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La última sesión

Tiene así uno la sensación de que el mundo de las salas de cine se encuentra en un lento proceso de desaparición

Foto: Creative Commons | Wikipedia

Cuando pregunto a mis estudiantes si han visto tal o cual película de estreno, la respuesta es casi siempre la misma: no. Los jóvenes -o una mayoría de jóvenes- ven poco cine. Y, sobre todo, van poco a los cines. Prefieren otras pantallas: el televisor, el móvil, la tableta. Es una tendencia que se refuerza con la apuesta de las grandes tecnológicas por el streaming: Netflix y Amazon Prime pronto competirán con Apple TV por el reparto de una tarta audiovisual cuyo producto emblemático son las series y no -pese a Roma y las que vendrán- los largometrajes. De ahí que la controversia que estalló en Cannes a propósito de la obligación de estrenar en salas comerciales de las películas producidas por Netflix no fuese ninguna anécdota.

Tiene así uno la sensación de que el mundo de las salas de cine se encuentra en un lento proceso de desaparición, no obstante compatible durante un incierto periodo de tiempo con una precaria supervivencia. Incluir dentro de las salas de cine en sentido clásico a las que hoy forman parte de los centros comerciales sería una concesión estadística: sus virtudes técnicas en forma de gran pantalla y equipo de sonido no acaban de compensar, para el viejo aficionado, la fealdad de su entorno. Allí el cine es un producto más, carece de toda especificidad. ¡No tiene aura! Ese aura que en cambio adorna a la modesta y sin embargo orgullosa sala de cine que, en plena calle de cualquier ciudad, incita al paseante con sus carteles y afiches. Aunque ya no programen sesiones dobles.

Hay que ser muy imaginativo para sentir nostalgia de lo que no se ha vivido y de ahí que las nuevas generaciones no se sientan conmovidas ante los esqueletos verticales de los cines clausurados. Dado que los tiempos cambian al ritmo de las tecnologías, solo quien se adentre en el espacio menguante de la cinefilia sentirá que algo se ha perdido con aquella sala de cine donde también se escondía de un perseguidor la estrella de la película que habíamos ido a ver. Para quienes apuramos los restos de ese cáliz, sin por ello desperdiciar las inmensas ventajas que proporcionan las nuevas tecnologías para el conocimiento del cine presente y pasado, las recompensas han sido muchas. Y uno puede todavía acogerse a sagrado cuando visita París o Nueva York o Londres, entrando furtivamente en la sala donde se proyecta un estreno o se repone un clásico. Nos sentamos en la oscuridad y es como si regresáramos al siglo XX, que como nos ha recordado el archivero Godard en su última película fue el siglo del cine: un siglo bello y terrible como los ángeles de Rilke. Ojalá pueda durar, en el cálido interior de la sala de cine, un poco más.

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