Miguel Ángel Quintana Paz

La izquierda pedofrasta

La pederastia es un abuso: consiste en utilizar a niños. La pedofrastia es un abuso también: consiste igualmente en usarlos. El pederasta utiliza a los niños para satisfacer sus deseos sexuales. El pedofrasta los usa para satisfacer sus deseos ideológicos.

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La izquierda pedofrasta
Foto: Anders Hellberg
Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Mi sueño es conocer (a) Alaska. Charro y wittgensteiniano.

La pederastia es un abuso: consiste en utilizar a niños. La pedofrastia es un abuso también: consiste igualmente en usarlos. El pederasta utiliza a los niños para satisfacer sus deseos sexuales. El pedofrasta los usa para satisfacer sus deseos ideológicos. Mientras el término “pederastia” existe desde tiempos de la Grecia clásica, “pedofrastia” es en cambio bien reciente. Su inventor, Nassim Nicholas Taleb, lo definía así hace nueve meses: se trataría de una “argumentación que recurre a niños” con el fin de que su audiencia prescinda de la racionalidad y se quede solo con lo emotivo. Es muy eficaz puesto que “la gente suele quedarse indefensa y suspender todo escepticismo ante un niño sufriente: nadie se atreve a cuestionar la autenticidad o la fuente de lo que está en juego. A menudo se realiza con ayuda de fotografías”.

Taleb nos recuerda además quiénes son más proclives a caer en la pedofrastia: los mendigos profesionales, desde luego, pero también los periodistas y los actores. Yo añadiría en este elenco a los políticos. Aunque es un vicio que en general puede aquejar a todos cuantos se sienten “intelectualmente inseguros, carentes de juicio crítico y temerosos de que los clasifiquen como infractores de alguna norma políticamente correcta”.

En esta era de sentimentalismo desbordado que habitamos, creo que el término “pedofrastia” nos será cada vez más útil. De modo que acaso no huelgue establecer algunas distinciones. En efecto, aunque Taleb no lo especifica, parece claro que se puede usar a los niños de dos formas cuando argumentamos. Una, la más leve, consiste en utilizarlos como referencia: aludir a ellos; narrar sus males; mostrar incluso, como Taleb destaca, truculentas fotografías que los exhiban.

Pero habría también un segundo modo, más contundente, de usar a los niños: no como aquellos de quienes hablamos, sino como los que directamente nos hablan. Quizá hasta ahora eran los mendigos quienes más recurrían a este uso de los niños como portavoces, cuando les hacían sostener un cartón donde nos rogaban nuestras limosnas; mientras que periodistas, actores y políticos se habían conformado mayoritariamente con mentarnos a los niños y sus males. Pero creo que entramos en una época en que las fronteras entre ambos grupos se están desdibujado y el periodismo o la política ya no tienen empacho en actuar como cualquier pedigüeño más.

Otra distinción pertinente es la que atañe a la ideología. Cabe pensar que tradicionalmente han sido gentes de derechas quienes más han echado mano de la pedofrastia: las mentalidades conservadoras se han visto bien reflejadas en ese meme, procedente de la serie de televisión Los Simpson, donde una mujer escandalizada (Helen Lovejoy, esposa del reverendo Lovejoy) lanza un “Pero ¿es que nadie va a pensar en los niños?” como razón de peso en una discusión. Cosas que tradicionalmente han molestado a la derecha (como ciertas relaciones sexuales entre adultos, o el arte provocador, o el matrimonio LGBT) aún hoy intentan a menudo frenarse con el argumento de los terribles efectos que presuntamente causarían en los tiernos infantes.

Sin embargo, recientemente asistimos a una proliferación de la pedofrastia en terrenos izquierdistas. No estoy pensando solo en el insistente uso que el Gobierno español hace hoy de la pobreza infantil como argumento preelectoral: una pobreza que, según sus estadísticas, afectaría a unos 2,3 millones de niños, algo así como 1 de cada 3 (dato sin duda elevado, pero que hay buenos argumentos para cuestionar: lo hace Manuel Llamas aquí). Tampoco me refiero al hecho de que en su particular campaña el Gobierno haya implicado, de modo inédito, a instituciones como la Guardia Civil, que algunos pensamos que deberían mantenerse más neutrales sobre asuntos que no son de su competencia directa, sobre todo ante la proximidad de contiendas electorales. Ni aludo ahora a supuestas soluciones a esa pobreza, como el recientemente aprobado incremento de 24,75 euros al mes por hijo para familias en pobreza severa; cifra un tanto parca para la rimbombante publicidad preelectoral que se le está dando.

Estoy pensando más bien en un fenómeno mundial: la niña sueca Greta Thunberg, que diversas instancias (Davos, ONU, New York Times, BBC, Comisión Europea) han estado convertido estos últimos meses en portaestandarte de la lucha contra el cambio climático. Con sus 15 años de edad (recientemente ha cumplido ya 16) no cabría esperar de Thunberg sesudos argumentos científicos o ponderadas evaluaciones de políticas públicas; y, efectivamente, no los da. La adolescente escandinava se limita a exigir reducciones en los gases de efecto invernadero de hasta un 80 % para dentro de 12 años; objetivo tan irreal como creer que, de producirse, no dañaría la economía y las expectativas de muchísima gente (incluidos millones de niños, por ponernos también nosotros levemente pedofrásticos).

Aun así, cuesta enfrentarse a las entelequias de Thunberg con datos en la mano porque, como nos recordaba anteayer Rafael Latorre, “en una discusión con un niño, todavía peor que perder es ganar”. Qué decir si además ese niño acarrea en su mochila trastornos psicológicos (depresiones, trastorno obsesivo-compulsivo, mutismo selectivo, síndrome de Asperger) como es el caso de Greta. Otra vez Latorre: “Nadie usa a un niño por su poder de convicción, sino por su poder de coacción”.

Y lo cierto es que algo entrenada en ese poder viene esta niña ya de casa. Ella misma ha contado con orgullo cómo obligó a sus padres a hacerse veganos y a renunciar por completo al transporte aéreo, siempre con el fin de reducir el CO2. Sus dos progenitores sucumbieron y ahora su ambicioso objetivo (los adolescentes siempre son ambiciosos) es que lo hagamos el resto de la humanidad.

Mañana se celebra una huelga internacional como la que aupó a Thunberg a la fama: los estudiantes de todo el mundo están llamados a parar con el fin de que le ocurra eso mismo al cambio climático. Por si nos quedaba alguna duda de quién es el pedofrasta aquí, la ministra española de Transición Ecológica ya ha salido a animar a tal huelga (parecen pasados ya los tiempos en que se hacían huelgas contra los Gobiernos: ahora es este el que las estimula). La ministra ha encomiado además el inmenso valor “pedagógico” que tendrá todo ello para los alumnos. Y entonces yo, que me refugio melancólicamente en la etimología, pienso que quizá alguno de esos jóvenes caerá en la cuenta que el “pedagogo” era en Grecia el que llevaba y traía a los niños de un lado para otro; y no siempre con puras intenciones.

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