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Daniel Capó

Arraigos

«La puerilización de la sociedad no debería de ser una cuestión de derechas o de izquierdas (de hecho, afecta a ambas), sino un motivo de debate mucho más amplio»

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Arraigos

@neonbrand | Unsplash

Todo proceso educativo es una forma de arraigo que mira hacia un horizonte. Por un lado, echa raíces en un suelo que se pretende fértil y, por otro, busca dar frutos en un hombre nuevo, logrado. Sus fracasos son los fracasos de la Historia, la constatación de que cambiamos mucho más lentamente de lo que desearían los reformadores, más allá de que cada pocas décadas surjan crisis cíclicas anunciando el final de un mundo caduco y el comienzo embrionario de la utopía. Supongo que vivimos uno de esos momentos. Entre 1968 y 2020 median cincuenta años que ciñen, de acuerdo a la tesis de Peter Turchin, los ciclos naturales de estabilidad e inestabilidad. De ahí también la trascendencia de la guerra cultural. Los conservadores anhelan preservar un edificio de afectos: los últimos restos de la dañada estructura familiar, cierta noción de honor y lealtad, algunas músicas y algunos libros, un espacio y un tiempo más o menos seguros y acogedores.

El conservador es liberal porque cree en los beneficios de la libertad, las instituciones y la Ilustración, pero desdeña la aceleración y teme la locura que ve latente –como una posibilidad certera– en la naturaleza humana. Los progresistas, en cambio, actúan bajo el mito de la revolución, con su rechazo al pasado y sus servidumbres. Nada hay que conservar porque todo es moldeable; incluso –ahora lo sabemos, o creemos saberlo– la naturaleza humana, que se puede modificar de acuerdo a nuestros deseos y quizás, pronto –o muy pronto–, la inmortalidad estará al alcance de la mano, gracias a las modificaciones genéticas y a la biología sintética. Son dos mundos distintos, dos formas de educar.

La ley Celáa vuelve a poner sobre el tapete las contradicciones entre estas dos cosmovisiones. Para unos, el pasado cuenta porque ensancha nuestra experiencia de lo humano; para los otros, es un lastre que frena las posibilidades del futuro. Para unos, la memoria es la piedra angular de la identidad; para los otros, sólo interesa para reescribir la Historia desde las coordenadas morales de hoy. Para unos, la acumulación de conocimientos, como capas freáticas de la inteligencia, es importante; para los otros, la inteligencia emocional es el auténtico fundamento de la personalidad. Paradójicamente, los partidos de la derecha se han convertido en los defensores de las tradiciones intelectuales, mientras que los partidos de la izquierda se han lanzado en brazos del emocionalismo, quizás con un fin político. Es verdad que simplifico, aunque no en exceso.

Yo no soy un gran defensor de mi propio pasado. La educación que recibí en los ochenta fue escasa y mediocre, con algunas excepciones. No, la EGB no era una maravilla. Nuestra escuela valoraba la memoria, es cierto, pero también resultaba pobre e inculta, sin la riqueza inherente a la lectura y a la comprensión real de los textos. Sus frutos –la generación que está al mando– son una prueba de lo que digo. Estudiábamos la historia de España, aunque ni la conocemos ni la entendimos. Estudiamos literatura –y me acuerdo aún de los tres primeros libros que nos mandaron leer en primero de BUP: El Aleph de Borges, El túnel de Ernesto Sábato y Las inquietudes de Shanti Andía de Pío Baroja–, pero no somos una generación marcada por la literatura. No creo que se hicieran las cosas bien – tampoco creo que se hagan bien ahora. Porque entonces se nos trataba como adultos en potencia, aunque esa supuesta vida adulta fuera inconsistente y esquemática, sin textura; mientras que ahora se trata a los alumnos como niños cuando ya han dejado de serlo y necesitan empezar a ver el mundo como adultos. La puerilización de la sociedad no debería de ser una cuestión de derechas o de izquierdas (de hecho, afecta a ambas), sino un motivo de debate mucho más amplio. El futuro pertenece a los niños, pero no pueden protagonizarlo críos con cuerpo de adultos; es decir, ni pueden educarnos para el emotivismo ni deberían educarnos desde él.

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