José María Albert de Paco

El caso Álvarez

«El alcalde representaba todos los atributos del padre y Nevenka se entregó a él como una forma de dar satisfacción a ese padre esquivo»

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El caso Álvarez
Foto: Ana F. Barredo| EFE
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

El documental sobre Nevenka Fernández pone de manifiesto que, en efecto, a las mujeres les queda un trecho por recorrer para consolidar la igualdad real, pero no sólo por las razones que suelen esgrimirse. La justicia consideró acreditado que Fernández fue objeto de acoso por parte de su superior, el entonces alcalde de Ponferrada Ismael Álvarez, al que multó con 6.000 euros y obligó a indemnizar a la víctima con 12.000 (una sentencia que hoy nos parece irrisoria, lo que da fe del progreso general de la humanidad del que habla el optimismo ilustrado).

No obstante, hay un aspecto del relato de Fernández del que sigo recelando, y que también he observado, en alguna medida, en mujeres que han sufrido esa clase de violencia intimidatoria. A ello contribuye, obviamente, el modo en que Ana Pastor y Juan José Millás, verdadero tutor de la serie (incluso la metáfora de la pecera es deudora de su pluma) orientan el testimonio de la protagonista. Fernández mantuvo un idilio con Álvarez por el que pasa prácticamente de puntillas, sin dar más que un par de pinceladas en las que afirma que el personaje le inspiraba pena (por el reciente fallecimiento de su mujer) y le despertaba admiración. No me atrevo a asegurar que tal disparidad sea imposible. En todo caso, y según sus palabras, nunca se sintió cómoda y tardó muy poco en convencerse de que debía poner fin a la relación.

Ahora bien, el hecho de que ese episodio, el del cortejo, la seducción y la aventura, se ventile de manera tan apresurada, omitiendo cualquier referencia a lo que de atrayente o placentero pudo haber en el trato con Álvarez, y caracterizando la vivencia, en suma, como un error fruto de una suerte de enajenación transitoria, parece destinado a impedir que la historia adolezca de fisuras, a neutralizar cualquier posible sospecha de que Fernández actuara de forma veleidosa, a riesgo de que el hostigamiento posterior fuera tenido por «comprensible».

Paradójicamente, la deliberada, calculadísima depreciación del escarceo, no sólo no beneficia la tesis que se pretende defender, sino que, por el contrario, indica que Fernández, Pastor y Millás han interiorizado la idea de que un noviazgo en el que hubiera habido algún poso de arrebatamiento, de efusión, haría menos ilegítimo el hostigamiento del despechado. El próximo desafío es conjurar ese atavismo, bien entendido que el amor, por verdadero que sea, puede ser un salvoconducto moral para acosar a nadie. (Depurar la verdad, en suma, de aproximaciones narrativas como la que Millás perpetró en su caso contra la realidad: «un día pregunté a Nevenka si nunca había sido la novia de su padre. La respuesta de Nevenka fue: «yo he gustado a todos los hombres menos a mi padre».

¿Más simetrías? ¿Más asociaciones? ¿Más casualidades? Hay más, desde luego, pero entre todas ellas destaca, por terrible, la de que Nevenka se entregara [sic] a un hombre de la edad de su padre (y un trasunto de él, evidentemente) por el que más tarde sería acosada. […] El alcalde, en efecto, representaba todos los atributos del padre y Nevenka, siempre en mi opinión, se entregó a él como una forma de dar satisfacción a ese padre esquivo («yo he gustado a todos los hombre menos a mi padre»).

Cuando este padre la decepcionó nuevamente, Nevenka dijo «hasta aquí hemos llegado, no seré sensata nunca más», y entonces fue al juzgado, denunció los hechos y lo puso todo patas arriba. […] No me resisto a señalar la coincidencia de que Lucas, su novio, padece psoriasis, igual que el padre de Nevenka. Las coincidencias, cuanto más casuales parecen, más significado tienen. Y más conmovedoras resultan.

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