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Marketing con piernas

La otrora tierna y dulce Hannah Montana ha vuelto a liarla. A pesar de actuar mucho más recatada que en otras ocasiones, Miley Cyrus se encendió y fumó un porro sobre el escenario

La otrora tierna y dulce Hannah Montana ha vuelto a liarla. A pesar de actuar mucho más recatada que en otras ocasiones –aunque lo hizo vestida con una especie de bañador blanco ajustado, remetido y apretado hasta lo más profundo de sus entrañas– Miley Cyrus se encendió y fumó un porro sobre el escenario del Ziggo Dome de Ámsterdam después de recibir un premio en los MTV europeos. 

La nueva rebelde sin causa de la factoría Disney se aseguró de que todos viéramos otra vez su actitud de niña mala, de adolescente pasada de vueltas, de princesa sin vergüenza que vive y actúa bajo la máxima “me da igual lo que penséis porque estoy por encima de todo”. Y lo cierto es que actualmente esta veinteañera nos sobrevuela a tanta distancia que a veces se permite el lujo de escupirnos –tal y como hizo su compi Justin Bieber a sus fans desde el balcón de un hotel–. Están hechos de la misma pasta, de esa con la que se hacen los objetos de mentira. 

Este producto de marketing con piernas está en su salsa, porque además todo lo que hace funciona. Yo ya estoy harta de verle las tetas y aún no la he oído cantar. Quiero creer que tiene un talento infinito, porque no se puede llegar tan arriba siendo un zapato, pero sus salidas de tono han aniquilado todo mi interés por intentar escuchar su música. La muy osada debe querer destronar a Lady Gaga o compararse con la mismísima Madonna (la gran, la primera, la única). Pero querida Miley, el carisma y la personalidad son cosas que no se pueden comprar. Y lamer martillos, actuar en pelotas o simular que practicas sexo en el escenario está muy lejos de eso que nunca tendrás. 

 

 

 

 

 

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