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Las otras muertes

"Lo mejor de la civilización pasa por el reconocimiento del valor de cada vida individual"

Foto: MANUEL LORENZO | EFE

A la entrega de este artículo el número de muertos por la epidemia supera los siete millares. Renuncio a hacer cábalas sobre un balance final. Su cómputo sólo se puede hacer contando uno a uno. Los conocemos, sabemos quiénes son. Está diagnosticada y registrada la causa de su muerte.

Para dejar de contar, en este caso muertos y votos, el Gobierno ha adoptado un conjunto de medidas, muy restrictivas. Por desgracia, el único modo que tenemos de detener la propagación del virus consiste en contar las interacciones sociales que crean riqueza, que facilitan el virtuoso intercambio que nos sostiene como sociedad y nos permite avanzar en nuestros propósitos. Luchamos contra el virus haciendo añicos el delicado entramado de relaciones sociales, con un coste económico enorme.

Aceptamos que así sea. Lo mejor de la civilización pasa por el reconocimiento del valor de cada vida individual. Cierto es que la barbarie, disfrazada de ciencia y futuro, vuelve bajo el nombre de “socialismo”. Pero somos muchos los que aún contamos de uno en uno, y ponemos la vida humana en el centro de nuestra visión del hombre y la sociedad. Y entendemos que en una tesitura como la que vivimos, tenemos que aceptar apresurarnos en una carrera hacia la pobreza si con ello podemos salvar miles de vidas.

Pero los economistas, desde Frédéric Bastiat, nos enseñan que detrás de lo visible e inmediato vienen todos los fenómenos posteriores, indirectos y dispersos, que afectan a personas anónimas y por procesos complejos, pero aprensibles. Y no son menos reales.

Uno de esos economistas que muestran los efectos indirectos de las medidas que se adoptan desde el Gobierno contra el funcionamiento de la sociedad, Friedrich A. Hayek, llegó a escribir en su última obra lo siguiente: “El cálculo de costes es un cálculo de vidas”. Y precisa de inmediato: “Aunque el concepto de ‘cálculo de vidas’ no debe tomarse literalmente, es algo más que una metáfora”. Y lo es porque la vida se sustenta en los medios necesarios para sostenerla y enriquecerla. Y cuando estos medios fallan, la propia vida se pone en riesgo.

No sabemos a quién afectará, hasta poner en riesgo su vida, la pobreza reencontrada en nuestra lucha contra el virus. Una sociedad menos rica tiene menos medios para destinarlos a la infraestructura sanitaria que lidia a diario con la muerte. O apuesta más lentamente por tecnologías más limpias, pero más caras, y que tienen un menor impacto en el medio ambiente y por tanto en nuestra salud. Y las familias más pobres, asoladas por la falta de ingresos, se enfrentarán a situaciones muy duras. Y las compras que no hagamos a los productores extranjeros, de países pobres, harán que algunas familias no superen el reto diario de sobrevivir.

Las otras muertes las causará este empeño nuestro por salvar vidas. No podremos establecer una relación clara de causa efecto, no habrá un recuento oficial ni se alarmarán los medios de comunicación con su cómputo. No habrá conversaciones en los bares, en las oficinas, cuando nos reencontremos, sobre ellos. Pero podrían ser muchas más que las vidas que ahora vamos a salvar.

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