The Objective
Javier Rioyo

Filibusteros y sátrapas

«Ya no hace falta justificar las intervenciones en Iberoamérica, no hay que invocar al peligro del comunismo. Todo vale para el nuevo desorden mundial»

El verso suelto
Filibusteros y sátrapas

Retrato de Simon Bolívar.

«Allá; muevan feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra;

que yo aquí tengo por mío cuanto abarca el mar bravío,

a quien nadie impuso leyes»

José de Espronceda

Me gustaría saber insultar como mi capitán Haddock, descargarme contra esos ornitorrincos, cercopitecos, zopencos y bebedores sin sed que ocupan nuestras portadas, interfieren en nuestras vidas y desequilibran nuestro mundo. Esos que roban, mienten, amenazan, tensan y nos hacen perder nuestro derecho a la pereza, al ocio y a los placeres de poder vivir en algún lugar sin filibusteros ni sátrapas. ¡Rayos y truenos!, no tenemos esa suerte.

Gobiernan matones, piratas, pícaros, falsos buenos, vendedores de alfombras o de petróleo. Da igual el lugar, la época, la tierra o los mares. No siempre, no todos, ni en cualquier momento es fácil vivir en esos mundos libres de amenazas dónde encontrar aquellos territorios deseados de adolescencia: nuestros mares del sur, nuestra isla del tesoro, nuestro Moulinsart, nuestros piratas buenos, nuestros cantos de la navegación, nuestro Capitán Flint, nuestro loro y nuestra taberna. Nunca fueron nuestros, pero nunca nos dejaron.

Yo leí y admiré a nuestros pícaros, recorrí las orillas de sus ríos, conocí los maleantes del patio de Monipodio, acompañé a hampones y buscavidas, entendí el lenguaje de germanía, fui por ventas y posadas, fui Rinconete, fui Cortadillo. Salí de Alcalá para Segovia y paré en Madrid con el buscón llamado Pablos. También fui Guzmán de Alfarache y capaz de ser feliz entre aquella buena gente, aquella tropa de supervivientes pobres y soñadores, de engañadores o generosos. Fui de aquellos que escuchaban admirados a los contadores de vidas no ejemplares.

Y me sumé a esa ordenanza mendicativa de Guzmán: «Que los pobres de cada nación, especialmente en sus tierras, tengan tabernas y bodegones conocidos, donde presidan de ordinario tres o cuatro de los más ancianos, con sus báculos en las manos, los cuales diputamos para que allí dentro traten de todas las cosas y casos que sucedieren, den sus pareceres y jueguen al rentoy, pueden contar y cuenten hazañas ajenas y suyas de sus antepasados y las guerras en que no sirvieron, con que puedan entretenerse… permitámosle que puedan desayunarse las mañanas echando tajada… con tal que olor de boca se repare, y no se vaya por las calles y casas jugando de punta de ajo, tajo de puerro, estocada de jarro… que ninguno se atreva a hacer embelecos, levante alhaja ni ayude a mudar ni trastear…». Muchas veces mi imaginación se fue con aquellas fugas. También con otras de mejor vida tintinesca, más agradable y moderna que la de picaresca.

Mundos lejos de nuestras realidades esperpénticas, espejos de callejones de Gato, de nuestra realidad donde las pesadillas se aparecen en el espejo de las informaciones, en las imágenes de las televisiones. Filibusteros y sátrapas contemporáneos gobiernan estos nuestros mundos. Y nos hacen viajar de Málaga a Malagón.

«Ese autoritario llamado el Libertador, murió de tuberculosis a los 47 años. Su mito, muy lejos de su realidad, comenzó a crecer»

Por ejemplo, tener que soportar la entronización de un personaje como Simón Bolívar, autoritario y absolutista, propulsor de presidencialismo vitalicio y dotado de poderes para nombrar a su sucesor, enemigo de que el pueblo se expresara en elecciones y poco partidario de constituciones que no estuvieran al servicio de su imagen y semejanza, de sus intereses. Asegura Muñoz Machado, en su esencial libro para entender lo que está pasando en nuestro convulso mundo: La democracia en Hispanoamérica, que Bolívar «creía que el peligro de inestabilidad política no provenía solo del populacho —si bien su ignorancia, inexperiencia y heterogeneidad racial, ya los hacía bastante peligrosos—, sino también de la élite, cuyo egoísmo y sectarismo la convertía en una fuerza extremadamente subversiva que solo podría ser contenida por un régimen paternalista, un poder ejecutivo fuerte que no tuviera que enfrentarse a elecciones frecuentes».

Ese era el modelo Bolívar, su fallida Constitución del 1826 que no fue aceptada en Venezuela, ni Colombia, ni Perú. En la dictadura de Bolívar, las revueltas de parte de la población, y sobre todo un grupo de jóvenes que asaltaron el Palacio de la Presidencia, provocaron su precipitada huida saltando por una ventana y ocultándose bajo un puente en compañía y ayuda de su compañera Manuelita Sáez. Volvió, se vengó, los conspiradores fueron condenados a muerte y ejecutados. A los dos años, ese autoritario llamado el Libertador, murió de tuberculosis a los 47 años. Su mito, muy lejos de su realidad, comenzó a crecer. Aun así, debemos recordar que Bolívar era un déspota ilustrado, amigo de Blanco White y algún tiempo de Andrés Bello.

Nada que ver con los sucesores de su legado bolivariano. Déspotas sin ilustración, sin cultura, sin verdadera constitución y con elecciones fraudulentas. No hubieran pasado el control de aquel intento de propuesta formadora de líderes que pretendió crear escuelas de formación para los que ocuparan cargos de responsabilidad política. Ni los bolivarianos de ayer, ni los de hoy, ni sus allegados de ambos mares, hoy podrían conseguir buenas notas en esa escuela de formación para políticos. Aunque nunca se sabe, hay catedráticos, servidores y mandatarios que quizá tampoco hoy pasarían aquellos exámenes. Mucha vida golfa, poco trabajo. Ya lo dijo su desconocido, aunque abusado, Carlos Marx: «La historia se repite, primero como tragedia y después como farsa».

Estamos en plena farsa, lo que no descarta la tragedia. Farsa y tragedia que fueron creciendo a la sombra de Hugo Chávez, ese lenguaraz —¡«Por qué no te callas!», le dijo en público el rey Juan Carlos– castrista, con un socialismo de nuevo/viejo cuño que apelaba a Cristo y reinventaba el espíritu de Bolívar. Un Chávez que apelaba de boquilla a la «democracia revolucionaria, la fraternidad, en el amor, en la libertad y la igualdad». Embaucó a las masas populares, expulsó la democracia, se alió con los enemigos de Occidente, persiguió a los demócratas y liberales, permitió negocios con el «socialismo zapaterista», encarceló a la oposición y aumentó la decadencia y el exilio de uno de los países con más recursos de América Latina.

«Un conductor de autobuses que descarriló el país, condenó al silencio, la cárcel y el exilio a cualquier oposición: Nicolás Maduro»

Dictador de aldea que designó como sucesor a un bailongo gritón, un gigantón físico y enano cultural y político. Un conductor de autobuses que descarriló el país, condenó al silencio, la cárcel y el exilio a cualquier oposición: Nicolás Maduro. Filibustero y sátrapa, mantenedor de los peores representantes españoles de la nueva izquierda, amigo del socialismo del pelotazo con su compadre Zapatero y de sus defensores en lo que queda de España.

También contó con la cercanía del viejo gauchismo franco español representado por el periodista y gran propagandista del castrismo, el chavismo y el madurismo llamado Ignacio Ramonet. El mismo que convirtió Le Monde Diplomatique en  una hoja parroquial de la izquierda ciega, intransigente y manipuladora. Con Maduro hasta la muerte, pero ni un paso más. Que ya no estamos en edades de cárceles neoyorquinas. Firme en su defensa de la continuidad de Maduro y la sucesora, esa maleable comunista de oscuros viajes, negocios sospechosos y traiciones en la madrugada, llamada Delcy  Rodríguez. Y la farsa continúa.

Los populismos se tocan, los negocios les guían y son capaces de pactar con el mayor sátrapa, el gran filibustero que se apropió con la ayuda de la CIA del país y su petróleo. No bastaba la doctrina Monroe, ni el corolario Roosevelt, con él llegaba el gran circo americano con el payaso de las bofetadas de gran estrella. Mucha sobreactuación pero mucho cálculo. Ya no hace falta justificar las intervenciones directas en Iberoamérica, no hay que invocar al peligro del comunismo en el hemisferio occidental. A Donald Trump le da igual el socialismo mangante o el comunismo caribeño. Le dan igual Dios y el Diablo, todo vale para el nuevo desorden mundial. Y así estamos.

Pronto se acabó la fiesta, el alivio y la inocente esperanza que nos habitó cuando el pasado sábado nos despertamos con la alegría de la captura de un dictador, aunque no dejáramos de inquietarnos y preocuparnos por las formas, los modos y las amenazas que el método Trump representaba. Quisimos creer que alguna vez el fin puede justificar los medios. Nos engañamos. La alegría duró menos que un hielo en un whisky on the rocks, menos que un roscón de reyes. Nos quedamos como zombis. Como aquellos que cantaban aquellos compartidos deseos de escapar en busca del amor en Groenlandia, en los anillos de Saturno, los cráteres de Marte, la isla de Pascua, el Perú, Cuba o el Ampurdán.

Todo lo cederemos, venderemos, rendiremos. Todo porque algunos mantienen el poder por asalto, por el engaño o por un puñado de votos. Solo me queda el cabreo, las ganas de tomar una copa y de seguir insultando al estilo de mi compadre Haddock. Rayos y centellas, mil escotillas. Y que ya no me busquen en Groenlandia. ¡Mille sabords!

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