Juan Manuel Bellver

Explorando el mueble bar (con Jack Lemmon)

"Con el elocuente Lemmon y su tendencia natural a la mueca, la hipocondría y  la sobreactuación, tendríamos un compañero de cautiverio tan divertido y gesticulante como pulcro y casi sibarita"

Opinión

Explorando el mueble bar (con Jack Lemmon)
Foto: Nick Ut

Mel Edison es un tipo casado, de clase media y mediana edad, que vive una existencia anodina en una gran ciudad occidental. Un día, se queda sin trabajo y los problemas se multiplican: a la sensación de angustia y vacío que le produce su incierto futuro laboral se unen las peleas con los vecinos, las discusiones conyugales, una ola de calor estival… ¿Les suena? Es el argumento de El prisionero de la Segunda Avenida, infravalorada tragicomedia de Neil Simon que fue llevada con bastante éxito primero a los teatros del Broadway y luego a la gran pantalla en 1975, con Jack Lemmon y Anne Bancroft como espléndida pareja protagonista.

 Ya es oficial que en España, por culpa de la pandemia, hemos superado el mes pasado los 3,5 millones de parados. Y eso sin contar a los afectados por los 374.150 Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) presentados por las empresas hasta este viernes 3, que podría sumar fácilmente 1,8 millones más de ciudadanos actualmente sin ocupación. Y aunque aquí no sufrimos la insoportable canícula veraniega que saca de sus casillas a Edison/Lemmon durante el filme de Melvin Frank, convirtiéndole en un individuo estresado, irascible y desequilibrado, no hay que desdeñar tampoco los efectos nefastos que provocan en la población tres semanas seguidas de cuarentena y encierro hogareño, incluidos telediarios dignos de un relato orwelliano, histriónicas caceroladas e himnos casposos teóricamente reivindicativos, desde Resistiré hasta Viva España.

Con la No-Semana Santa a la vuelta de la esquina y 96 horas seguidas de ocio extremo en perspectiva, las vicisitudes del Prisionero de la Segunda Avenida se nos antojan una de esas amables sucesiones de gags más o menos sentimentales que llevaron al gran Neil Simon a ser candidato a cuatro Oscar de la Academia –sin ganar ninguno–, por obras estupendas como La extraña parejaDescalzos en el parque o La chica del adiós.

 Si se han preocupado ustedes de suscribirse, como yo, a la mayoría de plataformas de cine y series, sepan que las películas con guión de Neil Simon sería una buena opción para soportar estas largas jornadas de inactividad impuesta que nos aguardan, si no fuera por que Yomvi, Netflix, HBO y Amazon Prime le ignoran cordialmente. Como premio de consolación está la opción Jack Lemmon, con una decena de títulos en Filmin, destacando especialmente –pero no sólo– los que rodó a las órdenes de Billy Wilder.

Con el elocuente Lemmon y su tendencia natural a la mueca, la hipocondría y  la sobreactuación, tendríamos un compañero de cautiverio tan divertido y gesticulante como pulcro y casi sibarita. Un espejo histriónico en el que contemplar nuestras propias inseguridades y –crecientes– salidas de tiesto, para reírnos al instante de las mismas y pensar en asuntos más gratos. En su (imaginaria) compañía, recorro los rincones de mi casa buscando descubrir entre los libros o los discos esa obra olvidada que compramos un día tontamente o que algún despistado nos regaló y que jamás volvimos a abrir.

¿Es este el momento idóneo para leer los poemas breves de Ezra Pound, escuchar el Concierto de Colonia de Keith Jarrett o visionar completo el Decálogo de Kieslowski? No crean que es broma, uno nunca deja de sorprenderse con las cosas que albergan las propias estanterías. ¿Cómo llegaron hasta allí? ¿Quién las trajo? Poco importa.

Como el fantasma de Humphrey Bogart que se le aparece a Woody Allen en Sueños de un seductor, la imagen gesiculante de un Lemmon perfectamente trajeado y con pajarita se me aparece indicando que busque en otro sitio. ¿Pero dónde? ¿En la cocina? ¿En la terraza? ¿Es hora de aprender a hacer torrijas o a cuidar tulipanes? ¡Quiá!

 Y en estas llegamos al mueble bar, para satisfacción de nuestro ficticio mentor, que sonríe y se frota las manos en señal de aprobación. ¡Vaya! Hacía tiempo que no exploraba esta zona del salón-comedor. Seguro que aparecen tesoros.

Para quienes no sean duchos en la evolución del mobiliario del siglo XX, este tipo de armarios, de estilo mayormente art decó, se pusieron de moda en Europa en los años 20 y en los Estados Unidos tras el fin de la Ley Seca para guardar en casa los licores, como cuenta el historiador del diseño Fausto Sánchez-Cascado. Ébano, caoba, nogal, sicomoro u otras maderas nobles, puertas dobles, espejos, baldas de cristal, bandejas de latón, remates lacados o dorados, luz interior, cristalería tallada, medidores, sacacorchos, cocteleras y vasos mezcladores. Toda casa que presumiera de cosmopolita debía imperativamente poseer un mueble bar bien completo, cuando no una pequeña barra de bar con taburetes en una esquina del salón.

La tendencia no se contagió a nuestro país hasta los años del desarrollismo, bajo forma de feos muebles de formica o –aún peor– de un simpático carrito heredero de las mesas auxiliares con ruedas victorianas y bautizado como camarera, que funcionaba a la vez como contenedor y expositor de las bebidas. Y la democratización absoluta llegó cuando los fabricantes de muebles setenteros decidieron que quedaba muy bien estructurar la gran estantería del salón –que todo piso burgués debía albergar– en torno a dos huecos cuadrados situados en paralelo a media altura: el destinado a la televisión y un espacio de idéntico tamaño consagrado a los destilados, con puerta de apertura abatible debidamente provista de llave para alejar las botellas de la curiosidad infantil.   

Todos aquellos envases de vidrio tallado o tintado, con formas caprichosas y tamaños diversos, alambicadas etiquetas y nombres extranjerizantes eran para nuestra mirada infantil el símbolo de la más alta sofisticación del alterne adulto, como esos coches descapotables o esas boquillas que gastaban las espías en las películas de 007. Pronto adivinamos el lugar donde se guardaba la llave para descubrir, en una rápida incursión secreta, que esos brebajes de alto octanaje no estaban hechos (de momento) para nosotros.

Aunque el mueble bar como objeto decorativo de utilidad innegable ha entrado en decadencia con el cambio de milenio, debido a la creciente reducción del espacio de las viviendas, yo sigo resistiéndome a guardar las bebidas en la cocina o el despacho, como tantos indocumentados. Todavía me siento apegado a ese antiguo armario de partituras de mi abuela materna que hice reformar hace décadas para poder colocar en posición vertical mi botillería predilecta.

Claro que, al igual que pasa con los libros, discos o DVDs, el contenido total de un mueble bar razonablemente nutrido siempre escapa al control del propietario, toda vez que se hayan organizado en la casa las suficientes cenas gastronómicas o fiestas mundanas. ¿De dónde ha salido ese licor de hierbas ibicencas si dicho mejunje ya me pareció abominable cuando visité por primera vez la isla? ¿Y esa miniatura de resolí conquense cuyo envase imita la arquitectura de las Casa Colgantes? ¿Quién demonios se tomó semejante licencia?

Jack Lemmon se desternilla a lo lejos señalando ostensiblemente una antigua coctelera con la plata algo oscurecida por la falta de uso y de mantenimiento. ¡Pues no es mala idea aprovechar este periodo de involuntaria misantropía para recuperar el noble arte de las combinaciones! Habiendo en casa limones, azúcar, refrescos, agua de soda y hielo, el abanico de posibilidades es inmenso.

Con ese vermut Noilly Prat blanco seco, podríamos acaso recuperar la buena costumbre del Martini Dry antes de cenar; pero quizá sería mejor, en defensa de nuestro hígado –que la cuarentena va a ser larga–, emplearlo para aromatizar una rica bullabesa. Con el pisco de quebranta que nos trajo un chef limeño amigo trataremos de recordar nuestra particular versión del pisco sour granizado, con un imprescindible toque de jengibre rallado.

¿El calvados? Si no es viejísimo, valdrá para regar unas buenas manzanas reinetas al horno. ¿Un tequila blanco? A ver cómo era aquel postre que me enseñaron en Guanajuato con gelatina, frutas exóticas y almendras… Queda un fondo de oporto LBV: elijan entre mousse de chocolate negro y nueces o ensalada de granadas y melón de Cantaloupe.

¿Pero es que vas a desperdiciar esa rica variedad de tragos en recetitas de foodie iletrado?, se preguntarán algunos lectores sensatos y, desde luego, mi amigo imaginario Lemmon. ¡Claro que no! Aunque todavía me queda algún truco de bebedor goloso en la manga. Por ejemplo, no hay mejor acompañamiento para un ron agrícola bien añejo que un brioche. El bizcocho se emborracha abundantemente con el licor siguiendo las enseñanzas del repostero parisino Stohrer, se agregan una bola de helado de vainilla y otra de crème fraiche y no hay quien se resista al baba au rhum.

Queda un dedo de aromática grappa blanca. Echémosela al ristretto para hacer lo que mis amigos transalpinos llaman un caffè corretto: esto es, la rica infusión debidamente corregida con un chorro de aguardiente. ¡Por si no fuera suficientemente estimulante!

Un mezcal de la variedad espadín. Este sí que se va a salvar del banquete culinario para ser empleado como trago nocturno, sustituyendo a la ginebra en la preparación de mi cóctel favorito: el negroni. Un madeira de añada y un amontillado jerezano VORS. ¡Stop! Aquí se acabaron las bromas. Con estas dos botellas olvidadas pienso tener un largo diálogo en las semanas que siguen, reivindicando su indiscutible condición de vinos de meditación.

Lástima que mi hogar madrileño no tenga la chimenea que requeriría esta ingesta sosegada y absolutamente introspectiva. Pero nos la podemos imaginar, igual que al Señor Lemmon. Menos salir de casa, en la cuarentena casi todo está permitido.

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