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El horror avanza

Las imágenes de Nigeria, de Siria, de Irak, de Sudán, de la India son cada día un poco más atroces. Secuestros, violaciones, asesinatos por parte de fanáticos religiosos o de rufianes de pueblo. Cadáveres expuestos en la plaza pública.

Las imágenes de Nigeria, de Siria, de Irak, de Sudán, de la India son cada día un poco más atroces. Secuestros, violaciones, asesinatos por parte de fanáticos religiosos o de rufianes de pueblo. Cadáveres expuestos en la plaza pública. Ayer, los tres chavales israelíes raptados y asesinados vilmente. El mal, un mal diabólico disfrazado a veces de guerra santa redentora, avanza por dos continentes con una virulencia que ya no recordábamos, como un retorno a los días más sangrientos del Congo o de Ruanda.

Lo de los suníes que tras arrasar Siria están arrasando Irak es, cuantitativamente al menos, lo peor: por donde pasan dejan un reguero de cadáveres. Se dice que acabarán obligando a Estados Unidos y a Irán a algún tipo de acuerdo, siquiera tácito, porque se trata de una genuina amenaza para todo Oriente Medio, quizá para toda Asia.

Algunos apuntan un dedo acusador hacia George Bush y lo culpan de este brutal brote de violencia desestabilizadora. Otros opinan que aquella invasión de Irak tan sólo ha retrasado en unos años un estallido al que estaban abocados los regímenes criminales de Asad y familia en Siria, de Sadam y familia en Irak: los frutos del baasismo. Y como Siria jamás fue ocupada por fuerzas occidentales, pero de allí es de donde sale esta última marabunta asesina, uno se barrunta que la segunda explicación es más plausible.

Para agravarlo todo, esta espiral ha pillado a Occidente apenas convaleciente de sus siete años de recesión severa y con menos ganas que nunca de meterse en otro avispero. Pero lo peor es un Barack Obama que, haciendo gran gala de que retiraba todas sus tropas y se desentendía de los países ocupados, ha dado el pistoletazo de salida a suníes de Irak y talibanes de Afganistán. Y, aunque él no hubiese ordenado aquellas invasiones, existía una responsabilidad nacional estadounidense que él ha preferido despreciar. En el pecado puede llevar ahora la penitencia.

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