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La invasión de las no-cosas

La vieja clasificación binaria del mundo entre cosas naturales y cosas artificiales parece haber caducado.
Las cosas naturales son las producidas espontáneamente por la naturaleza, a la que vuelven deshilachadas una vez cumplido su ciclo vital.

Las cosas artificiales son las que el hombre sustrae provisoriamente a este ciclo tras someterlas a un proceso de diseño que les concede un valor de uso cultural. Pensemos en una silla de madera o en un libro de papel. El artificio es el resultado del desarrollo tecnológico de algo natural (la madera transformada en silla o en papel). En cuanto su valor de uso se ha agotado, el artificio se vuelve inútil y dejamos que se degrade, a veces no sin cierta desazón (la melancolía de los desvanes), abandonándolo en su proceso de retorno a la naturaleza. Hemos de hacer una excepción con aquellos artificios que intentamos proteger denodadamente de la erosión del tiempo, bien sea por su valor histórico (las ruinas de una ciudad ibérica) o por su valor estético (Las meninas de Velázquez). Estrictamente hablando, carecen de valor de uso, pero encontramos en ellos un valor propio que nos permite erigirlos en símbolos orgullosos de nuestra cultura.

Si esta clasificación ha caducado es porque hay cada vez más cosas  cuyo valor de uso ya ha sido consumido, que no quisiéramos conservar y que, sin embargo, se resisten a la degradación. Como nos molesta tenerlas a la vista, no las podemos considerar propiamente culturales. Vilém Flusser las llamó “no-cosas”. No las queremos ver porque su proximidad nos inquieta y buscamos protegernos de ellas cerrando los ojos. Son lesivas. Son nuestras. Son casi intemporales. Son detritus. Pero seguimos acumulándolas.

El artesano o el artista sellan su obra con su firma y al reivindicar su autoría, asumen una responsabilidad sobre lo que sale de sus manos. ¿Pero quién es el autor de una bolsa de plástico? ¿Y de cinco millones de neumáticos? ¿Quién fue el responsable de Chernobil? ¿ Y de Fukushima? ¿Y del metilmercurio que va acumulando el Mediterráneo?

La no-cosa es un sueño prometeico, convertido en pesadilla epimeteica. Su presencia nos arroja a la cara lo que menos quisiéramos ver: el precio de un confort del que no estamos dispuestos a prescindir. Los riesgos del progreso son claros. Pero nos da más miedo –mucho más- el abusivo precio del regreso. Preferimos tener fe en que el progreso pueda curarse sus heridas. Quizás sea así. O quizás no.

Al descubrir que iban menguando las autoridades capaces de acuñar normas, parecíamos dispuestos a depositar nuestra fe en la ciencia y la tecnología. Es difícil que esta fe resista la invasión de las no-cosas.

El bárbaro siempre llega por donde menos se lo espera.

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