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La guerra de los justos

El problema es que es la guerra. Y no estamos acostumbrados a ella. No estamos acostumbrados a que se derrumben biografías y se esparza en la certeza el rostro de la ceniza. El problema es el miedo. Aprender a vivir en el miedo. Superar el miedo. Que esa esquina de la incertidumbre no suponga un obstáculo en nuestro camino. Aliviar el miedo como quien esquiva a un desconocido. Y no podemos mirarlos con los ojos de la amenaza parvularia y lejana, misericordiosa y humana. No. Porque están ahí. En cualquier sitio. Desde las estaciones de metro a los TT de las redes sociales. En el inmenso cajón de sastre de las ciudades y en el interior del pensamiento de los hombres cuyo eco es sinónimo de civilización y de deberes. Y nos esperan.

Ese es otro problema. El problema de que nos esperen. El problema de que nada ni nadie calme su sed de sangre si no es con más sed y con más sangre. El problema de que no hay en ellos calma ni piedad posible, porque un viento de odio los ha llevado a no sabemos qué sitio. Ni siquiera sabemos dónde está ese lugar. Ese lugar que provoca decapitaciones y torturas. Ese lugar que ha provocado tanta palabra inocente, ya erguida en el silencio de los justos. El último problema, y el más serio. El de los justos. El de la guerra de los justos. El de tener en cuenta que esto no nos podemos permitir el lujo de mirar para otro lado. Porque los justos ganaron a los totalitarismos del siglo XX para sembrar himnos y declaraciones. Debemos los justos avanzar, seguir. Fabricar una victoria más para la Historia. Nuestra historia. La de los justos. La de la libertad. La que no permite el miedo. Es Europa. Y nuestro destino. Por el que estamos aquí, aún sobreviviendo.

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