Lorena G. Maldonado

Abogada y periodista. Cuando quiere excusarse a sí misma, usa una frase de Alvite: "Eres un personaje, nena, y los personajes no merecen un reproche, sino una crítica literaria".

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Querida Dulceida: el ‘influencer’ era Fernán Gómez
Querida Dulceida: el ‘influencer’ era Fernán Gómez

Querida Dulceida: el ‘influencer’ era Fernán Gómez

A mí lo único que me interesa de la ropa es lo que encierra: la desnudez. El mundo de la moda me parece una de las mediocridades mejor premiadas por esta civilización pusilánime, acojonada, sin discurso, que se atrinchera en escudos estéticos porque le cuesta sudor y sangre desarrollar personalidad propia. Algunos iluminados han descubierto que con un par de plumas sobre el cráneo y una falda mordisqueada uno puede fingir que no es insignificante.

La mejor artista de 2017 es una falangista de 82 años: una carta de amor a Julita Salmerón
La mejor artista de 2017 es una falangista de 82 años: una carta de amor a Julita Salmerón

La mejor artista de 2017 es una falangista de 82 años: una carta de amor a Julita Salmerón

Julita Salmerón, niña de la Guerra Civil, yo para ti quiero no quiero el Goya, ¿entiendes?, quiero el puto Oscar en tu mano gruesa y blanda, quiero bustos con tu cara en mi ciudad. El domingo fui al cine a ver ‘Muchos hijos, un mono y un castillo’, el documental en el que tu hijo Gustavo te ha grabado durante 15 años, y me rompiste la cabeza. Quise aplaudirte al final, como los catetos cuando el avión aterriza. No sé cuánto tiempo hacía que no me desarmaba tanto un ser humano: el mercado está reventado, Julita, y de hombres ya ni te cuento. Tú reflotas como el ángel de la transgresión en medio de esta mediocridad. En las últimas semanas vi ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, vi ‘Taxi Driver’, ‘La soga’, ‘Primera plana’ y ‘Breve encuentro’, pero me quedo contigo, como cantan Los Chunguitos.

El Harvey Weinstein ibérico: por qué en España no ha caído (aún) ningún mito cultural
El Harvey Weinstein ibérico: por qué en España no ha caído (aún) ningún mito cultural

El Harvey Weinstein ibérico: por qué en España no ha caído (aún) ningún mito cultural

Hace días que ando revisándome los amores por si se me caen del bolsillo: el efecto dominó de los mitos caídos me va dejando un reguero de tristeza y asco, y, a ratos, de autodesprecio y psicosis, ¡ah, cómo no se lo vi en la cara, cómo no se lo encontré en el gesto, estuvo ahí todo el tiempo…! Es absurdo: el acosador es cualquiera. La cultura del abuso no es patrimonio de Hollywood, ya nos gustaría acotar el problema: los malos están aquí, entre nosotros, seguramente haciéndose los simpáticos, haciendo como que este debate -que está abierto y sangra- no va con ellos. O incluso minándolo y repitiendo el mantra “denuncias falsas, denuncias falsas”; porque los chiquillos a veces no son muy listos y enseñan la patita. Como si uno pudiese curarse en salud del pasado. Y ya no les digo del presente.

“Ya no será”: una aproximación a los amores imposibles
“Ya no será”: una aproximación a los amores imposibles

“Ya no será”: una aproximación a los amores imposibles

“Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré en la noche / no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros”. Pienso a menudo en este poema de Idea Vilariño. Se lo escribió a Onetti, como casi todos. Para él y por sus gracias los años más prolíficos y fatales de su literatura, tan loca por ese hombre raro -con un ojo mirando a Cuenca y otro a Teruel- que hasta le dolían las costillas y a veces los nudillos de las manos. Yo no lo sé, pero lo supongo. “No volveré a tocarte. / No te veré morir”.

Federico Luppi: por qué amamos a éste (y otros) cabrones
Federico Luppi: por qué amamos a éste (y otros) cabrones

Federico Luppi: por qué amamos a éste (y otros) cabrones

El viernes estaba en redacción y pensaba que la vida es una mierda: qué se puede esperar de un mundo en el que los sobres contra el resfriado saben a coca-cola (eso tan de capitalismo triste, de hedonismo amargo), joder que me estoy muriendo, cread medicinas que no parezcan cubatas, y qué frío, que diluvie ya o pase algo, y encima se muere Federico Luppi, qué tarde he nacido para tantas cosas que hubiese amado, como charlar con él en un bar de Madrid sobre que el futuro es un cachondeo, no más que una trampa del sistema para que agachemos la cabeza y nos convirtamos en esclavos.

Cuando fui un trozo de carne en un Congreso de columnismo
Cuando fui un trozo de carne en un Congreso de columnismo

Cuando fui un trozo de carne en un Congreso de columnismo

Estos días se ha formado el zafarrancho en redes con el cartelito del II Congreso ‘Capital del columnismo’ porque, qué extraño, quién iba a augurarlo, pero aquello es una siembra de bálanos. Precaución a los viandantes: lo mismo te das un paseo por León entre el 18 y el 20 de octubre y te acaba golpeando el cráneo un testiculario intelectual: nadie está a salvo de este granizo nuestro, de este cielo tapizado de escroto, de esta nube negra que derrama Axe. 

Es la hora de los pelotas: carta abierta al lameculos ibérico
Es la hora de los pelotas: carta abierta al lameculos ibérico

Es la hora de los pelotas: carta abierta al lameculos ibérico

Los conocimos en el colegio y llevan subiéndose a nuestra chepa toda la vida, trepando las espaldas como monos tristes, mamando con pasión el genital del más fuerte, serviles y risueños hasta el empacho, perseverantes en la grima. Los pelotas nos rodean y habitan nuestras tierras, nuestros pupitres, nuestros recreos, nuestras familias y amistades, nuestras empresas e instituciones; beben en nuestros bares y a veces duermen en nuestras camas, que esto último ya manda cojones. Son legión y a ratos nos la pegan con su aura de insignificancia, pero no se dejen engañar: es por ellos que carbura el sistema, hijos hábiles del capitalismo, fáciles de detectar pero imposibles de cercar, porque nadie reconoce a las bravas su condición pelotuda.

Nos hemos vuelto permisivos con la masa pelota, nos ha acobardado su influjo. Fíjense que el niño juzga más al pelota que el adulto, porque el niño es digno y salvaje y reniega aún de adaptarse a las convenciones, de ceder ante las jerarquías. El chiquillo, que guarda litros de franqueza, señala al pelota y lo marca con una cicatriz invisible, certerísima, cada vez que adula al profesor, cada vez que suplica por estar en el equipo de fútbol del líder, cada vez que la magia de su talante le sube tres puntos las notas de final de curso.

El pelota, en realidad, es el mediocre motivado, el miembro social débil que ha entendido la ley natural: todos los depredadores comienzan devorando a su presa por el sexo, que para eso es la parte más blanda del cuerpo. Lo hacen los lobos, los osos, los cocodrilos y el intrépido pelota, abriendo bien los labios, salivando y succionando, devoto perdido. El pelota sabe también que hay que acariciar al caballo si uno quiere montarlo y lleva entrenándose en la hípica desde crío, despeñando muchas veces.

Es extenuante ser pelota, pero funciona. Porque el eslabón recio prefiere ascender a los seres vulgares antes que a los brillantes, no sea que le eclipsen. Con esta coñita encontramos al pelota siempre cerca del reino, incluso a veces, en un alarde de suerte, portando el cetro. Los pelotas secundan las guerras, como Aznar en Irak. Los pelotas son como las muñecas rusas: siempre hay uno más pequeño que tú destinado a sucederte. Miren que después del bigotes irrumpió Rajoy, pelota nuestro de cabecera, siempre obedeciendo no se sabe a qué mano negra con un ahínco envidiable. Porque el pelota no tiene ideología, sólo acata con rectitud, con tecnocracia, con la sonrisa servil de Pedro Sánchez -pelota converso, en rebelión después de tragar carros y carretas-.

En la izquierda hay pelotas excelsos. Pienso en Ada Colau, pelota traicionera del independentismo, al que le come la oreja a fin de recaudar votos pero no le da la parte del pastel que quiere, no sea que tenga que renunciar a sus 100.000 pavos anuales. «Vamos a hacer todo lo posible para que el que quiera, pueda votar en Barcelona el 1 de octubre”, dice, la simpática, mientras cierra filas para no cederle locales al referéndum.

Yo sé que en todos los oficios hay pelotas y que ustedes tendrán que lidiar con muchos de ellos, pero les digo que en la industria cultural el peloteo es como el oxígeno. Alguna vez he entrado a entrevistas en grupo y me he sonrojado al ver a algunos de mis compañeros aplicados en la genuflexión, con el “maestro” en la boca, con la reseña preconcebida, impermeables al espíritu crítico. El pelota es gloria bendita para la promoción, porque te teje hagiografías, como Bertín en su programa. Te pregunta por la infancia y mira, qué gustazo. Te dice que si estás ilusionado con este proyecto, que cuál fue el mayor reto de tu último trabajo. Ahí nadie falla.

Es todo lo contrario a “dignidad”, el pelota, pero es verdad que esa es una palabra vieja, y ay, qué dolor: practicable sólo desde el “no”, asequible sólo desde la renuncia. Muera el lameculos ibérico y resurja el niño íntegro con sus certezas dolorosas. Recuerdo cuando, no hace mucho, mi prima pequeña me dijo que estaba “muy fea” con un vestido. Me dejó noqueada: no saben qué alegría.

Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa
Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

La frigidez no es un pecado, pero sí una lástima. Ayer salí de ver La seducción, de Sofia Coppola, cargando con una anorgasmia militante -en mi barrio se dice revenía’- y corrí al Burger King a meterme entre pecho y espalda una vulgar pero sincera tendercrisp que me devolviese a la tierra, que me conectase de nuevo con la carne, la saliva y la culpa, con la lascivia del queso americano y la grosera humanidad de dos labios abriéndose. La parte de la vida que me interesa suele alojarse al otro lado de la boca que se desprende, que se ensancha como una flor carnívora llena de fascinaciones, admiración, estupor o apetitos. La película fue como el antónimo: más o menos un rictus. 

Quiero decir “negro” y que no me llamen racista
Quiero decir “negro” y que no me llamen racista

Quiero decir “negro” y que no me llamen racista

Quiero que me dejen en paz. Quiero decir “negro” en un artículo -como lo hice el otro día en una reseña de La Bella y la Bestia- y que nadie me llame “racista” ni me pregunte si pertenezco al círculo íntimo de Trump. Quiero decirles que “persona de color” me parece una soplapollez, una delicadeza inútil, una expresión paternalista y repugnante que sólo disfraza un pensamiento abyecto: que los negros son más débiles per se y que nosotros, todopoderosos occidentales, debemos protegerlos poniéndole barnices al lenguaje. Si históricamente han sido oprimidos por los blancos, ¿vamos a reproducir ese menoscabo tratándoles de pobrecitos?¿Eso ataja la discriminación o la perpetúa? Yo no quiero que nadie se dirija a mí con primor por ser mujer y, encima, joven. Yo no quiero que se cuiden conmigo, como lo han hecho tantas veces, con ese suspiro dulzón de “ah, qué graciosa la chavalita, mírala, qué rebelde”, como quien acaricia el lomo de un animal revoltoso pero inofensivo. Yo no quiero que sus discursos complacientes denoten, al final, que soy yo la que está por debajo.

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