Hermann Tertsch

La muerte de un mal acuerdo

Se daban los últimos retoques a la sede de la Cumbre Humanitaria Mundial en Estambul cuando, de forma imprevista y solo horas después de ser anunciado, Angela Merkel viajaba a Turquía, a Ankara, para tratar sobre la crisis de refugiados más grave de los últimos tiempos. Cumbres como la de Estambul o cualquier otra no tiene posibilidad alguna de solucionar nada si no funcionan los cauces bilaterales. Y la catástrofe humanitaria de esta última crisis de refugiados había remitido en los pasados meses por un acuerdo bilateral entre la UE y Turquía. O para ser más exactos entre Angela Merkel y Recep Tayyip Erdogan.

Opinión

La muerte de un mal acuerdo

Se daban los últimos retoques a la sede de la Cumbre Humanitaria Mundial en Estambul cuando, de forma imprevista y solo horas después de ser anunciado, Angela Merkel viajaba a Turquía, a Ankara, para tratar sobre la crisis de refugiados más grave de los últimos tiempos. Cumbres como la de Estambul o cualquier otra no tiene posibilidad alguna de solucionar nada si no funcionan los cauces bilaterales. Y la catástrofe humanitaria de esta última crisis de refugiados había remitido en los pasados meses por un acuerdo bilateral entre la UE y Turquía. O para ser más exactos entre Angela Merkel y Recep Tayyip Erdogan.

Era un acuerdo moralmente muy cuestionable pero que ha sido eficaz en su principal objetivo. Reducir prácticamente a cero la llegada de refugiados turcos a las costas griegas. Si cuando Erdogan quiere no llegan refugiados, es fácil concluir que cuando llegan en masa es porque él deja que así sea. Erdogan vendió esa voluntad suya a la UE por una primera partida de seis mil millones de euros, con seguridad ampliables, y un catálogo de promesas. Entre estas, la principal para el presidente turco, de nuevo galopando sobre su megalomanía y ya sin siquiera el freno que era un primer ministro corrector y conocedor de occidente como el dimitido Davutoglu, es la exención de visados para los ciudadanos turcos. Merkel le hizo creer a Erdogan que ella podría arreglar que para el 1 de julio los turcos viajaran sin visado al espacio Schengen.

Aunque ya sabia Merkel que hay muchas condiciones especialmente en garantías legales de derechos fundamentales que la Turquía de Erdogan está hoy más lejos de cumplir que en cualquier momento de lo pasados veinte años. Pero la cosa ha ido a peor. Erdogan no avisó a Merkel de que preparaba un auténtico autogolpe para arrebatar todo poder al parlamento y convertirlo en una mera cámara de aplausos y ratificación de sus voluntades. Con la ley que impone la pérdida de inmunidad de todo diputado meramente imputado por una fiscalía que depende de Erdogan, la composición del parlamento se decide ya en la presidencia.

Y Erdogan ha acabado con los penúltimos mecanismos que distinguen a la democracia de la dictadura. Ahora Merkel sabe que la Unión Europea no puede contemplar la exención de visados. La humillación ante Turquía ya ha sido excesiva en Alemania y amenaza con extenderse a toda la UE. Ya hace muy serio daño a una Merkel camino de elecciones. Erdogan alardea de su capacidad de chantaje y ataca y denuncia en Alemania a la prensa y exige sea perseguida por los jueces como si fueran los últimos periodistas turcos en libertad. Lo cierto es que las cárceles turcas se van llenado de periodistas, abogados y profesionales y cada encuentro con el presidente Erdogan resulta más comprometedor. Merkel y la UE que se saben sometidos al chantaje han de buscar formas de evitar que Erdogan cumpla su amenaza de inundar Europa con millones de refugiados. Que lo puede hacer enviando a los que tiene y a los que puede generar en Siria en cuanto quiera.

Vladimir Putin y Bashkir Assad ya han utilizado eficazmente también el arma de los refugiados para aterrara a Europa. En realidad Merkel y la UE intentan huir de su propia política porque no han sido capaces de defender las fronteras. Han dejado claro que quien llega queda y han entregado todo el poder de la acción a quienes generan o tienen refugiados que son Erdogan, Putin y Assad. Europa tenía que haber dado un golpe liberador ante la comunidad internacional y no asumir en su totalidad la responsabilidad de estos refugiados, unas obligaciones que puede compartir pero que no son exclusivamente suyas como se quiere hacer creer. Los refugiados tienen derecho a un refugio cuando salen directamente del lugar del conflicto. Pero no tienen derecho de elección de residencia en Europa. Como no lo tiene nadie del resto del mundo.

El golpe de Estado que Erdogan perpetra en estos momentos para liquidar la ya agonizante democracia turca tendrá la triste virtud de hacer imposible el acuerdo. Que no solo es moralmente reprobable porque los ricos compran al guardián turco para que haga lo que ellos no tiene coraje de hacer: Defender sus fronteras e imponer una inmigración regulada y controlada. Es también peligroso. Cuando los ciudadanos turcos no necesiten visados, Erdogan es capaz de lanzar una operación militar de limpieza étnica contra los 20 millones de kurdos en su país. “Limpiar el país” de kurdos es su gran sueño. Horno se puede hacer como en 1915 con los armenios. Pero una gran operación militar y gran parte de los kurdos turcos, sin necesidad de visado,estarían en nuestras calles en un abrir y cerrar de ojos.

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