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En la crisis, dame algo que hacer

"Las crisis nos desestabilizan y si no tenemos un papel activo, nos ponen a pensar en mil posibilidades nefastas, dando paso al miedo y a la palabrería"

Foto: Rodrigo Jimenez | EFE Fototeca

Cuando hay una crisis, dame algo que hacer. Ese podía ser el lema de muchas personas. Quizá de todas, porque las crisis nos desestabilizan y si no tenemos un papel activo, nos ponen a pensar en mil posibilidades nefastas, dando paso al miedo y a la palabrería. Cuando el miedo agarra de la garganta, se nos disparan los síntomas de coronavirus y del ataque de pánico y los propios terrores nos raspan la garganta hasta cuando no hemos cogido ni siquiera el catarro común. Si no hay nada que hacer, la cabeza sale por peteneras y escucha todo tipo de informaciones y desinformaciones en las tertulias televisivas, en los programas de sucesos, en cualquier sitio diseñado para el sensacionalismo y no para producir tranquilidad.

La mayor crisis que yo he tenido en mi vida no fue cuando a mi marido le diagnosticaron el cáncer. No fue la peor crisis, porque en ese momento aún vivíamos en la etapa de la negación. El cáncer era real, eso no lo negaba la razón, pero el médico dijo que era superable y el pronóstico era bueno. A ese escenario nos agarramos como clavo ardiendo, aliviados y con miedo. En contra de lo que mucha gente piensa, el miedo te hace agarrarte casi siempre a lo mejor, no a lo peor, y esto es un poco lo que está pasando con las noticias de la pandemia. “Si tanta gente muere de gripe normal, no sé por qué nos rasgamos las vestiduras con esto”, son las frases que escuchamos cada cinco minutos.

Hay que entender que todos vamos detrás de los médicos en la información. Ellos dan sus diagnósticos y pronósticos en presente, de forma científica, y para no alterar a sus pacientes ni meter la pata con futuribles, basan lo que dicen en las pruebas que tienen delante. Si el escáner no muestra metástasis, no hay metástasis. Si la hay en seis meses, cambia el pronóstico y cambia el protocolo y pasamos a la urgencia.

La mayor crisis que yo sufrí en mi vida, volviendo a mi parábola, es cuando cambiaron los signos de mejoría tras el tratamiento inicial. Tras la radioterapia curativa, cierto antígeno debería haber descendido a cero al cabo de un mes. En cambio, subió a 14. La incertidumbre, el miedo, el terror, se apoderaron de mí y tuve un ataque de pánico. Supe en ese momento lo peor y perdí completamente los papeles. Me juré que sería el primero y el último ataque de histeria porque nunca he sentido mayor impotencia y debilidad ni tan terrible sensación de desesperación. Empecé a llorar desde un lugar desconocido, como no he vuelto a llorar jamás, un lugar de desesperación irracional, visceral. Quizá mi cuerpo sabía que esa cifra: 14, era una sentencia de muerte. Lo era. Claro que lo sabía.

El propio enfermo tuvo que abrazarme y calmarme, ignorando lo que aquello significaba y yo no podía dejar de gemir, sin oxígeno, entre lágrimas, sin fuerzas en las piernas y en el alma. Nunca he sido una persona miedosa, ni me había derrumbado jamás. Me consideraba fuerte e inteligente y perdí la razón durante veinte minutos. Pero todo cambió al día siguiente. Me di a mí misma algo que hacer, gestionar aquella crisis de la mejor manera posible, con información y disciplina. El oncólogo me explicó que para poder coordinar el tratamiento más acertado mi marido necesitaba hacerse un escáner PET con colina y solo había uno en toda España. En la clínica de Navarra. Llamé a Navarra pero su escáner estaba estropeado. Me dijeron que ya me llamarían cuando lo arreglasen, pero cada semana me llamaban para decir que seguía estropeado.

Los hados me dieron algo que hacer. Llamé a la Asociación española contra el cáncer. Ellos no podían ayudar, pero me dieron un listado de todos los centros de radiodiagnóstico de España y empecé por llamar a las ciudades más importantes en busca de otro PET-colina. En Sevilla hablé con una mujer encantadora que me dijo que creía que el Hospital del Mar de Barcelona podía tener Pet-colina. Así era. Mi marido tuvo su PET al fin, que confirmó el diagnóstico de metástasis, nos sacó de la incertidumbre y activó el tratamiento adecuado. Yo aproveché para darle la información a su oncólogo de que había otros centros con PET-colina en España y otros pacientes se beneficiaron de ese “algo que hacer” que me dio la máquina rota de Navarra. Desde ese momento, me empeñé siempre en tener algo que hacer. En ser motor de la acción, tirar del carro y no dejar mi miedo al arbitrio del siguiente análisis y un número ascendente o descendente que dominaba nuestros terrores reprimidos.

Esa fue mi mayor crisis y todas las demás crisis las he afrontado sabiendo esto: primero hay un estado de negación, en el que se minimiza lo que sucede, se agarra uno a que todo va a salir bien, se buscan culpables, se escabulle uno de las responsabilidades sin ser consciente de ello. Después, te ataca la crisis y nace el miedo, el miedo profundo, pero más adelante, se reacciona y hay que reaccionar bien. Si no se puede ayudar, lo mejor es obedecer sin miramientos. Hay muchas cosas que se pueden hacer: ponerse al servicio de los demás, apoyar a aquellos que lo necesitan, seguir a rajatabla los consejos de los médicos y de los expertos en sanidad.

Saber que hay una crisis y aceptarla como tal es el primer paso para poderla solucionar. Por suerte, no somos los primeros en recibir al virus. Tenemos una de las mejores sanidades del mundo. Tenemos la primavera y el sol a la vuelta de la esquina y nos han dado algo que hacer: aislarnos lo más posible dentro de la normalidad, no ir a reuniones innecesarias, no besarnos para saludarnos, no darnos la paz con la mano en la iglesia, y ya puestos, no ir ni a la iglesia, ni a cantar al coro, ni a la reunión de la comunidad de vecinos, ni a nada que no sea estrictamente imprescindible. Hay que dejar más distancia de seguridad, tenemos que lavarnos las manos, desinfectar con alcohol al volver a casa del trabajo. Todos tenemos algo que hacer para minimizar el riesgo de colapsar centros de salud y hospitales y fastidiar las cosas a lo grande porque “no nos creemos lo que está pasando”. Hemos pasado por la negación, hemos pasado por el pánico, recompongámonos y actuemos en aquello que sí podemos hacer, convencidos de que es, como mínimo, mucho mejor que ponerse a llorar sembrando el pánico y estorbando a los demás.

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