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“Draghi, please don’t go”

Foto: Kai Pfaffenbach | Reuters

Cuando Mario Draghi deje la presidencia del Banco Central Europeo (BCE) tras ocho años de mandato no habrá subido nunca los tipos de interés de la eurozona. Sólo los habrá bajado y a mínimos históricos. ¿Es esto bueno o malo? Pues regular. Porque lo que significa es que el crecimiento que registra el bloque desde 2014 no ha sido ni va a ser este año tampoco una amenaza para la inflación, la principal preocupación del banco emisor. Pero en realidad, ¡qué más quisiera Draghi tener que preocuparse por una subida de los precios! Eso significaría que su paciente, la economía de la eurozona, está definitivamente fuera de peligro, y se le puede retirar la respiración asistida que recibe desde que el italiano se puso al frente de la institución en 2011. Sería la mejor manera de despedirse: dando el alta al paciente. Pero las nuevas señales de debilidad lo hacen prácticamente imposible.

Todos los organismos internacionales han rebajado las previsiones de crecimiento en la eurozona para este año. La revisión a la baja más drástica ha sido la del BCE, que la sitúa en el 1,1% este año, bastante más pesimista que el 1,8% que espera la Comisión Europea. En cualquier caso ambas representan una recaída del enfermo. En 2018, la eurozona creció un 2,1% y en 2017, un 2,4%. La inflación, ahora en el 1,5% está también lejos del objetivo del 2% del BCE, que sería el marcador definitivo que demostraría la buena salud del paciente. La misión del BCE ahora es evitar a toda costa que el bache se convierta en una recesión.

Tras dar por concluido el pasado diciembre el programa de compras de deuda y otros activos, llamado en inglés Quantitive Easing, que permitió dar liquidez al sistema y salir de la crisis, el presidente del BCE vuelve a anunciar ayudas extras que combatan el parón que sufre la economía. Y es que los 2,6 billones de euros (2,6 veces el PIB de España) que ha gastado la institución, una medida excepcional, alejada de la ortodoxia fundacional del BCE, no parecen haber bastado para descartar la posibilidad de una recaída. El BCE ha decidido no sólo aplazar una subida de los tipos de interés hasta bien entrado 2020 (se esperaba que lo hiciera a medidos de este año), si no que además dará, por tercera vez bajo el mandato de Draghi, barra libre a los bancos, a los que les cobrará prácticamente cero por prestarles dinero. Quiere que siga circulando la sangre por el sistema y que nada obstaculice el crédito. Otra cosa es si las empresas, cuyos índices de confianza y de previsiones de compras se han precipitado a la baja, lo pidan pedirlo en un entorno de alta incertidumbre.

Porque es la incertidumbre el factor que más está pesando sobre las decisiones de los agentes económicos. Aún no se ha despejado ninguna de las grandes incógnitas que pesan como una losa sobre las perspectivas económicas: la guerra comercial entre EEUU y China o entre EEUU y Europa, a la que Washington ha vuelto a retar con una subida de aranceles en sus exportaciones de automóviles (un asunto crítico para Alemania y, en menor medida, España), sigue siendo una amenaza; la fracasada negociación de la premier británica, Theresa May, con el Parlamento para evitar que el Reino Unido abandone por las bravas la UE sólo prolonga la agonía del Brexit sin que se vislumbre una solución; y, last but not least, la inestabilidad política que, como resultado de las elecciones al Parlamento Europeo, puede provocar la irrupción con fuerza de los partidos populistas como el Frente Nacional de Le Pen, la Unión Cívica del húngaro Víktor Orban, la Liga Norte de Salvini o el Vox de Abascal, poco amigos de la disciplina fiscal o de ceder soberanía a instituciones europeas como el BCE.

“En una habitación a oscuras, es mejor moverse con pasos cortitos y no correr”. Era el símil utilizado por Mario Draghi para explicar cómo va a responder el BCE al deterioro de la situación y la posibilidad de que se prolongue la incertidumbre. Sin posibilidad de bajar los tipos de interés, que están prácticamente a cero, y con su balance lleno de bonos y otros activos dudosos como resultado del Quantitive Easing (tiene deuda española por valor de 256.000 millones de euros y alemana por valor de casi medio billón, además de la del resto de países miembros del euro…), el banco central recurre de nuevo a la excepcionalidad financiera. Es decir, a intervenir en los mercados con herramientas no ortodoxas para incentivar el crédito, aunque esta vez el margen es más limitado. De hecho, algunos expertos no saben si, a diferencia de la contundencia de las medidas del pasado, estas serán suficientes.

El italiano también quiere confiar en que la recuperación de los salarios en la eurozona (suben un 2,5%, el máximo desde 2012) ayude a mantener el consumo. La caída del precio del petróleo desde principios de año, que da un margen adicional para gastar, y la subida del precio de la vivienda, principal activo de muchas familias, pueden ayudar en este sentido. Si se ejecutan los planes para aumentar el gasto público en países con superávit fiscal como Alemania, que ha anunciado un paquete de estímulos de 10.000 millones de euros, puede que la desaceleración sea más suave de lo temido y una vez e despejen las incertidumbres que atenazan ahora a la economía, la eurozona vuelva a crecer con más brío.

¿Llegará Draghi a tiempo para verlo? Ha de ser sustituido en octubre. Tal vez sí. Fue quien con su célebre frase “el BCE hará todo lo que está en su mano para salvar al euro y créanme será suficiente” logró efectivamente frenar los ataques contra la moneda común y establecer las bases para la recuperación económica. Ahora el paciente ha sufrido una recaída. Y ante la incógnita sobre si esta será duradera o no, dan ganas de pedirle al italiano que se quede un poquito más para que obre otra vez el milagro. En definitiva: Draghi: please, don’t go! 

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