Juan Claudio de Ramón

El gobierno y la política

«En general, hay política donde hay poder que redistribuir. Y tanta más política hay cuanto menos mediado esté ese poder por relaciones de genuino afecto»

Opinión

El gobierno y la política
Foto: | Gobierno de Reino Unido
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

La pregunta palpitante, supongo, es cuánta política puede soportar el gobierno sin griparse o algo peor. Política y gobierno no son lo mismo. La primera traduce «politics», en inglés; el segundo expresa lo que aquella lengua llama «policies», y el español, con pesado sintagma, «políticas públicas». Para simplificar, propongo que toda política sea considerada politiquería, liza entre élites por el poder, y que la política en su aspecto noble y virtuoso de ejercicio de responsabilidades públicas sea entendida como gobierno. Cierto, hay una vasta y exasperante zona de solape, pues para llegar al gobierno hay que pasar por el cedazo de la política. Esto es verdad en democracia, definida como lo hacía Schumpeter: la lucha sujeta a reglas (pero no las del marqués de Queensberry) de facciones organizadas para capturar el voto de la ciudadanía. Pero política hay también, no poca, no menos extenuante y bastante peligrosa, en las autocracias, para conseguir el favor del autócrata. Fuera de la esfera pública nos la volvemos a encontrar en los claustros de universidad, las curias de las iglesias o los órganos de las empresas. Es así que hablamos de «office politics» o «política de oficina», que es la pugna taimada por conseguir el despacho esquinero o heredar los puestos ejecutivos. En general, hay política donde hay poder que redistribuir. Y tanta más política hay cuanto menos mediado esté ese poder por relaciones de genuino afecto. La amistad o la familia son cortafuegos naturales, pero no infalibles, de los estragos de la política.

Con esto en mente podemos descartar la cándida noción de que la política sea, como a veces se dice, «resolver los problemas de la gente». Resolver los problemas de la gente es, en todo caso, la tarea del gobierno (harina para otro debate es saber cuales y cuantos de esos problemas conviene que intente resolver). El gobierno es una necesidad perenne de la comunidad y sin el gobierno poca gente lograría hacer nada. Incluso quien lo ve como un mal, lo sabe mal necesario, y en alguien tan poco sospechoso de estatista como Von Mises, leemos: «El gobierno como tal no solo no es un mal, sino la institución más necesaria y beneficiosa, puesto que sin ella no se puede desarrollar ni mantener ningún tipo de civilización ni cooperación social duradera».

El mar del mundo está de escollos lleno, decía un poema de infancia. De modo que gobernar para todos y hacerse cargo del timón no tiene por qué ser grato y muchas veces no está bien pagado. Pero hay quien siente la llamada o el deber de intentarlo, sobre todo si ha madurado una cierta idea de cómo mejorar algún aspecto de la vida de su comunidad. Se toma entonces la decisión, insensata para los próximos, de «entrar en política». A tenor de lo que cuentan, es experiencia frustrante para quien, por mucho que sepa o buenos sean sus fines, es temperamentalmente incapaz de acatar la disciplina cognitiva de los partidos. Sucede, al contrario, que quien habita la política desde siempre, a veces se ve en el trance penoso de gobernar. Descubre entonces que las opciones son tasadas, la normativa compleja, el dinero escaso, el compañerismo escaso, el escrutinio feroz y a menudo injusto. La política embriaga y el gobierno abruma. Si la política puede ofrecer un modus vivendi relativamente confortable, Rousseau alerta de que «en toda verdadera democracia, ejercer una magistratura pública no es ventaja, sino una carga onerosa». Nos viene de molde para ilustrarlo el caso de un Pablo Iglesias que, tras haber descubierto que «estar en el gobierno no significa estar en el poder», ha decidido abandonar su onerosa vicepresidencia para volver a las cabriolas de la mera política.

Un gobierno sin el lastre de la política es una utopía repetidamente teorizada: desde aquella isla que no salía en los atlas, hasta «la mera administración de las cosas», que el socialismo científico supuso cosecha final de los trabajos revolucionarios. Lo cierto es que la actividad de los gobiernos, tras un largo proceso de aprendizaje ideológico, está en Europa vastamente protocolizada. La tecnificación del gobierno va de la mano de una espectacularización de la política, que se ve obligada a generar cada vez más ruido para llamar nuestra atención. A veces el ruido enmascara los problemas reales y en España las dos últimas devastaciones, la crisis económica de 2008 y la pandemia de 2020, nos pillaron riñendo acaloradamente y sin necesidad por dos pseudoproblemas fabricados por los políticos para su propio solaz: la reorganización de la planta territorial del Estado y la cuestión del consentimiento en los delitos sexuales. Lo que nos conduce a la pregunta primera: cuánta política puede soportar el gobierno sin griparse o algo peor.

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