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Enrique García-Máiquez

Ficción nuclear

«Si queremos políticos (y periodistas, y ciudadanos) mejor preparados, pidamos, pues, que lean todo Shakespeare y a Dante y a Cervantes y, si son españoles, además los Episodios Nacionales»

Opinión

Ficción nuclear
Chema Moya EFE

Un tic recurrente de nuestra vida pública consiste en reírse y/o indignarse por la cantidad de series de televisión que sin solución de continuidad consume el vicepresidente del Gobierno mientras la economía se hunde y los muertos por coronavirus se disparan. Lo curioso es que los mismos que se ríen o se escandalizan de tanta serie advierten a la vez de que el peligro de Pablo Iglesias estriba en que él sí tiene un plan para el Gobierno y una visión de la política, a diferencia de Pedro Sánchez, que apenas pretende el poder. Pablo Iglesias avanza inexorable hacia la bolivarización de España, el control de los medios, la subyugación de la justicia y el dominio gramsciano sobre la mentalidad dominante.

En realidad, no hay paradoja, sino una relación de directa proporcionalidad. Los españoles, herederos legítimos de don Quijote de la Mancha, deberíamos tener presente el poder transformador y explosivo que encierra la ficción. Julián Marías, además, nos explicó que las historias (él se refería a las literarias, pero también al cine, del que era un atento comentarista) son «vitaminas de vida biográfica». De una ficción se sale, por tanto, con una renovada energía para reemprender el propio argumento y poner en práctica proyectos y sueños. Como el Súper Ratón de mi infancia, Pablo Iglesias está supervitaminado y supermineralizado. Son sus sesiones de series las que lo tienen todo el día tejiendo argumentos y maniobrando en la oscuridad, como un pequeño Underwood de fabricación nacional o como un Tyrion Lannister de Vallecas, digo, de Galapagar.

Si yo fuese editor de un medio, haría lo que hizo conmigo José Joly y Martínez de Salazar, presidente del Grupo Joly. Cuando arrancaba Iglesias su andadura, me aconsejó imperiosamente que viese Juego de tronos para entender al personaje. Por entonces era la serie de referencia en Podemos. Luego, tuvo un fascinante giro casi legitimista y en todo caso caballeresco e Iglesias empezó a echar de menos el gore, como es lógico. Hasta que el chasco final con la populista dando en dictadorzuela resultó un espejo insoportable para Podemos. Ya Iglesias no habla de Juego de tronos. Con todo, el consejo de Joly fue impagable, propio de un periodista de raza aquilatada durante cinco generaciones. ¿Y por qué no hay algún editor ahora que financie a alguien —por ejemplo, a mí— que vea durante dos meses o tres de ocupación completa las series que ha disfrutado el vicepresidente y analice cómo han ido alimentando su acción política y su discurso, del mismo modo que Amadís de Gaula inspiraba las andanzas de don Quijote?

Cuando hago esta comparación, me refiero exclusivamente al mecanismo de la ficción trastocando la vida. Por supuesto, de la calidad de las novelas o las películas o las series de las que uno se alimente, salen los distintos timbres morales e intelectuales que se llevan a la política. «Somos lo que leemos», ha advertido varias veces Luis Alberto de Cuenca.

A Ben Bradlee, el mítico director del Washington Post cuando el Watergate, los profesores de periodismo de la Universidad de Navarra, que fueron a verle con sus alumnos en un viaje de estudios, le preguntaron qué haría él para formar a los mejores periodistas del mundo. Bradlee contestó sin titubear: «Hacerles leer todo Shakespeare». ¡Lógico! Eso son palabras mayores y Juego de tronos no es más que un sucedáneo de las tragedias históricas de Shakespeare espolvoreadas de Tolkien con un propósito comercial o, mejor dicho, populista. Pero aun así sigue funcionando la ficción y su fabuloso magnetismo sobre una realidad imantada que se llena de significados, proyectos, razones y energías. La importancia del «relato» en política opera, como se ve, en varios sentidos simultáneos.

Si queremos políticos (y periodistas, y ciudadanos) mejor preparados, pidamos, pues, que lean todo Shakespeare y a Dante y a Cervantes y, si son españoles, además los Episodios Nacionales. O series medio buenas, que también las hay, como Nobel o como One of Us o, ya tirando hacia arriba, Retorno a Brideshead Orgullo y prejuicio. Al final, la ficción manda, porque inspira el guión de cada espectador. Permítanme que haga a medias de Julián Marías y a medias de Súper Ratón y les recuerde a ustedes que no todo es estudiar excels de economía y de leer muy atentos las últimas noticias: «No olviden supervitaminarse y mineralizarse».

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