Jordi Bernal

Disparad al columnista

«Todo mi raquítico pero firme apoyo al escritor Félix de Azúa. Espero seguir leyendo sus columnas por largo tiempo»

Opinión

Disparad al columnista
Foto: Dusty Barnes| Unsplash
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

Dan verdadero pavor los inquisidores laicos, los guardianes de las esencias puras y la policía del pensamiento monolítico. La nueva comunicación sin filtro los ha convertido en jauría emboscada en las redes sociales (más bien sociópatas) y en crecido rebaño de linchadores de panfleto. Son los de siempre con otro bozal. Esta vez el de la progresía biempensante, que en realidad se comporta como cualquier reaccionario cuando se da de bruces con la libertad individual.

El caso Azúa es sintomático de estos tiempos bárbaros en el que se pide alquitrán y plumas para el disidente. Tienen cuidado, claro está, de esconder el crucifijo y el misal añejo de las cruzadas gloriosas de sus ancestros. Más bien ahora ellos son las víctimas, los ofendidos y los humillados. Pobres. Los que se arrodillan y lloran expiando pecados ajenos, pero al mismo tiempo señalan a todo aquel que no comulgue con sus obtusos principios.

Si por ellos fuera regresaría una prensa de movimiento en la que, sin embargo, la censura de brocha gorda se sustituiría por una sibilina ley del silencio. Siempre con las suaves y untuosas formas de jesuitas descreídos. Y lo harían, claro está, porque en su infinita bondad intrínseca no pueden permitir que se perturbe el espíritu noble y beatífico del pueblo con «insultos» e «injurias» de opinadores broncos; con la impertinencia extemporánea del que va por libre.

Volvemos a funestas épocas en las que escribir en España era llorar, según Larra, o morir, según Cernuda. A la precariedad del oficio se añade la ristra de agravios imaginarios y cancelaciones de una cultura fundamentada en la iletrada piel suave y en la hipocresía moral de los buenos en el mal sentido de la palabra.

Todo mi raquítico pero firme apoyo al escritor Félix de Azúa. Como lector de El País espero seguir leyendo sus columnas por largo tiempo. Tienen para mí una admirable virtud estilística: se leen sin trompicones; prueba de su claridad sintáctica y argumentativa. Y puestos con la franqueza, diré que, desde que cambió su domicilio fiscal a Madrid, estoy en desacuerdo con buena parte de sus opiniones.

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