Andrés Miguel Rondón

Nosotros los de marzo ya no somos los mismos

«Pero sobre todas las cosas tengo ahora un miedo, un miedo tan profundo como políticamente incorrecto, a que me vuelvan a encerrar. Y tengo unas ganas, unas ganas tan grandes como políticamente incorrectas, a volver a ir a la oficina, a viajar bien lejos de aquí y a donde me dé la gana, a vivir en una normalidad donde volvamos a hablar de otras cosas, a ser, en definitiva, el mismo que fui en marzo»

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Nosotros los de marzo ya no somos los mismos
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Andrés Miguel Rondón

Andrés Miguel Rondón

Economista venezolano viviendo en Madrid. Sus escritos se enfocan en el estudio de los populismos modernos y han sido publicado en medios como el Washington Post y Politico Magazine.

En agosto pasé tres semanas en Suecia, visitando a un gran amigo que es oriundo de esas tierras donde nadie se pone la mascarilla. Si no fuera por las señales que en las colas del bar remarcaban los metros de seguridad el reportaje cabría en una sola línea. En Estocolmo sucedía la normalidad.

 

Las nuevas las traíamos nosotros. Recuerdo la cara que puso la madre de mi amigo, una señora que a pesar de rebasar la edad de «vulnerabilidad» me abrazó después de tantos años sin verme (aquellos que dicen que los suecos son fríos o no han estado o son abstemios), cuando le conté que mis sobrinos pasaron seis semanas en Madrid sin bajar al parque, sin siquiera acompañar a mi cuñada a la compra. Era la cara del que prefiere no creerte para no apiadarse de ti. 

En general los suecos preferían hablar de otras cosas. Esto, no hablar del coronavirus, fue quizás lo más extraño que vi, más extraño aún que la total ausencia de mascarillas, que los bares a reventar, que el tráfico típico de una ciudad que vegeta todavía sus horas pico. Ahí fue que me di cuenta: nosotros, los de marzo, ya no somos los mismos.

 

Para diagnosticar a un despechado basta con notar su incapacidad de hablar de otra cosa que no sea su ex. Si nos pusieran un espejo, nos daríamos cuenta de que esta pandemia nos ha dejado también su resaca. Porque el coronavirus, en definitiva, ha producido no una, sino dos enfermedades: la enfermedad del que lo tose, y la enfermedad del que no para de mencionarlo.

 

La primera es producto la biología, la segunda de la claustrofobia y la incertidumbre. Una afecta los pulmones, la otra la cabeza. Una produce a veces la muerte, la otra a veces la locura. De la primera se tienen datos, de la segunda no.

 

Pero mi sospecha es que esta otra casi todos la sufrimos, especialmente los jóvenes. Aun así, pocos la reconocen. Curiosamente, el remedio pareciera ser el mismo que el de los despechos, e igual de imperfecto. Hacer como si no ha pasado nada. Salir y beber en la calle. Pretender que hablamos de ella no para desahogarnos, sino para pasar el tiempo.

 

Reconozco que sufro esta enfermedad con particular agudeza. Duermo cada vez más a destiempo, paso más horas ante los periódicos y los videojuegos. Mi ansiedad ha empeorado, he tenido brotes de vitíligo. Pero sobre todas las cosas tengo ahora un miedo, un miedo tan profundo como políticamente incorrecto, a que me vuelvan a encerrar. Y tengo unas ganas, unas ganas tan grandes como políticamente incorrectas, a volver a ir a la oficina, a viajar bien lejos de aquí y a donde me dé la gana, a vivir en una normalidad donde volvamos a hablar de otras cosas, a ser, en definitiva, el mismo que fui en marzo.

 

Sé, sin embargo, que el diagnóstico me antecede y me trasciende. A mi alrededor veo el mismo duelo, aunque todavía en su primera etapa: la negación. Pronto vendrá la ira, la negociación, la depresión y finalmente la aceptación. Pero vendrá. Porque bien saben los enamorados que el desamor no dura para siempre.

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