Andrea Fernández Benéitez

En Japón la soledad ya es asunto de Estado

«Hace no mucho empecé a darle vueltas a cuáles eran las condiciones materiales que me llevaban a poder disfrutar de estar sola y las más importantes eran la salud y el equilibrio vital»

Opinión

En Japón la soledad ya es asunto de Estado
Foto: Ismail Hamzah| Unsplash

Una de las cosas que la vida te enseña es que la soledad deseada es uno de los mayores placeres que existen. Estar sola permite pensar, reflexionar, imaginar, leer, estudiar… Cuando aprendes a tolerar tu propia y única compañía accedes a una dimensión de la existencia autónoma y plena que es, sin duda, feliz. Personalmente, adoro la soledad. La adoro y la elijo como forma de vida.

No obstante, hace no mucho empecé a darle vueltas a cuáles eran las condiciones materiales que me llevaban a poder disfrutar de estar sola y las más importantes eran la salud y el equilibrio vital.

La soledad es una opción, sobre todo, cuando eres joven y estás fuerte. Honestamente, creo que nadie la quiere cerca cuando se siente vulnerable; y esto tiene mucho que ver con estar enfermo o ser vieja. En esas circunstancias la soledad debe ser el peor de los escenarios posibles: elegir la soledad como estilo de vida es muy distinto a estar condenado al aislamiento que provoca la debilidad o la falta de compañía deseada. Expongo todo esto porque me resulta especialmente llamativo que en la época de la hiperconectividad nos sintamos, por lo general, especialmente solos. Quizás esto tiene que ver con que la comunicación sin comunidad no es más que un mero intercambio. Probablemente también esté relacionado con que las experiencias y los estímulos inmediatos con los que colmamos con frecuencia nuestras necesidades de interacción -por ejemplo, a través de redes sociales-  no son más que formas superficiales de darnos un placer efímero y menos profundo de lo que realmente necesitamos como seres sociales.

Evidentemente, nos movemos en un contexto marcado por el capitalismo donde las lógicas productivas y de consumo se han antepuesto a las redes de afecto incluso en nuestra propia escala de valores. Los modelos de familia han cambiado -por suerte-, sin embargo, esto nos ha conducido a un individualismo que nos permite aceptar el abandono emocional del otro, especialmente cuando sus circunstancias son incompatibles con el ritmo de vida actual. Es bueno que nos relacionemos fuera de los márgenes de la familia tradicional, que construyamos amor donde nos sintamos cómodos y felices, que no nos atemos a modelos únicos, claro que sí. No obstante, esto no puede ser incompatible con el sostenimiento de redes que nos unan y nos permitan vivir en comunidad. También es importante apuntar que de ello depende la existencia de la democracia en sí misma: el respeto, la convivencia o el reconocimiento del otro exigen de contacto, rituales y espacios comunes.

En España, más de cinco millones de personas viven solas, de las cuales aproximadamente la mitad son mayores de sesenta y cinco años. Como decía al inicio de este texto, somos muchas las que elegimos la soledad, y está bien. Sin embargo, no son pocas tampoco las que se ven abocadas a ella, con la exclusión y el abandono que ello conlleva. Es muy difícil hacer de la soledad un problema político, pero es necesario. Debemos abordar la soledad desde su vertiente estructural, ir a las raíces de estos nuevos esquemas sociales y atajar este fenómeno. Me atrevo a afirmar que una vida basada en la cercanía de la familia tradicional no es, ni de lejos, una solución, pero sí lo es repensar nuestro modelo de comunidad, nuestro sistema asistencial, laboral y sanitario. También ético. Se trata de un debate que debe trascender lo privado o lo anecdótico, porque no lo es.

Mientras escribo esto, Reino Unido o Japón ya le han dado a la soledad rango ministerial.

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