Juan Claudio de Ramón

Los pequeños amores y el “procés”

El periodista barcelonés Pablo Mediavilla Costa publicó el otro día en twitter, a cuenta del proceso independentista catalán, algo que me pareció triste y emotivo: «Afortunados los que no habéis tenido que presenciar la caída en este delirio de una persona querida (y perdida)». Todas las palabras son las precisas: caída, delirio, querida, perdida.

Opinión

Los pequeños amores y el “procés”
Foto: Lluis Gene
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

El periodista barcelonés Pablo Mediavilla Costa publicó el otro día en twitter, a cuenta del proceso independentista catalán, algo que me pareció triste y emotivo: «Afortunados los que no habéis tenido que presenciar la caída en este delirio de una persona querida (y perdida)». Todas las palabras son las precisas: caída, delirio, querida, perdida.

Es un tuit que hace apenas un año habría parecido exagerado y melodramático a quienes se esforzaban por vender la idea de un procés simpático y festivo, sin costes para nadie. Era uno más de los ensueños de los indepes: que se puede romper un país sin que las relaciones humanas de todo tipo que se han edificado en suelo común se desgarren. En todo caso, los seres afortunados en quienes el proceso no ha dejado mella no deben de ser muchos. Entre los españoles no catalanes, los menos afectados han visto alguna amistad enfriarse. La posibilidad de ir a vivir a Barcelona para estudiar o emprender, antaño anhelo de tantos, resulta hogaño un plan poco atractivo. Del politizado Barça, equipo al que animaba media España, hoy ya no apetece celebrar sus goles. Pero el gran destrozo se ha producido sin duda entre españoles catalanes. Ayer un amigo de Barna me decía «Fui a votar solo para no perder a mi mejor amigo». Otra amiga me escribe un mensaje que parece un S.O.S: «Estoy harta. Quiero huir de huir de aquí. Para ellos es una religión». Y aun otro, profesor de universidad: «Esto ya no se aguanta, estoy buscando plaza fuera».

Sufren también las personas que tengo más cerca del corazón. Temen no ser capaces de recomponer los afectos que saltan por los aires como cantos en un terremoto sin que sepamos si aterrizarán en el mismo sitio cuando todo termine. Lo observo y pienso en la importancia de los pequeños amores en nuestras vidas. Esas relaciones de complicidad que mantenemos con docenas de personas que no inspirarían grandes poemas de amor, pero que nos ayudan a cruzar las horas de cada día olvidados del valle de lágrimas que sabemos la vida puede llegar a ser: el dueño del bar, la compañera de trabajo, el primo o sobrino que nos cae tan bien. Solemos pensar que el gran amor nos salva. Puede ser, pero solo los pequeños amores nos permiten sobrevivir. Esos pequeños amores que en Cataluña y el resto de España los independentistas ponen en peligro mientras el resto, dejando que el asombro haga el oficio de la irritación, seguimos preguntándonos: ¿para qué, exactamente? ¿dónde está vuestra victoria?

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