada, sino que hubiéramos debido exportarlo si a los extranjeros no les gustara más vernos como a un pueblo realista a ultranza y afecto a la muerte, de acuerdo, pero con un sentido religioso que la noche de difuntos no tiene. La ruptura con el pasado que han conocido las últimas generaciones ha sumido en el olvido la rica tradición oral de cuentos de terror basados en aparecidos que regresan durante esa noche para despachar sus asuntos pendientes con los vivos y otra serie de ritos, como poner lamparillas a los difuntos para honrarles y, de paso, apaciguarles, cuentos que recuerdo perfectamente de mi infancia. La tradición popular de encender a los difuntos papelitos flotando en un platillo con aceite estaba sin duda encaminada a salvar nuestras almas, pero en el fondo era una especie de protección para que los muertos no vinieran a molestarnos durante esa noche en la que, por así decirlo, les daban suelta en el infierno para que saldaran sus cuentas con los vivos.

El folklorista Aurelio M. Espinosa (Cuentos populares de Castilla y León, 1996) recoge gran número de cuentos de aparecidos durante la noche de difuntos. Concretamente, la historia del muerto que regresa a su hogar para recuperar los higadillos o la asadura, como se quiera, del que existen en Castilla más de diez versiones. Les voy a reproducir una que me gusta tanto que la utilicé en mis novelas Nadie dijo que fuera fácil y en La asamblea de los muertos porque eran unas de las que me contaba mi abuela. Se trataba de una madre recién enterrada que regresaba de su tumba para recuperar las entrañas aún palpitantes que le acababa de arrancar su propio marido para alimentar a sus famélicos pequeñuelos. La madre avanzaba hacia ellos, que ya estaban en la cama, diciendo:

–        ¡Dadme mi asadura dura, que me quitasteis de mi sepultura!

Las criaturitas, horrorizadas, preguntaban:

–        ¡Ay, padre, ¿quién será?

Y el profanador de tumbas contestaba:

–        ¡Dejadla, hijos, que ya se marchará!, sabiendo muy bien que no iba a ser así.

Esto ocurría varias veces hasta que la madre se llevaba a todos por los pelos a la sepultura.

Otro muy divertido era el de la pérfida mujer de un labrador que se la pegaba con el sacristán y el zapatero del pueblo y que llegó incluso a matarlo y a servir a los amantes su hígado encebollado. El marido, como es natural, volvió a por ella la noche de difuntos, disfrazado con la capa del sacristán, al que había matado previamente, y enseñando las tibias y el peroné porque la capa le quedaba corta. Les ahorro los detalles, pero ya quisieran pillar en Hollywood ese guion.

Es cierto que nuestra literatura, para bien y para mal, es propensa al realismo y no abunda en fantasmas y aparecidos, pero hay algunas muestras casi insuperables. En su libro, Leyendas, Gustavo Adolfo Bécquer tiene un cuento escalofriante al respecto, El monte de las ánimas, que presumo conocido por todos. Y se pueden rastrear ecos de esta tradición en muchos otros autores, aunque de forma algo dispersa. Vayan otros ejemplos. El primero es lo que ahora se llama un microcuento del escritor mexicano Juan José Arreola, se titula Cuento de horror«La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones». Pero el que prefiero, por encima de todos, por su circunspecta perfección es Aquella muerta, obra de Ramón Gómez de la Serna, incluida en su indispensable libro sobre los difuntos, Los muertos y las muertas:

«Aquella muerta me dijo: ¿No me conoces? Pues me debías conocer… Has besado mi pelo en la trenza postiza de la otra.»

La representación de Don Juan Tenorio de José Zorrilla fue cita obligada durante estas fechas desde su estreno y ya abandonada. La escena del comendador aceptando el convite del seductor durante la noche de difuntos para llevárselo al infierno es de una eficacia aterradora. ¿Ven cómo podemos perfectamente prescindir de la noche de Halloween? Aprovechen el toque de queda para reunir a sus hijos, contarles esos cuentos a la luz de las lamparillas y atiborrarles de huesos de santo y de buñuelos de viento, mucho más ricos y nutritivos que todas las calabazas y las palomitas del mundo anglosajón. ¿Quién dijo miedo?

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