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Metaforología comparada

Nada más entretenido que ser un activista: la semana pasada, un grupo de actores realizó una silenciosa performance en las inmediaciones del Parlamento de Brasil, con la intención de denunciar a los actores políticos que han instigado el proceso de destitución de Dilma Rousseff. Se pasearon en silencio, embadurnados de barro (símbolo de corrupción) y con los ojos vendados (símbolo de ceguera). De acuerdo con las reglas no escritas de la protesta política contemporánea, la excelencia de su puesta en escena llamó la atención de los medios de comunicación globales, que proporcionaron a sus creadores los correspondientes quince minutos de fama.

Pero lo interesante del caso está menos en la dramaturgia que en el tropo. Ya que supone la confirmación de la ceguera como figura dominante en la metaforología contemporánea. Tiene su lógica: la filosofía occidental tiene dicho desde la caverna platónica que la tarea del individuo es reemplazar las ideas equivocadas por las ideas correctas, en un proceso de transformación que admite distintas variantes. Están San Pablo cayendo del caballo y el ilustrado que se libera de la superchería a través de la lectura. Aunque la consagración definitiva de la metáfora llega con el concepto marxista de ideología: la cosmovisión que alguien instila en nosotros en su propio beneficio. No es de extrañar que las grandes ideologías modernas formulen grandiosos proyectos de iluminación social: ¡cegados del mundo, uníos! De ahí a Mátrix solo hay un paso.

Afortunadamente, la literatura y el cine han sabido dar a esta figura usos más divertidos y perversos. Ahí están la repentina ceguera del director de Un final made in Hollywood, causada por el asco que siente hacia el material que se ve obligado a rodar (saludado en cambio con entusiasmo por la crítica europea en una memorable broma final), o aquel relato de H. G. Wells, El país de los ciegos, donde un montañero perdido es incapaz de dominar a los enceguecidos habitantes de un remoto valle sudamericano: porque el tuerto no es necesariamente el rey. Sin olvidarnos, en un registro más cercano al de los activistas brasileños, del moralismo de un Saramago que convierte la ceguera egoísta en un atributo generalizado.

Si algo caracteriza esta metáfora, en fin, es que proporciona una íntima satisfacción a sus usuarios: quien denuncia la venda del otro se postula como ejercitante de una visión perfecta. Y de ahí, como nos recuerda el debate en torno al burka, la razón de su éxito.

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