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Durante la retransmisión, Helguera hablaba de Zidane como si este fuera, antes que un ex compañero, un viejo compinche. Debió de aparecérsele el vestuario de Hampden Park: “De jugador era igual; mientras el resto nos bañábamos en la piscina, él seguía en el banco, sonriente”. (‘Eso sí, no le mentes a la hermana’, me dije yo, sospecho que al unísono con alguno de los 9 millones de espectadores que congregó el partido.) Un día antes, sobre el césped del Millenium, habíamos visto a Raúl, Figo, Karembeu, Seedorf, Mijatovic, Salgado y Roberto Carlos alentando a Zizou. Hasta el hotel donde se alojaba el equipo se llegó McManaman, el jugador fetiche de Vicente del Bosque. En los prolegómenos, Suker, al recordarle Pedrerol que Pedja marcó el gol de la séptima en fuera de juego, zanjó en perfecto croata: “Cómo era aquello… Ah, sí… ¡Ajo y agua!”. Y Twitter mediante supimos de Gento, fundador del madridismo dinástico; de Arbeloa, cada vez más a gusto en su papel de chamán; de ¡Bodo Ilgner! (“soy muy orgulloso de formar parte de la historia de este gran club”). Beckham, por su parte, dejó recado en Instagram (“The Kings once again … Congratulations to Zizou, Florentino, the players and all the fans. What a night!”). Respecto al Madrid no cabe decir, siguiendo el tópico, que un hilo invisible vincula a las nuevas y las viejas generaciones; antes bien, las une un costurón de leyenda. El friso daría para un tratado sobre la gran familia blanca, un discurso hiperglucémico sobre los valores (así, sin complemento, que es como mejor se venden) u otra cursilería por el estilo. Por eso me admira que nadie en el club presuma de ello. Kroos se encaminó dándose cabezazos contra la techumbre, pero sólo tú y yo vimos en él la furia atormentada de aquel Juanito.

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