Jordi Amat

El campo de batalla

«No premiamos a quien actúa o informa mejor sino a quien mejor alimenta nuestros prejuicios, compactando el bloque del que formamos parte y alejando la posibilidad del pacto»

Opinión Actualizado:

El campo de batalla
Foto: Julio Cortez| AP Images
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

A finales del pasado mes de julio, 2.010 personas respondieron una encuesta sobre convivencia y polarización en Cataluña. Esta encuesta, coordinada por la politóloga Berta Barbet, la ha impulsado el Institut Català Internacional per la Pau –un organismo que depende del Parlament– y el estudio se inscribe en una reflexión más amplia sobre sociedad, política y polarización no solo en Cataluña sino también en otros lares (de Estados Unidos a Italia, pasando por Reino Unido o España) y debería haberse desarrollado mediante diversos debates abiertos organizados en Madrid y en Barcelona (algunos actos previstos pudieron celebrarse, antes de la pandemia, pero no la serie completa). Digamos que la encuesta en cuestión, con la especificidad catalana a cuestas (señala que se siguen dando las condiciones para el acuerdo interno), pretendía pensar uno de los temas de nuestro tiempo.

Uno de los datos más significativos de la encuesta es el de la percepción ciudadana sobre cuáles son los actores sociales más claramente polarizados. Son dos: los partidos políticos y los medios de comunicación. Si convenimos que la polarización es un tóxico para el buen funcionamiento de la democracia porque es una dinámica que consolida los bloques y así se va limando la posibilidad del acuerdo entre diferentes, valdría la pena preguntarnos por qué los medios y los partidos siguen reforzando dicha dinámica que corroe los viejos consensos e imposibilita que puedan ensayarse consensos nuevos. Lo más plausible es que medios y partidos hayan ido metamorfoseando la función que debían cumplir en el sistema de las democracias liberales. En el primer caso, en teoría, su función era informar; en el segundo, en el mejor de los mundos posibles, gobernar o hacer oposición. Pero es probable que partidos y medios hayan abandonado dicha funcionalidad. No para regenerar la democracia sino para sobrevivir cautivos de la lógica del clickbait.

Hoy en día, conservando la fachada de su funcionalidad original, la principal función que ejercen medios y partidos ya es autorreferencial: su propósito no es actuar como agentes de intermediación en beneficio de la sociedad sino como meras plataformas de fidelización de audiencias y electores. A más fidelidad, mayor posibilidad de subsistencia. Para lograrla, en nuestros tiempos de falta de atención y permanente campaña electoral, se necesita tensión. Más tensión. Pero el tensionamiento constante del debate periodístico y parlamentario, que se retroalimenta el uno al otro, provoca mayor polarización de la sociedad. Así, casi sin querer, optamos por asumir la metamorfosis de esos dos actores sociales. No premiamos a quien actúa o informa mejor sino a quien mejor alimenta nuestros prejuicios, compactando el bloque del que formamos parte y alejando la posibilidad del pacto. En esta dinámica estamos atrapados, casi siempre sin saber que vivimos en un campo de batalla. También quienes opinamos.

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