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El amor en los tiempos de Tinder

Hace poco me asaltó un pensamiento inquietante: la sospecha de que en pocas décadas aquellos que conocimos a nuestras parejas de modo azaroso seremos una excepción grotesca sobre la faz de la Tierra. La tendencia es imparable. Ligar por internet ha perdido el estigma social que tenía hasta hace poco y se cree que en Estados Unidos una de cada cinco nuevas relaciones de pareja se inician en línea. Es cuestión de tiempo que la proporción se invierta y los emparejados aleatoriamente, sin la ayuda de celestinas digitales, seamos minoría. No es algo que me provoque nostalgia. Apruebo los nuevos métodos. Ya me hubiera gustado a mí, en la torpe adolescencia, disponer de un archiperre electrónico como lazarillo: me hubiera ahorrado más de un soponcio.

Algún desgarro de vestiduras se oye. El filósofo Alain Badiou abjura en su librito, ‘Elogio del amor’, del negocio de la planificación del encuentro amoroso. No es muy distinto, sostiene, a un matrimonio concertado, con un algoritmo benevolente en el rol de padre despótico. Sucede que los encuentros de antaño no eran tan azarientos como nos gusta pensar. Al contrario que las hadas que pueblan ‘El Sueño de Una Noche de Verano’, Cupido no dispara a voleo ni por capricho: los sociólogos saben que la educación, la renta, los orígenes étnicos o religiosos guían la flecha. Las reglas del mercado han estado siempre emboscadas en nuestros lances amorosos. Lo que hacen sitios como tinder o edarling es refinar el sistema, dotándolo de una profundidad de mercado (elevado número de oferentes y demandantes) y de una transparencia (información accesible y sin costes) con la que no podían soñar la cantina de la universidad o la feria del pueblo. De paso han eliminado la necesidad de filtros alternativos, como el bar gay, que no se ve qué utilidad puede tener en los tiempos de grindr.

Naturalmente, hay riesgos. Una cosa es asumir que la vida amorosa se ha organizado siempre en algún tipo de mercado y otra es estar preparados para el consumo de idilios producidos en masa. Como mantiene Eva Illouz en ‘Intimidades Congeladas’, un agudo estudio de la emoción en las sociedades postindustriales, el amor romántico se desenvolvía dentro de una economía de la escasez, que ayudaba a dotar de un carácter único a la persona amada. Habrá que ver qué hace con nuestra lábil psique pasar a una economía de la abundancia, donde podríamos llegar a programar la obsolescencia de nuestros afectos. Otro riesgo que se ha observado es que el matrimonio dejará de ayudar a la movilidad social, al haber pocos incentivos para aventurarse en nichos alejados del propio. La sobreoferta, por otro lado, también podría tener beneficios. El flechazo digital podría ayudar a crear una gran clase media sexual que atenúe la guerra de clases entre feos y guapos que Houellebecq tiene diagnosticada en sus novelas, y con un poco de suerte, también podría jubilar a unos cuantos proxenetas.

Son todos cambios sociales que tengo curiosidad por ver. Porque, por lo demás, las nuevas tecnologías dejan intactos, a mi entender, el misterio y tarea del amor, que no es algo que se realice en el encuentro sino en la estancia. No en el primer vislumbre de un cuerpo entre la multitud, sino en el cuidado del rostro acostumbrado muchos años después.

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