Juan Manuel Bellver

¡Larga vida a los balnearios vintage!

«En aras de lo políticamente correcto, los balnearios históricos se han ido transmutando en otra cosa, más aséptica y probablemente menos divertida»

Opinión

¡Larga vida a los balnearios vintage!
Foto: Jesse Schoff| Unsplash
Juan Manuel Bellver

Juan Manuel Bellver

Nací en 1965, un año extraordinario para el pop anglosajón. De ahí quizá esa vocación musical que me llevó a tocar en grupos y colaborar en fanzines durante la movida madrileña. Pronto quedó claro que lo que mejor hacía era contar historias: La Luna de Madrid, Ruta 66, Primera Línea, Cambio 16, El Independiente… hasta llegar a El Mundo, donde pasé 18 años dirigiendo varios suplementos de fin de semana y, en la última etapa, destinado como corresponsal político en París. Además de la música y el periodismo, mi otra gran pasión es la gastronomía. Empecé a escribir sobre ello en 1991, cuando no estaba de moda, y esa actividad secundaria terminó proporcionándome premios y distinciones, además de una nueva carrera profesional. Desde 2014, dirijo Lavinia España, empresa que promueve una visión cultural del comercio del vino. Ahora escribo por diversión.

«Con las mujeres ocurre igual que con los balnearios: la primera temporada que uno pasa en ellos, suele pasarlo mal; pero como se vuelva a la temporada siguiente, le toman a uno por el pito del sereno hasta los botones», explica el protagonista de ¡Espérame en Siberia, vida mía! (1929), segunda incursión en la narrativa de Enrique Jardiel Poncela donde parodiaba las novelas de aventuras.

Las estaciones termales, tan en boga en aquel periodo de Entreguerras libertario y despreocupado, del cual Jardiel fue uno de los más agudos cronistas, le sirven aquí al escritor madrileño como excusa para un torpe ejercicio de misoginia. Por encima del chiste fácil, me quedo con la reducción del balneario a un estereotipo satírico de la época: ese lugar donde todo es aparentemente divertido pero que puede resultar a la postre más cansino e impostado que una fiesta de empresa con confeti y matasuegras.

Cuando el autor de Amor se escribe sin hache (1928) gastaba aún pantalón corto, otro aspirante a gracioso oficial, el político y académico Francisco Silvela, acuñó la simpática frase «Madrid, en agosto, con dinero y sin familia, Baden-Baden», reivindicando que no hacía falta escaparse a la famosa localidad termal de la Selva Negra alemana para correrse una juerga por todo lo alto en plena canícula; tan sólo encontrar un primo dispuesto a financiar la farra y enviar a la parentela cuanto más lejos, mejor.

Todos estos pensamientos me rondan desde que volví de vacaciones sin haber practicado el ocio debido y tras descubrir que la Unesco ha decidido recientemente incluir once históricas ciudades-balneario europeas en su muy distinguido catálogo del Patrimonio de la Humanidad. A saber: Baden bei Wien (Austria); Spa (Bélgica); Františkovy Lázně, Karlovy Vary y Mariánské Lázně (Chequia); Vichy (Francia); Bad Ems, Baden-Baden y Bad Kissingen (Alemania); Montecatini Terme (Italia) y Bath (Reino Unido).

«El desarrollo de todas estas localidades se debió a la existencia de manantiales de aguas minerales en sus territorios, así como al auge que fueron cobrando las curas termales en Europa desde principios del siglo XVIII hasta el tercer decenio del siglo XX. Esto condujo a crear en ellas grandes centros balnearios destinados a un público internacional acomodado, que influyeron en su estructura urbana porque la vida ciudadana se organizó en torno a los edificios y estancias (kurhaus y kursaal, en alemán) dedicados a las terapias termales», explica el organismo internacional.

«Construidos con suntuosas columnatas, galerías y estancias, esos edificios fueron diseñados para fomentar la práctica de los baños y el consumo de aguas minerales naturales, y también para explotar su potencial económico. Las ciudades balnearias crearon también numerosos jardines, salas de congresos, casinos, teatros, hoteles, mansiones residenciales e infraestructuras específicamente destinadas a la conducción de las aguas termales. Todas esas construcciones se integraron en conjuntos urbanos de gran belleza paisajística, celosamente organizados para la administración de terapias y la realización de actividades recreativas. El conjunto de estos balnearios es representativo de la importancia del intercambio de valores humanos, así como de la evolución de la ciencia, la medicina y la balneoterapia», concluye el texto oficial de presentación de la iniciativa.

Efectivamente, ya venía tardando la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura en reconocer la cultura termal, el fenómeno de los balnearios y el lugar que ocupan en la Historia, toda vez que solamente Bath figuraba inscrita en su lista del Patrimonio Mundial desde 1987 y por méritos más amplios, como esos «edificios neoclásicos de estilo paladiano que se integran armónicamente con el conjunto formado por las antiguas termas romanas». ¡Bien por el comité de selección!

Pero, un momento, ¿no hay ningún balneario español en esa lista? Pues contamos con un centenar largo de instalaciones termales en la piel de toro, siendo el tercer país en número del continente después de Italia y Alemania, y destacando Galicia como la comunidad con mayor oferta (21 establecimientos en 2020). El más antiguo de la península, el de Archena (Murcia), se remonta a antes de los romanos y fue declarado de utilidad pública en 1869 por ese agua salutífera que emerge a una temperatura de 52º y está clasificada como sulfurada, clorurada, sódica y cálcica. Pero, claro, por allí no pasó nunca Jane Austen ni Nikita Mikhalkov tuvo a bien rodar un filme con Mastroianni luciendo traje de lino blanco y sombrero Panamá.

Esos palacios del agua nuestros, como los definió José Echegaray cuando visitó Mondariz (Pontevedra), no merecían quizá una exclusión tan severa, aunque no podamos presumir de edificios Art Nouveau como los de Karlovy Vary, arquitectura estilo Biedermeier como la que se despliega en Baden bei Wien, la impresionante sala de bombas de Wandelhalle en Bad Kissingen o esos parques, bulevares, hoteles de lujo y casino que Napoleón III mandó construir en Vichy.

«Si hubiera que citar seis o siete patrimonios identitarios de nuestra vieja Europa, deberían nombrarse: los campanarios de las iglesias con los sonidos de sus campanas, los cafés en los que todavía puede leerse la prensa en papel, los caminos de peregrinación, las tiendas de antigüedades (incluyendo las librerías), los mercados de los barrios populares y los hoteles que tienen alma e historia. Pero en este documento de identidad europeo no se deben olvidar tampoco los históricos balnearios que salpican el continente, con sus parques y sus templetes de música», opina Mauricio Wiesenthal en El País.

Esos «maravillosos escenarios de savoir vivre, civilización y buen gusto» (Wiesenthal dixit) han proporcionado, cada uno a su manera, el entorno adecuado para la inspiración de algunos de los más grandes creadores de los últimos siglos. Bath no es solo conocida por las novelas de tacitas de Austen, sino por haber servido de refugio en su huida del nazismo al mismísimo Stefan Zweig. En Baden bei Wien (Austria) se cuenta que Beethoven compuso buena parte de su Novena Sinfonía. A Bad Ragaz (Suiza), solía acudir a escribir el poeta Rilke. Baden-Baden acogió igualmente a Turguéniev, Gógol o Dostoievski, quien se inspiró en su casino para la novela El jugador (1867). Por su parte, Marienbad (Chequia) está ligada a la última época de Goethe, además de a una película algo tediosa de la nouvelle vague (El año pasado en Marienbad), dirigida por Alain Resnais en 1961, con guion desestructurado por cortesía del espeso Alain Robbe-Grillet.

Y es que el cine también ha rendido homenaje a las estaciones termales como centro de la vida social y cultural de una época, retratando su momento de esplendor y también, claro, su melancólica decadencia. Entre mis producciones favoritas figura El balneario de Battle Creek (Alan Parker, 1994), basada en el divertido best-seller de T.C. Boyle, con Anthony Hopkins encarnando al Doctor Kellogg, quien además de inventar la tortura de los cereales para desayunar regentó en su tiempo un centro de salud en Michigan, donde aplicaba estricta dieta vegetariana y otras terapias discutibles como el uso terapéutico de enemas y la abstinencia sexual.

Pero por encima de cualquier título, yo destacaría la autobiográfica Fellini, ocho y medio (Federico Fellini, 1963), con un formidable Marcello Mastroianni que se refugia en la población costera de Rimini para hacer balance de su vida y sus relaciones amorosas, mientras va enlazando encuentros fortuitos con personajes estrambóticos. Una trama que ha inspirado descaradamente cintas posteriores de otros cineastas, como Stardust Memories (Woody Allen, 1980) o La juventud (Paolo Sorrentino, 2015), siempre con el centro termal vintage como escenario de fondo.

«En estos balnearios se dan cita de modo incongruente personajes que no esperábamos encontrar aquí y se justifican aventuras tan descabelladas como prodigiosas… El hecho de unos agüistas que quieren aliviar sus achaques en la placidez de uno de esos establecimientos puede sugerir algo más bien prosaico y antañón. Pero entra en juego una traviesa fantasía literaria y todo resulta imprevisible y peregrino», reza la contraportada del libro Historias secretas de balnearios (1972), de Juan Perucho.

En efecto, este magistrado, novelista y reputado gastrónomo catalán –atención a su Libro de la cocina española (1970) con el maestro Néstor Luján– es, si me permiten opinar, quien mejor ha plasmado el paisaje y el paisanaje de estos santuarios acuáticos, con una prosa erudita, imaginativa y risueña, deudora de Camba y de Cunqueiro, de la que se sirve para narrar las peripecias de Hércules Poirot en Beaulieu o el inesperado encuentro entre Bram Stoker y el conde Drácula tomando las aguas.

Como en los relatos de Perucho, siempre cabe esperar que los acontecimientos más inverosímiles se produzcan en lugares tan atípicos como estos. ¿Acaso los carteles de los alegres años 20 no publicitaban Deauville o Biarritz con dibujos de mujeres despampanantes, envueltas en insinuantes gasas, a punto de darse un baño sensual y reconstituyente?

Como bien explica la profesora de la Universidad de Bayona Marie-Eve Férérol en su ensayo Lujuria, calma y voluptuosidad en las ciudades balneario francesas en la edad de oro del termalismo (2017), publicado en Via Tourism, «las estaciones termales francesas conocieron sus horas de gloria entre 1875 y 1915. En esa época, la aristocracia y la burguesía acudían gustosamente a las ciudades balneario. Con el pretexto del mantenimiento de su salud, esa afluencia es de hecho, mayoritariamente, una cuestión de hedonismo, de ociosidad y de ligereza. Dos razones explican esto: la expansión de la moral burguesa y el advenimiento incierto de los comienzos del siglo XX (oleada de modernidad, antecedentes de la Primera Guerra Mundial…). Las ciudades balneario se convierten entonces en válvulas de escape, un mundo aparte, fuera de lo cotidiano, donde son posibles muchas transgresiones».

Releyendo el Villa triste (1975) de Patrick Modiano, adaptado a la gran pantalla por Patrice Leconte bajo el título de El perfume de Yvonne (1994), se confirman todas las sospechas: ese conde Victor Chmara que se esconde del horror de la guerra franco-argelina en la pequeña ciudad-balneario de Les Tilleuls, junto a la frontera suiza, termina dejándose arrastrar por la vida disoluta de la actriz Yvonne y el médico homosexual René Meinthe, en una espiral de fiestas sin fin que duran lo que dura un verano. Ya lo dijo Giacomo Casanova en su Historia de mi vida (1822): «Las aguas no son más que un pretexto. Venimos aquí para negocios, intrigas, juegos, hacer el amor y espiar». O sea que lo de Madrid Baden-Baden era eso.

Hoy las estaciones termales de lujo ya no son lo que eran, ni te encuentras a la Bella Otero vestida de largo, reclinada sobre las mesas de juego, a la caza de algún príncipe moldavo. Tras la Segunda Guerra Mundial, llegaron las clases medias, el ambiente familiar, el auge de los tratamientos de salud y las inclementes dietas para desterrar –acaso para siempre– el glamour, el champagne, los encuentros (carnales) fortuitos y la alegre permisividad.

En aras de lo políticamente correcto, los balnearios históricos se han ido transmutando en otra cosa, más aséptica y probablemente menos divertida, al tiempo que van perdiendo atractivo comercial frente a competidores tan sofisticados como el Therme Vals 7132 (Alpes suizos), con su edificio futurista diseñado por Peter Zumthor y construido con 60.000 piezas de cuarcita, o como el Blue Lagoon de Grindavik (Islandia), una laguna color azul-cobalto rodeada de vapores volcánicos y montañas nevadas. Por perder, han perdido hasta el nombre; ahora se llaman spas. Y, la verdad, es una pena.

Por eso resulta tan oportuna la reciente vindicación de la Unesco. Aunque la lista pueda parecer algo rácana, lo importante es la intención. Con ella no se rinde homenaje a un puñado de spots turísticos trasnochados, sino a una época dorada –con sus ritos y vivencias– que nunca volverá y a unos valores comunes de progreso, bienestar y tolerancia que siguen encarnando el ideal romántico de Europa. Cualquier día, Wes Anderson lo convierte en película de Oscar…

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