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Dos modelos para Casado

Foto: JAVIER BARBANCHO | Reuters

En su libro The Dawn of Eurasia, el exministro portugués Bruno Maçaes explica que uno de los grandes errores del proyecto europeo es la paulatina sustitución de la política por una espesa maraña burocrática que, como sucede con las capas de una cebolla, acaba ocultando el corazón mismo de la democracia. Cuánto hay en estas palabras de específicamente continental sería motivo de debate, pues admiten una lectura en clave nacional. ¿El auténtico instinto del bien común se ha disuelto bajo la severidad de los intereses demoscópicos y el exceso regulatorio que asfixia el ámbito de actuación de los ciudadanos? Carezco de respuestas, pero sospecho que las palabras de Maçaes apuntan en la dirección de un eclipse de la política sujeta a la burocracia, la cual a su vez corre el riesgo de extender –como en las pendientes de tierra deforestadas tras la lluvia torrencial– la desertización moral de los pueblos. Dicho de otro modo, la abstención de la política no constituye tanto un presupuesto de neutralidad como un disolvente de las virtudes públicas.

La derrota de Soraya Sáenz de Santamaría frente a Pablo Casado en el último Congreso del PP plantea la actualidad de algunas de estas cuestiones. La exvicepresidenta del gobierno ofrecía la experiencia del poder, pero carecía del reflejo emocional de un discurso distintivo. Casado, en cambio, adelantaba posiciones a lomos no sólo del cambio generacional, sino de las dinámicas antiestablishmentque saturan la política europea actual. Casado –y su propuesta de valores– es al PP lo que Sánchez fue al PSOE: un candidato dispuesto a reivindicar la identidad de la política frente a la gestión del poder. Su victoria es también la del legado ideológico de Aznar, del mismo modo que la derrota de Soraya nos muestra los límites de la herencia de Rajoy.

Por supuesto, ahora queda por escribir el futuro. Para ganarlo, Casado tendrá que añadir matices a un discurso que sonó demasiado escorado a medida que se acercaba el final de la campaña. Hay que recordar que el mejor Aznar fue el de la primera legislatura, no el de la segunda, ya ensoberbecido por la mayoría absoluta y un carácter marcial que había perdido su filo moderado. En estos próximos meses, Pablo Casado tendrá que elegir entre esos dos modelos.

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