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Macron, primer presidente europeo

Foto: BENOIT TESSIER | Reuters

Hay dos temas de los que es muy difícil hablar desde la emoción y el optimismo. Uno por definición: la seguridad. Otro, por coyuntura: la Unión Europea. Ambos han sido obligados y predominantes en la campaña electoral de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El marco en el que se iba a desarrollar la jugada era ideal para Marine Le Pen, candidata extremista del Frente Nacional, cuyo discurso antieuropeo y su insistencia en sacar tajada tras cada atentado islamista parecía conectar con una ciudadanía especialmente temerosa y reacia al cambio. El atentado contra una patrulla de policías apenas unos días antes en pleno corazón de París reforzaba esta impresión. En esencia, se daban todas las condiciones estructurales de Francia y coyunturales de Europa para que ganara un candidato conservador o reaccionario, Fillon o Le Pen.

Sin embargo, y según el recuento hasta ahora, Marine Le Pen competirá contra un liberal de centro-izquierda, Emmanuel Macron, exministro del Gobierno saliente, muchos de cuyos miembros, empezando por el presidente, lo han apoyado tácitamente cuando no con entusiasmo. Francia ha votado en estado de emergencia política, y las siglas partidistas no han servido de nada en el centro-izquierda francés. Macron era su candidato, sin importar qué otro nombre utilizaba el puño y la rosa en su papeleta. Y, vista la evolución de los sondeos y cómo Le Pen los ha encabezado durante muchos meses, hay algo de honor salvado en Francia en el hecho de que Macron quede unas décimas por encima de la candidata del Frente Nacional.

El hecho diferencial ha sido Macron, el candidato, que trae de vuelta algo tan francés como la gaullista providencialidad de un líder que, por naturaleza, convoca a un rassemblement apartidista. A falta de estudiar los datos de participación y voto por ubicación ideológica y cohortes, no parece aventurado sospechar que ha tenido dos apoyos clave: el de votantes naturales y cuadros socialistas acuciados por ese mencionado estado de emergencia política; y el de los jóvenes en un país cerrado y hostil a reformas que vayan en su interés. Macron es, de alguna forma, el primer presidente de otra generación en Europa, y en gran medida, el primer presidente europeo por su instancia en la necesidad del proyecto comunitario.

Los mítines del candidato de En Marche! eran música para los oídos de aquellos que, sin renunciar al orgullo por la historia francesa, entienden que el futuro pasa por acompasarla con la europea; para los que están inquietos por los atentados pero no quieren que la respuesta sea acabar con Schengen; para los que critican la burocracia desmedida de Francia sin que eso signifique renunciar a una protección social sólida y a una educación de excelencia. Los mítines de Macron no decaían en entusiasmo ni cuando solemnizaba su tono para decir que “el primer deber de un presidente es el de garantizar la seguridad de sus ciudadanos”, ni cuando sacaba una bandera europea para decir que estaba orgulloso de ella aunque se hubieran hecho muchas cosas mal.

Los candidatos perdedores Hamon y Fillon se han apresurado a decir que votarán por Macron en la segunda vuelta. El ‘pacto republicano’ parece reeditarse, con más entusiasmo en el caso de Hamon que de Fillon. El candidato de La Francia Insumisa, Mélenchon, dice que consultará a las bases, en un gesto que no por menos esperado deja de ser elocuente de algunas concomitancias proteccionistas y nostálgicas en los extremos del arco ideológico.

Queda la segunda vuelta, aunque hay pocas dudas de que Macron será el claro vencedor de las presidenciales. Más dudas se plantean para las legislativas del mes siguiente. Macron ha ganado en gran medida con los votos socialistas (no se explica de otra forma que su candidato esté en el 6%) y sin ellos no podrá aplicar ningún programa reformista. Su apoyo en el parlamento vendrá del centro-izquierda, no de los republicanos de centro-derecha, que lo ven, de facto, como un presidente rival, a diferencia de los gobernantes salientes. Por tanto, será interesante ver qué alianzas establece su movimiento En Marche! con el Partido Socialista. Si esto no se resuelve de manera eficaz, Macron está condenado a decepcionar a los suyos, y por tanto a dar otra oportunidad a Le Pen dentro de cinco años.

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