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Opiniones libres de algoritmos

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Lo posible

Foto: Czarek Sokolowski | AP Images

En mi obsesión por dar con el mejor método, la teoría, el lugar mágico en el que se les enseñe a los niños arte, historia, matemática y humanidades, ciencia y geografía sin machacar o aburrir o adocenar o anestesiar, descubrí que la solución al problema pasa por tener menos alumnos por clase, para poder sacar a los niños de su actitud pasiva, con profesores más preparados, y, sobre todo, mucho mejor pagados. Enseñar es una vocación que debe merecer la pena. Todos, hijos y padres, profesores y alumnos, deseamos lo imposible, que la educación, realmente, merezca la pena. Pero ocurre una cosa: como esto de reducir la ratio y dar más, mucha más calidad, parece imposible, al menos a largo plazo, nos rendimos.

Yo aspiro a lo imposible, no me rindo. No es idealismo, es cabezonería, o inocencia. Creo que hay que gritar y votar por conseguirlo, pero hoy no busco realizar utopías. Hoy quiero solo lo posible. Yo le debo al mundo lo que está de mi mano y el mundo me debe lo mismo. Lo que se puede, hay que hacerlo, pero de verdad. Lo posible es que un profesor vea la mala letra de un alumno y no le corrija con bolígrafo rojo y cien reconvenciones. Lo posible es que no juzgue su inteligencia o su capacidad, por su negativa a hacer sumas, tras sumas, tras sumas, sin contexto. Lo posible es que profesores y psicólogos vean la mirada de desprecio de un alumno y entiendan que detrás de su rictus antipático hay un mundo maravilloso, cerrado por años de frustración. El mundo nos debe las cosas posibles, como esos bellos profesores que dicen: tú puedes hacerlo, te voy a ayudar, confía en mí. Se puede ser duro, pero divertido. Es posible, incluso sencillo, no aburrir. Basta con mirar lo que les aburre a los chicos y erradicarlo. Salirse de la rutina, llevar a los alumnos al laboratorio una vez al mes, aunque sea para ver otra habitación distinta, y no siempre el mismo rollo, la misma monotonía. Es posible ser ameno, integrar anécdotas en la conversación (nótese la palabra, “conversación”). Es posible enseñar mejor, porque hasta enseñando regulín, sin materiales, con las purititas manos desnudas, se puede emocionar si uno sabe lo que les emociona a los niños. No es difícil averiguar lo que les emociona. Es posible ser brillante, pero también es posible parecerlo, cambiando lo que depende de uno mismo, en el aula, y no del centro escolar. No hace falta enfrentarse al consabido sistema, ni buscar más presupuesto para cacharros tecnológicos, ni escudarse en lo que no se tiene. Es posible ser generoso y decir “no sé, lo voy a buscar”. Hay que saber lo que les gusta, usarlo, dar cercanía, intercambiar roles, preguntarse, ¿Cómo consigo esta sonrisa? Es posible no atrincherarse y mostrar debilidad cuando hay que mostrarla y fortaleza cuando toca. Se puede, vaya que si se puede, ser el capitán de la clase, dirigir a los chavales sin achicar a nadie, sin que se note. Que la pasividad no se instale en el aula, ni la indolencia, ni la ñoñería. Es posible la risa. La risa nunca se la lleva el viento. Se queda dentro, como el oxígeno. Es posible lo que muchos, muchos hacen posible, pero tantos, demasiados, no saben, no pueden, no quieren hacer. Es posible darles un toque a los profesores que aburren y machacan y si no es posible, es posible ir al rescate de ciertos alumnos que sufren bajo el yugo de los imposibles. Es posible dar conferencias en los colegios para ayudar a que todo esto sea real, incentivar al profesorado para que participe en cursos de formación continua. Todo esto es posible, e incluso muy posible. Es posible devolverles a los chavales su voz. Es posible aprender de ellos todos los días y hay que hacerlo. Por la felicidad de todos.

¿Cómo demonios vamos a lograr una excelente educación, si apuntando con el dedo a lo imposible, dejamos de hacer todo lo que está de nuestra mano? Supongo que siempre habrá quien diga que lo posible es imposible. Yo sé que no.

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