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El silencio de Frank Underwood

Frank Underwood, ya presidente de los Estados Unidos, hace una visita a la tumba de su padre. “Yo no estaría aquí, si tuviera opción, pero ahora tengo que hacer este tipo de cosas. Me hacen parecer más humano”. Una figura que recibe atención constante pide a todo su séquito que le dejen en una estricta soledad. Suelta uno de esos soliloquios en los que se refocila en su sincerísimo cinismo y, mientras, orina sobre la lápida. Un fotógrafo, que seguramente tiene en la cabeza la imagen que quiere captar de la lápida, le pide a uno de sus hombres que le deje trabajar, y éste le responde: “Quiere privacidad. El hombre está prestando sus respetos a su padre, por Dios”.

Lo que ocurriese en la intimidad de esa tumba queda para la sima de recuerdos que maneja el personaje. Otro político, este del mundo real, ha visitado una factoría de cadáveres, situada en Auschwitz, Polonia. Hay mucho que decir a partir de la visita del Papa Francisco. El imparable declinar del cristianismo desde el siglo XVIII en Europa ha dejado un vacío que ha sido ocupado por otras religiones, falsas, como son el socialismo y el nacionalismo. Y la siniestra unión de las dos, en la Alemania de los años 30′, desembocó, entre otros crímenes, en los que se cometieron en Auschwitz.

Pero no es eso lo que me llama la atención, ni el hecho de que se sorprenda de que la crueldad no haya concluido en Auschwitz, ni que se haya impregnado del espíritu de la época pidiendo que haya “una nueva humanidad”. Me llama la atención que los medios han destacado que recorrió los barracones en silencio. ¡En silencio! ¡Como si las cámaras que le grababan y han reproducido su imagen por todo el orbe no hablasen! No, Santo Padre. En silencio estaba Frank Underwood.

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