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La respuesta de la dignidad

Tenía quince años la primera vez que pude ponerle nombre y rostro. La canciller Angela Merkel asistía a una conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, rezaba la noticia que debía comentar para una graciosa asignatura que se impartía en Bachillerato, Ciencias para el Mundo Contemporáneo (ninguna de las mayúsculas anteriores es mía). La había visto en la televisión hacía pocas semanas antes porque acababa de ganar las elecciones en Alemania e iba a gobernar con unos tipos denominados liberales. Entonces no sabía qué significaba nada de aquello.

En efecto, era invierno de 2009 y yo desconocía a Angela Merkel, quien revalidaba su mandato al frente de Alemania y dejaba a la socialdemocracia del país con unos resultados alarmantes. Enseguida comprendí que debería esforzarme para conocer más detalles de aquella mujer que iba cobrando protagonismo en los periódicos (sepa el lector que no puedo asegurar que no fuesen los periódicos lo que iba cobrando protagonismo en mi rutina por entonces).

Me dediqué a estudiar sus movimientos y declaraciones en los meses posteriores y yo, adolescente entusiasmada con las proclamas de Ismael Serrano y Joaquín Sabina, comencé a aborrecer a aquella mujer que apoyaba las restricciones al Aborto Libre (estas sí son mías, pero mentiría si dijera que la causa entonces se me antojaba merecedora de menos) y proclamaba tranquilamente contra la inmigración en Alemania: “quien no aprenda alemán inmediatamente no será bienvenido”. Aquellas palabras parecieron grabárseme a fuego. Al cabo, una ya vivía donde vive y tenía asumido el rechazo inmediato a semejantes arengas.

Sin embargo, la entrada en la facultad de Periodismo en 2011 me reconcilió con la líder alemana. Si esta semana la palabra de moda es ‘posverdad’ entonces era ‘austeridad’, y la retórica contra la austeridad era una retórica anti-alemana, como bien recordaba The Economist. Alumnos y profesores jaleaban el 15-M y emitían en sus proclamas un odio irracional hacia “la Merkel”, porque así la llamaba todo el mundo, empecinado en deslegitimar el entonces incipiente liderazgo occidental de la canciller. Fue automático. Por alejarme de aquellas posiciones traté de acercarme a aquella mujer de las americanas de colores, a quien empecé a perdonar las facturitas que mi juventud le había cobrado.

Hoy, Angela Merkel representa el respaldo al libre comercio y a la buena gestión. La crudeza y la honradez de aquel ‘a veces la política es dura’ cobran todo el sentido cuando uno comprueba cuán firme es el compromiso de la alemana con la ayuda a los refugiados sirios habida cuenta de la ola antiinmigración que marca las agendas nacionales europeas. Merkel anunció ayer que concurrirá por cuarta vez como candidata a canciller. La victoria de Trump y las informaciones que la proclaman la nueva líder del mundo libre parecen haber propiciado su decisión.

Hasta el punto que la campaña de Merkel comienza con la respuesta de la dignidad al recientemente elegido presidente: “Alemania y Estados Unidos están unidos por los valores de la democracia, la libertad y el respeto a la ley y la dignidad humana, independientemente de su origen, color de piel, religión, género, orientación sexual o ideas políticas. Ofrezco al próximo presidente de Estados Unidos una estrecha cooperación basada en estos valores”. Puede que sea precipitado hablar de líder del mundo libre y seguramente ella abomine de esa expresión, pero me gusta pensar que donde dice ‘Alemania’ bien podría decir ‘Europa’. Al tiempo.

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