Joseba Louzao

Lo que he aprendido de las guerras culturales del pasado

«De las guerras culturales del pasado he aprendido que, como algunos insinúan irónicamente, no se trata simplemente de la política de toda la vida»

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Lo que he aprendido de las guerras culturales del pasado
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Joseba Louzao

Joseba Louzao

Historiador especializado en el mundo contemporáneo y profesor universitario. Bilbao, 1983.

Aunque hoy estén en boga, las guerras culturales han existido desde, al menos, finales del siglo XIX. No hay nada nuevo bajo el sol. Cuando trabajé en mi tesis doctoral, hace ya más de diez años, tuve que dar cuenta de la guerra cultural que contrapuso a clericales y anticlericales en una España que cabalgaba entre los siglos XIX y XX. La guerra cultural era una de las herramientas analíticas que se usaban en la bibliografía internacional por aquellos días para enmarcar estos conflictos entre los defensores de la confesionalidad y los de la laicidad. De hecho, el concepto nació en la Alemania del canciller Bismarck con la Kulturkampf (entiéndase como “lucha cultural”), que enfrentó al régimen con los católicos alemanes que se aglutinaban en el Zentrum. De allí lo rescató James Davison Hunter en 1991 para enmarcar los conflictos políticos y morales en los Estados Unidos de Reagan, Bush padre y Clinton. Y la bola ha crecido tanto que ya nadie habla de política sin dejar caer este polémico término, a veces, sin saber muy bien a qué nos referimos.

De las guerras culturales del pasado he aprendido que, como algunos insinúan irónicamente, no se trata simplemente de la política de toda la vida. Puede que hablemos de guerra cultural por su alto valor eufónico, pero este concepto esconde algo más profundo. La guerra cultural, en el fondo, es la agudización de los conflictos normativos a los que se enfrenta cualquier sociedad moderna y donde se dan cita los valores e intereses de los distintos grupos que componen su pluralidad. Como señaló el sociólogo Peter L. Berger, los conflictos normativos son aquellas pugnas político-culturales que se producen sobre aspectos fundamentales de la propia definición y autoidentificación colectiva y pivotan siempre sobre dos cuestiones básicas: ¿quiénes somos?, ¿cómo hemos de convivir?

De esta forma, y cuanto más opuestas sean las convicciones normativas, la frontera entre ambos grupos se encontrará mejor delimitada, en ocasiones, con la exclusión total del adversario político, ya transformado en enemigo. La victoria del contrario puede significar no sólo una derrota política, sino una grave amenaza para la pervivencia de la moral y de los valores defendidos. Sean estos cuales sean. Y es entonces cuando los conflictos normativos que han generado la guerra pasan a un segundo plano. Porque lo que menos importa es alcanzar acuerdos para la convivencia sobre estos asuntos propios. Hay personas razonables que se comportan como auténticos idiotas morales, y los que ya lo eran disfrutan del lodazal en que se convierte el día a día.

En este sentido, también he aprendido que la guerra cultural polariza y contamina el espacio público, pero también el privado, en un campo de batalla del que nadie puede escapar. Todo permite combatir y hay quien no pierde la oportunidad del cuerpo a cuerpo. Lo que facilita que, incluso los temperamentos más impasibles, terminen enfangados en las querellas más absurdas. Hasta los silencios pueden ser entendidos como una declaración de guerra. Sí, en el pasado no hablaban de marcos o del consabido relato. Pero lo tenían claro. La guerra cultural no entiende de hechos ni de la realidad. Siempre se presenta como una lucha entre el bien y el mal, lo que activa los mecanismos de la movilización atufada y constante. Los consensos no son perennes. Al romperse bruscamente se reactivan las líneas de enfrentamiento hasta crear un abismo insalvable. El principal escollo para la reconstrucción es que, destruidos algunos de estos fundamentos, nadie puede asegurar que los demás se puedan mantener en pie. Pese a estar lejos aún de ello, hay puntos de no retorno en esta contienda que hacen estallar por los aires los puentes del entendimiento.

Y, por último, he aprendido del pasado que las guerras culturales mantienen un ritmo pendular. Para ganar una guerra cultural lo primero es creer que no la iniciaste tú, que está perdida y que, a lo sumo, sólo podrás dar la batalla. Sin embargo, estos conflictos se conjugan con verbos irregulares. Puedes ganar hoy, pero perderás mañana. También es cierto que no he visto ninguna guerra cultural en la que los contendientes pensaran que iban venciendo en la contienda. Y tienen algo de razón. Parafraseando a aquel carismático personaje de The Wire: en las guerras culturales nadie gana, uno de los dos bandos sólo pierde más lentamente. Si no me creen, observen el contexto político en el que nos disolvemos.

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