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Mundo basura

Al detenerse, el camión de la basura resopla como un brontosaurio y, tras un lapso imperceptible, se desata un atronar de contenedores que deja la vida en suspenso durante veinte segundos. En verano, con las ventanas abiertas, parece una eternidad, y mis hijas chasquean la lengua sin convicción, como intentando, siempre en vano y a sabiendas de que lo será, poner sordina al estrépito. Una de esas noches, al poco de irse el camión, les hablé de cómo se recogía la basura cuando yo era niño. No había cuatro clases de contenedores: uno para restos orgánicos y otros para vidrio, plástico y papel. De hecho, ni siquiera había contenedores. Cómo, repusieron al unísono. ¿Y dónde se echaban las basuras? En la acera, respondí. Y como quiera que no salían de su asombro, entré en detalles.

A eso de las siete de la tarde, incluso algo antes en invierno, los vecinos bajaban o sacaban la basura, esto es, dejaban la bolsa con la inmundicia en el parterre del árbol más cercano a su portal. El plástico de las bolsas no era la vaina resistente de hoy en día (¡bendito handy bag!), sino una escama deleznable que, por lo general, llegaba a a la calle reventada y rezumando agüilla. A las nueve, más o menos, y junto a cada árbol, había no menos de 15 o 20 bolsas, a menudo formando una doble o triple corona. Contando con que en cada tramo de acera del Ensanche hay unos seis o siete árboles, a lado y lado de la calle llegaba a haber hasta 200 bolsas en espera del camión, cuya frecuencia de paso no era diaria o cuando menos no en todos los barrios. No era insólito ni inhabitual que los mismos restos reposaran junto al árbol durante dos o tres días, máxime en periodos como Navidad, Semana Santa o verano.

Tampoco era raro, por cierto, que hubiera individuos que se detuvieran a mear en plena calle, ni que lo hicieran preferentemente donde las basuras. En cualquier caso, eran más, muchos más, los que dejaban el suelo perdido de gargajos. Y de colillas, claro, el mundo del que hablo era mitad orinal, mitad cenicero. Ah, y no nos olvidemos de los perros y su constelación de cacas, inmunes a los trabajos y las huelgas, a los días laborables y las fiestas de guardar. Ni de los charcos que se formaban con las lluvias y que, debido a las hondonadas del pavimento, permanecían varios días adheridos al paisaje. Si bien las lluvias traían sucesos más latosos, como los apagones, o más funestos, como las inundaciones.

Y concluí: “Veinte segundos de ruido, hijas, parece un peaje razonable, teniendo en cuenta lo mucho que, en general, ha mejorado la vida”. La mayor, está en su naturaleza, puso la coda: “Todo eso está muy bien, pero instala de una vez el aire acondicionado y así el año que viene nos ahorramos también esos veinte segundos”.

 

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