Gregorio Luri

La educación, en números rojos

«La escuela ha dejado de verse como una institución que impulsa hacia lo alto para convertirse en administradora de las pequeñas virtudes de la pusilanimidad»

Opinión

La educación, en números rojos
Foto: Francisco Seco| AP Images
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

Justo cuando desde el Ministerio de educación nos informan de que se recortarán los contenidos escolares, para no agobiar a nuestros niños, las pruebas TIMSS, que miden los conocimientos y competencias en matemáticas y ciencias de los alumnos de 10 años, nos demuestran que su nivel es mediocre y está bajando. Aunque los gestores educativos no lo quieran o no lo sepan ver, nuestro problema no es que los contenidos sean muchos, sino que el 20% del tiempo lectivo de un profesor español se dedica a intentar mantener un ambiente de trabajo en clase. Esto es como si solamente cuatro de los cinco días de la semana escolar fueran realmente lectivos. ¿Alguien cree que reduciendo la carga escolar se reducirá el tiempo perdido? Se nos insiste también en que hay que reducir contenidos para incrementar las competencias, pero, curiosamente, en todas las pruebas internacionales, los que más saben son los que mejor razonan y con más habilidad aplican lo aprendido, lo cual, por otra parte, es de puro sentido común.

En TIMSS (10 años) el 4% de nuestros alumnos tiene un rendimiento alto y el 9% un rendimiento bajo. En PISA (15 años), el 7% tiene un rendimiento alto y un 25% un rendimiento bajo. Saquen ustedes las consecuencias.

Pero no lo duden, reduciremos contenidos. Cuando hace algunos años el gobierno de Singapur decidió recortar los contenidos escolares, para que los escolares no tuvieran una carga excesiva, las familias enviaron a sus hijos a academias particulares a la salida de la escuela para compensar así el recorte. A algunos esta actitud les parecerá propia de orientales. Pero desde hace algún tiempo está ocurriendo algo semejante en España. 

Aceptemos una evidencia: La escuela ya no es ‘el’ lugar de aprendizaje. Los padres mejor informados han comenzado a hacerse cargo de la trayectoria educativa de sus hijos. En ella la escuela ocupa un lugar aún importante, pero menguante. Todos sabemos que el sistema educativo español es incapaz de garantizar que un niño que comienza su escolarización con 3 años y la termina con 16 acabe dominando un idioma extranjero (algunos ni el propio, pero vamos a dejar esta cuestión), por lo que las familias se ven obligadas a compensar el déficit escolar con academias privadas, cursos on line, profesores particulares, estancias en el extranjero, etc. En los últimos años las familias han comenzado a intuir que las STEM (acrónimo inglés de Ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) son tan importantes para el futuro de sus hijos, que no pueden dejar su aprendizaje en las manos exclusivas de la escuela. Y TIMSS les da contundentemente la razón. Por eso ha crecido tanto la oferta de cursos de matemáticas en internet y los juguetes que podemos llamar STEM se han disparado. Han sido con frecuencia los padres los que se han organizado para ofrecer cursos extraescolares de robótica a sus hijos. 

Recuperemos los datos de PISA. 

Los alumnos de los dos niveles inferiores de resultados (por debajo de 420 puntos) no son capaces de resolver las tareas más elementales (en nuestro caso, de matemáticas), es decir, no están capacitados para integrarse dinámicamente en la sociedad actual. Pues bien, en España ese porcentaje era en el 2018, del 25%. Sí, lo han leído bien: uno de cada cuatro jóvenes españoles termina la educación obligatoria sin saber realizar operaciones matemáticas elementales. Ahora bien, si analizamos los resultados por comunidades, en Navarra, Castilla y León y País Vasco, el porcentaje es del 18%; mientras que Andalucía, Murcia y Extremadura superan el 25%. 

Analicemos ahora los alumnos de las dos franjas superiores de resultados (por encima de 607 puntos), capaces de desarrollar un pensamiento matemático estratégico, es decir, que tienen competencias matemáticas: el porcentaje español es del 7% en el 2018. Es decir, nuestro sistema educativo produce mucha más deficiencia que excelencia, sin que haya ninguna razón de peso que lo justifique. También aquí hay diferencias. En Navarra, Castilla y león y La Rioja, el porcentaje es del 11%; mientras que en Andalucía y Extremadura es del 5%.  

La educación, en números rojos

Las columnas nos muestran los resultados en las 4 últimas pruebas PISA. El primer número de cada casilla es el porcentaje de alumnos adelantados; el segundo, el de rezagados; el tercero, el resultado de restar los rezagados a los adelantados.

Si restamos a los niveles de excelencia los de deficiencia, el resultado nos dirá si estamos creando o no capital humano. Pues bien, todas las comunidades tienen resultados negativos. Castilla y león y Navarra de -7; Andalucía de -25. Pero en PISA 2018 los resultados de Singapur han sido de + 30; Estonia, +5; Japón, + 6; Polonia, + 1; Corea, + 6. 

Vistas así las cosas, aconsejo a lo padres que lo antes posible den a sus hijos este consejo: «Intenta llevarte bien con los que sacan buenas notas, porque puedes acabar trabajando para ellos». Esto mismo nos lo podemos aplicar todos colectivamente: intentemos llevarnos bien con los países orientales, ya que no estamos dispuestos a imitarlos.

En el año 2011 escuché decir a Alejandro Tiana, actual Secretario de Estado de Educación, que algunos profesores están tan empeñados en representar a Hamlet que no se dan cuenta de que les han cambiando el decorado a sus espaldas y que ahora en lugar del castillo de Elsinor tienen un McDonald’s. O sea, el referente cultural ya no puede ser Shakespeare, sino el fast-book. La escuela ha dejado de verse como una institución que impulsa hacia lo alto para convertirse en administradora de las pequeñas virtudes de la pusilanimidad. No quiere saber nada de las virtudes magnánimas. No parece ser consciente de que, como nos enseñó Ortega, es inmoral preferir un bien inferior (la equidad por abajo) a un bien superior (el estimulo de las capacidades más altas de todo alumno). «La inmoralidad máxima», añadía Ortega, «es esa preferencia invertida en que se exalta lo mediocre sobre lo óptimo en nombre de una moral falsa». Para que nadie se quede atrás, frenamos a los que van en cabeza y lo que conseguimos es que cada vez haya más alumnos rezagados a los que, sin embargo, queremos compensar con inteligencia emocional y grandes dosis de empatía.

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