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El idealista racional

Cuanto más mejoran las cosas, más frustración produce lo que queda por mejorar. El filósofo alemán Odo Marquard lo denomina la “ley de la importancia creciente de los restos”.  El verdadero progreso no produce entusiasmo: no es algo inmediato y suele ser invisible. A veces no llega a notarse a pesar de que se ha producido. Cuando llega ya se ha convertido en el “nuevo normal”, y el interés está en lo que falta por hacer, que suele ser mucho.

Obama es quizá el mejor líder político occidental en décadas. Algunos sostienen que ha sido el mejor presidente de la historia de Estados Unidos. Y sin embargo es un lugar común hablar sobre lo que no ha logrado. Su idealismo inicial y su intención de acabar con la división bipartidista eran naíf, pero pronto se convirtió en un líder que ha preferido el pragmatismo (suele usar una metáfora del gobierno como un transatlántico: no se pueden dar giros bruscos, pero un giro lento ya es un cambio de rumbo considerable) a la pureza ideológica. Lo que queda por hacer es mucho, desde Guantánamo a la paz en Oriente Medio. Lo que ha conseguido hacer es también mucho, pero no siempre ha sabido venderlo bien: Obamacare, la reducción del desempleo durante la mayor crisis económica desde los años treinta, una multitud de regulaciones medioambientales y financieras, la lucha contra el cambio climático y la apuesta por la ciencia y la innovación, la legalización del matrimonio homosexual, las negociaciones con Irán y con Cuba, el aumento del salario mínimo y la eliminación de la discriminación salarial, la reducción de la pobreza y la desigualdad.

Su pragmatismo no es cinismo, sino la aceptación de los límites. Su idea de la voluntad política no es la ingenua del idealista que impugna la realidad solo para tener razón y recuperar una supuesta dignidad perdida: como dice en su discurso de aceptación del Nobel de la Paz, “desear la paz [o el progreso, o cualquier avance] no suele ser suficiente para conseguirla”.

Obama es un presidente intelectual en la era del antiintelectualismo, un liberal en la época de la política identitaria y los nacionalismos, un izquierdista pragmático durante el ocaso de la socialdemocracia posibilista, un racionalista en una sociedad cada vez más posfactual, un político tecnócrata (en el mejor de los sentidos) que sabe combinar las políticas basadas en la evidencia con la creencia de que hay “verdades evidentes”, que la extensión de derechos y libertades no es algo debatible.

En un artículo en el Financial Times, el periodista Simon Kuper habla de la influencia de la antropología en la visión política de Obama (la madre de Obama era una antropóloga que pasó muchos años en Indonesia). Kuper piensa que su tolerancia, su mirada sin prejuicios y su empatía son rasgos de un buen antropólogo. Obama ha hecho discursos sobre el “excepcionalismo americano” y la grandeza de Estados Unidos, pero mira a su país como un extranjero, y hace política desde “fuera”: es un desarraigado, un cosmopolita que no se deja llevar por el esencialismo y que defiende valores universales, un idealista que ha podido realmente cambiar las cosas.

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