Enrique Rojas (77), psiquiatra: «La felicidad no depende de la realidad, la clave está en nuestra interpretación»
Explica en ‘Amor inteligente’ por qué la felicidad no depende de la realidad, sino de cómo la percibimos

Un hombre pensativo. | ©Freepik.
Pocas aspiraciones hay tan profundamente humanas como querer ser feliz. Es una meta que aparece en todas las culturas, en todas las épocas y, con matices distintos, en prácticamente todas las conversaciones sobre el sentido de la vida. Loable, necesaria y recurrente, la búsqueda de la felicidad es también, paradójicamente, una de las empresas más complicadas que afronta cualquier persona. No porque sea inalcanzable, sino porque no funciona como una emoción convencional: no es la ira, que surge y se disipa; tampoco es la alegría puntual de una buena noticia. La felicidad trasciende ese tipo de estados y opera en otra dimensión más profunda y duradera.
El problema añadido es que no existe un baremo universal para definirla, ni para saber cuándo realmente se ha alcanzado. Nadie puede señalar un punto exacto en el mapa y decir: «Aquí está». Sobre esa cuestión reflexionó con rigor el psiquiatra Enrique Rojas en Amor inteligente, una de sus obras más leídas, donde abordó de qué depende realmente esa felicidad que todos perseguimos y cuál es el mecanismo mental que la regula desde dentro.
La medida de la felicidad no es universal
Uno de los argumentos más sólidos que desarrolla Enrique Rojas en su obra es que la felicidad no tiene que ver con lo que ocurre fuera, sino con cómo interpretamos lo que ocurre. «La felicidad no depende de la realidad, sino de la visión de la realidad que tengamos», escribe con rotundidad. Esa afirmación puede sonar contraintuitiva, pero tiene un respaldo científico claro: la psicología cognitiva lleva décadas demostrando que los sentimientos son el resultado de la codificación mental de la información que recibimos. Dicho de otro modo, no reaccionamos a los hechos en bruto, sino a la evaluación subjetiva que hacemos de ellos. Esa evaluación es personal, intransferible y enormemente variable.
El propio Rojas lo ilustra con un ejemplo tan sencillo como revelador. El de un investigador que vive con austeridad, encerrado en su laboratorio, puede sentirse profundamente satisfecho al lograr un pequeño avance en su trabajo. Un hombre de negocios, ante esa misma situación, solo vería privación y fracaso. Ninguno de los dos tiene razón absoluta; simplemente operan con escalas distintas. Por eso los grados de felicidad entre personas muy dispares son abismales, y por eso resulta tan difícil estandarizar lo que significa ser feliz. Lo que para alguien es una vida plena, para su vecino puede ser una forma de resignación. La clave, insiste el psiquiatra, «está en nuestra interpretación».
Cómo trabajar en nuestra felicidad
Que la felicidad sea subjetiva no implica que sea azarosa ni que no pueda cultivarse. De hecho, Enrique Rojas ha señalado en repetidas ocasiones que existen pilares comunes sobre los que construirla: el trabajo con sentido, el amor en sus distintas formas y las relaciones sociales nutricias son tres de los más recurrentes en su pensamiento. Sobre esos pilares se levanta una arquitectura personal que, bien cimentada, sostiene el bienestar incluso en los momentos de más turbulencia. Sin embargo, construirlos requiere esfuerzo consciente, no esperar a que lleguen solos.
Otros psiquiatras, como Marian Rojas Estapé, han añadido una advertencia complementaria que merece atención: el exceso de rumiaciones es uno de los mayores enemigos de esa felicidad cotidiana. Por eso, insistía en que «pensar no es lo mismo que rumiar». Darle vueltas obsesivas a lo que salió mal, o vivir proyectados hacia un destino futuro que todavía no existe, nos hace perder lo que ocurre a mitad de camino. La felicidad no se encuentra mirando atrás con nostalgia ni hacia adelante con ansiedad; se construye, sobre todo, en el presente. Ese foco en el aquí y ahora no es una consigna de autoayuda superficial. Es, más bien, una estrategia con base clínica que ayuda a anclar el bienestar donde realmente puede florecer.
No es estoicismo, es afrontar los hechos

Ninguna visión honesta de la felicidad puede ignorar que la vida incluye baches. Períodos de pérdida, de incertidumbre o de dolor forman parte de cualquier trayectoria vital, y pretender lo contrario es tan inútil como contraproducente. Reconocerlo no es pesimismo, sino lucidez. Lo importante no es evitar esos momentos. Hay que saber navegarlos sin que se conviertan en el estado permanente desde el que interpretamos todo lo demás. La vida rara vez va a ser perfecta, y asumir eso con serenidad es, en sí mismo, un acto de madurez emocional.
Eso, sin embargo, no tiene nada que ver con el estoicismo mal entendido que anestesia los sentimientos. Se trata, más bien, de desarrollar una actitud flexible ante los hechos: capaz de sostener la dificultad sin derrumbarse y, al mismo tiempo, de detectar las pequeñas alegrías cotidianas que repuntan el ánimo. Un café tranquilo por la mañana, una conversación que nutre, un logro modesto pero real. Enrique Rojas y la felicidad como concepto apuntan en la misma dirección: no hay que buscarla en grandes gestas ni en momentos extraordinarios, sino aprender a reconocerla en lo ordinario. Ese reconocimiento, entrenado con paciencia, es quizá el hábito más rentable que puede construirse.
