Gregorio Luri

El olvido del don

«Podría decir que el mayor don es recibir la vida, pero no sé si se me entendería, dado que estamos muy desganados a la hora de transmitirla»

Opinión

El olvido del don
Foto: Raffy John Jimenez
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

Aunque me gusta tratar a la gente de usted, aunque sólo sea por incordiar, este artículo no va del «don» que, viniendo del «dominus» latino es un tratamiento de respeto que se antepone a los nombres de pila; sino del «don» que, viniendo de “donum”, es una dádiva o un regalo que complacientemente le hacemos a otro. Pretendo también reivindicar a la gran Chantal Delsol, que ha hecho de la revalorización del don uno de los elementos centrales de su filosofía.

Podría comenzar diciendo que el mayor don de cuantos podamos recibir es la vida, pero no sé si se me entendería, dado que hoy parecemos muy desganados a la hora de transmitirla. Hay que calibrar muy bien la sensibilidad de la audiencia antes de atreverse a defender que un hijo es un don. Sé, por experiencia, que hay quien se toma estas palabras muy a pecho.

Me voy a limitar a hablar, pues, de los dones que nos concedemos mutuamente, porque, sea lo que sea la dignidad, es indisociable de la generosidad del dar y del agradecimiento del recibir, que es la forma elemental de la contra-donación.

Al recibir un don sentimos, de alguna forma, incrementado nuestro valor, porque vemos en los ojos de quien nos lo entrega un acto de reconocimiento de nuestra dignidad que, para afirmarse cabalmente, exige una correspondencia. En nombre de la dignidad que me reconoces, te entrego yo también un don como retorno, reconociendo la tuya. El don, en este sentido, es una manifestación de la copertenencia. Manifiesta tanto una manera de vincularnos como la posibilidad de crear y estrechar vínculos.

Mientras damos y recibimos dones, vamos descubriendo la importancia de la copertenencia en un mundo digno. Las posibilidades de ambas cosas, de la copertenencia y de la dignidad, son, en sí mismas, dones de cuya salud somos responsables.

Chantal Delsol, partiendo de esta constatación, se pregunta qué es lo que ocurre cuando eliminamos el don e intentamos reemplazarlo por otra cosa. No pretende hacer política-ficción, sino describir lo ya acaecido en la llamada «sociedad del bienestar»,  que ha conseguido sustituir el rostro del donante por la frialdad de la ventanilla, sustituyendo así la conciencia del don por la de una prestación que no exige ningún tipo de correspondencia (de contra-don).

El estado de bienestar se basa enteramente en una redistribución de la propiedad organizada de forma anónima. El deudor, el que recibe los subsidios, puede ser remotamente consciente de que alguien tiene que pagar sus impuestos para que él reciba un servicio público, pero nunca lo conocerá y, de hecho, ni se le pasa por la cabeza la posibilidad de conocerlo.

Todo se organiza para que el donante y el receptor se ignoren mutuamente. La consecuencia de esta ignorancia es la desaparición del vínculo que obligaría al receptor. Por eso cuando el donante se empeña en mostrar su rostro -pongamos el caso de Amancio Ortega- hay personas que reaccionan enfurecidas como si hubiera roto las reglas de juego. El rostro del donante tiene algo de provocador, porque nos interpela al recordarnos el sentimiento de deuda vinculante.

Parece, pues, que el anonimato del donante es necesario para que el receptor sienta que no está obligado a nada. Más aún, que considere que recibir una prestación social como un don es humillarlo. Para él se trata de un derecho que no exige ninguna contraprestación.

El estado benefactor produce así una sociedad privada de miradas y palabras.

El receptor no recibe más que lo que se le debe y el donante da lo máximo que la fiscalidad le obliga. Y punto.

En la sociedad del bienestar el individuo no le debe nada a nadie, pero el Estado nos debe todo a todos, siendo un omnipotente deudor. Toda carencia se ve como expresión de una deuda que aún no ha sido reconocida por el deudor.

No se trata de renunciar a la justicia distributiva, sino de no concebir el Estado meramente como un hotel en el que tengo derecho a ser bien atendido sin exigirme ninguna correspondencia.

Mi mujer, que lee lo que voy escribiendo por encima de mi hombro, me dice al terminar: «¡Parece que estás reivindicando la caridad!» «Sí, en parte sí», le respondo, «porque una solidaridad sin caridad, no es más que un frío mecanismo social».

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