THE OBJECTIVE
Daniel Capó

Firmeza democrática

Fukuyama finiquitó la Historia al terminar el siglo XX, pero hoy ya sabemos que se equivocó. La Historia no se detiene y sólo una lectura pueril de la condición humana puede hacernos pensar que la violencia, el odio o la locura forman parte del pasado. Tras la caída del Muro de Berlín, el siglo XXI se estrenó un 11 de septiembre con el doble atentado de las Torres Gemelas. Fue un golpe sorprendente que buscaba dinamitar las seguridades del sistema democrático y alimentar el discurso del odio, tanto en el seno de los países occidentales como en los países musulmanes. La evolución posterior del yihadismo refuerza esta percepción, ya que para el terrorismo islamista, Occidente encarna todo aquello que anhela destruir: la libertad de conciencia y los derechos de la mujer, el cristianismo y la laicidad, el bienestar económico y la influencia cultural, el pluralismo ideológico y la separación de poderes.

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Firmeza democrática

Fukuyama finiquitó la Historia al terminar el siglo XX, pero hoy ya sabemos que se equivocó. La Historia no se detiene y sólo una lectura pueril de la condición humana puede hacernos pensar que la violencia, el odio o la locura forman parte del pasado. Tras la caída del Muro de Berlín, el siglo XXI se estrenó un 11 de septiembre con el doble atentado de las Torres Gemelas. Fue un golpe sorprendente que buscaba dinamitar las seguridades del sistema democrático y alimentar el discurso del odio, tanto en el seno de los países occidentales como en los países musulmanes. La evolución posterior del yihadismo refuerza esta percepción, ya que para el terrorismo islamista, Occidente encarna todo aquello que anhela destruir: la libertad de conciencia y los derechos de la mujer, el cristianismo y la laicidad, el bienestar económico y la influencia cultural, el pluralismo ideológico y la separación de poderes.

El nuevo atentado mortal en Niza nos demuestra que la violencia tiene objetivos claros, aunque emplee a lobos solitarios. Como otras fórmulas populistas busca desestabilizar los equilibrios sociales, alimentando el miedo, la inseguridad y el resentimiento. Lo cual significa que frente al mal –y el terrorismo es el mal en estado puro- no queda otra opción que exigir de la democracia una defensa diaria de los grandes valores que nos sustentan. La respuesta al yihadismo no puede consistir en el relato xenófobo que alimentan los nuevos partidos de la extrema-derecha europea, ni en el buenismo ingenuo y falsamente moralizante de una izquierda peregrina, sino en la reivindicación efectiva de la fortaleza democrática: la firme aplicación de los derechos y los deberes, el respeto a todas las creencias nobles, el refuerzo a la cohesión social… Tras los atentados de París, el presidente Hollande habló de un acto de guerra. Hoy volverá a hacerlo. Y esto solo puede significar que debemos defender la democracia con la contundencia necesaria. No a cualquier precio –comprando, por ejemplo, pero sí con las herramientas propias de un Estado de Derecho democrático, liberal y parlamentario. Como sucedió durante la II Guerra Mundial o en la Guerra Fría. Se trata, simplemente, de aplicar con todo rigor la firmeza democrática.

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