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El plató de La Moncloa

"Sánchez se reúne con quien haga falta e incluso visita fábricas pese a estar rodeados de positivos, pero los periodistas no pueden preguntarle cuando se viste de Churchill"

Foto: J.M. Cuadrado | Pool Moncloa

Nos vienen contando los periódicos estos días que cada país contabiliza los muertos por coronavirus a su manera, y ninguno lo está haciendo bien. En España, cuando aún nos quedan al menos tres semanas para que nos dejen salir de casa, van más de doce mil, y podrían ser muchos más, puesto que solo están anotando los que han dado positivo. Si el 15 por ciento de los españoles se han contagiado, como dice el Imperial College, es evidente que no nos están contando toda la verdad. El presidente Sánchez siempre dice que hay que estar preparado para estos tiempos difíciles, pero hacernos creer que el número de contagiados son 150.000 y no 7 millones lo hace más digerible.

Escribe George Packer en ‘Nuestro hombre’ que Carter, a diferencia de sus predecesores, juró que él nunca mentiría al pueblo estadounidense: “Y puede decirse que cumplió con su palabra. El pueblo estadounidense, empero, lo rechazó por ello. Fue el último presidente en cometer semejante error”. En paralelo a la lucha contra la expansión de la pandemia hay otra que al Gobierno le importa tanto o más, la de la propaganda.

Con el secretario de Estado, Miguel Ángel Oliver, han convertido el Palacio de la Moncloa en un efectivo plató de televisión para transmitir de manera machacona el argumentario del Ejecutivo: estamos llegando al pico, las mascarillas y los test rápidos llegarán en los próximos días, el Gobierno no dejará tirado a los más vulnerables, solo hemos puesto a hibernar la economía, este virus lo paramos unidos… Retórica, palabras huecas. El Gobierno embarra y oscurece la prosa para que los errores sean menos evidentes.

La Moncloa es un plató de televisión porque desde la sala de prensa, Oliver, que durante tantos años presentó las noticias en televisión, ha organizado hasta tres ediciones los “informativos del coronavirus”. En la primera salen los responsables técnicos de la inteligencia española, e incluye hasta conexiones en directo con el inteligente mayor, Fernando Simón, que desde su cuarentena domiciliaria tras haber dado positivo cambia cada día de criterio.

Suele haber otras dos comparecencias en las que salen los ministros a pares. Unas veces es Ábalos, cada vez más soberbio e hinchado, quien bromea con que él, el 8-M, estuvo en la Mascletá, y los periodistas no le preguntan por ello. (El 8 de marzo el Gobierno reconocía 589 contagiados y 13 muertos y el virus empezaba a salir de Madrid). Otras veces es Yolanda Díaz quien se pone sus gafas hípsters para ser la más lista de la clase. Pero en todos los casos faltan los periodistas.

Los reporteros de televisión se pasan el día conectando en directo desde la puerta de La Moncloa, pero no les dejan entrar por el riesgo de contagio. Sánchez se reúne con quien haga falta e incluso visita fábricas pese a estar rodeados de positivos, pero los periodistas no pueden preguntarle cuando se viste de Churchill, manteniendo las distancias, o entrando por videoconferencia, como sí permiten otros líderes políticos.

A Oliver solo le vale un sistema por el que primero lee las preguntas que le envían por WhatsApp y luego decide cuáles formula. Y si todos los periodistas que cubren de manera habitual la información de Moncloa se ponen de acuerdo en pedirle que cambie de método, él lee la pregunta de La Buena Onda.

La información es un derecho fundamental y, en tiempos excepcionales, con el Parlamento a medio gas y la oposición obligada a mantenerse leal, debe garantizarse con más celo que nunca. Si Sánchez quiere emular a Churchill, que empiece por abandonar el plasma.

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